DE PANDEMIAS Y POZOL

Gamaliel Sánchez Salinas/Contraste Político

Atulushado por tantos y diversos choros sobre el Coronavirus, ayer me fui a dormir más temprano que de costumbre.

En la madrugada me despertó un extraño sueño. Soñaba que vecinos excitados rodeaban a un hombre extraño que contaba sus experiencias sobre pandemia vivida.

«Profe, venga a escuchar a Don Juanito», me dijo un joven vecino que caminaba al tumulto. De mala gana salí y me abrí paso entre la gente y los saludos de mis amigos colonos.

En el centro, con una botellita de coca que le habían invitado, un hombre encorvado y narizón, con ademanes misteriosos, contaba:

«Y digo, pues, que los años de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios habían llegado a mil trescientos cuarenta y ocho, cuando en la egregia ciudad de Florencia, espléndida entre todas las de Italia, sobrevino la mortífera peste.

La cual, por obra de cuerpos celestes o por nuestros inicuos actos, la justa ira de Dios envío sobre los mortales», dijo envolviendo a todos en la mortecina luz de su mirada.

«Iche», dijo doña Malena mientras se persignaba. «¡Ay, padre!», exclamó la maestra Concha. «Putísima la vende huevo», susurró don Berna, el electricista, y el murmullo se soltó.

Don Juanito, el extraño, embicó su bebida e hizo una señal con la mano y continuó:»…Esta peste se originó meses atrás en las tierras de Oriente, dónde arrebató innumerable cantidad de vidas, y desde allí, sin detenerse, prosiguió devastadora hasta Occidente, extendiéndose pavorosamente…» Desperté y sentí un dolor de garganta.

«Pinche Coronavirus, hasta en sueños se aparece», me dije mientras iba a la cocina por agua. Ya no pude conciliar el sueño y recordaba al viejito narizón del sueño.

De repente me vino el relámpago del recuerdo; 1348, es el tiempo donde ocurren los sucesos contados por Boccaccio en el Decamerón. «¡Coño, Gama, soñaste con Boccaccio», me dije en la silente madrugada y ya no pude dormir.

Saludos, Banda y no se achicopale, ya me dijo mi médico que con pozol agrio el Coronavirus nos hace los mandados. Nomás que hay que esperar que tenga harto pelo, el pozol, claro. Los abrazo. Lo que vive el que lee.

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