#MundoRaro
El mundo se mueve de aquí para allá
Ornán Gómez/Contraste Político

Me despertó el canto alegre de un cenzontle, #señorK. Abrí los ojos y volví a cerrarlos para acostumbrarlos a la escasa claridad de la habitación. Después me quedé mirando al techo pintado de blanco, y la bombilla eléctrica que colgaba de el. Me levanté de la cama, la tendí y doblé la cobija.

Fui a la ventana y descorrí las cortinas. El chorro de luz iluminó la habitación e hizo que entrecerrara los ojos. Me quedé mirando las plantas del jardín que eran mecidas por el viento fresco.

El cenzontle se calló y todo quedó en silencio. Las calles y el bosque estaban quietos. Imaginé que una nave extraña sobrevoló los cielos por la noche y se llevó a mis vecinos. Ahora despertaba como todos los días, pero sin saber que el único sobreviviente era yo. ¿Qué haría si fuera así? Recordé Robinson Crusoe de Daniel Foe, más conocido como Daniel Defoe. El libro lo encontré en una biblioteca escolar y allí mismo lo leí. De más está decir que no lo devolví y que me acompaña hasta el momento.

¿Qué se hace cuando se está solo? Me refiero a la ausencia de aquello a lo que nos aferramos para no sentirnos solos. Crusoe sobrevivió gracias al lenguaje y a la creación. De allí que inventara a Viernes, con quien conversaba todos los días.

Caminé a la sala y me senté sobre el sillón donde leo la mayor parte del día. Desde allí contemplé los libreros colmados de libros, en tanto el silencio era más intenso. Me levanté del sillón y fui a la cocina. La cafetera, el molino, los trastos, la estufa y el refrigerador eran entes silenciosos. Espectros en espera de una mano que les diera vida.

Caminé de vuelta y me dirigí al baño. Abrí la puerta, encendí la luz y el espejo reflejó mi rostro. El cabello despeinado y la mirada escrutadora en busca de quién qué en mis ojos. Levanté la tapa del retrete y oriné con placer. El chorro estrellándose contra el agua de la taza rompió el silencio. Cuando terminé, me lavé las manos y desordené un poco más mi cabello frente al espejo. Antes, de joven, lo tuve largo y me enorgullecía de ello. Era una manera de mostrar mi rebeldía. Mis padres decían que debía llevarlo corto. Así que me lo dejé crecer. No bebas, decían. Y bebí.

Volví a la sala. Tomé Diarios de Emilio Renzi (tiempos de iniciación) de Ricardo Piglia y continué leyendo. Mi propósito, para los tres tomos que conforman los diarios, era leer al menos cien páginas diarias.

Leí veinte páginas y fui a preparar el primer café que acompañé con pan tostado y crema de cacahuate. Volví al sillón y leí hasta las diez.

Estaba preparando el desayuno cuando volví a la idea de que alguien raptó a mis vecinos. ¿Cuánto me afectaría? Mis vecinos son bullangueros. Cuando andan enfiestados tapan la calle y bloquean la entrada del garaje. Los saludo con amabilidad, pero no interactúo con ellos. No soy de fiestas, así que no los echaría de menos.

Serví el desayuno y comí en silencio. Contento con aquel silencio y aquella soledad que voy llenando de ideas. Terminé y me levanté a dejar los trastos en el fregadero. ¿Los lavaba de una vez, o los dejaba para más tarde? Los dejé para después.

Volví al sillón y seguí leyendo cobijado por aquel silencio adormecedor. Cada cierto tiempo miraba hacia el jardín. Tenía deseos de salir. De saber qué pasaba afuera. Pero la lectura me tenía atrapado. Así que continué. Que el mundo rodara como se le diera la gana.

Cuando completé la cuota, hice una pausa. Dejé el libro sobre la mesita y revisé el teléfono celular. Mensajes de WhatsApp. De esos que se mandan por montones. ¡Sé feliz!, y cosas por el estilo. En el Facebook una retahíla de quejas y comentarios mal intencionados contra el presidente del país. ¿Para qué perder el tiempo en ello? También leí que la pandemia estaba en su etapa más crítica. Más contagios en Chiapas y en el país. Cerré la aplicación.

Afuera, el cenzontle empezó a cantar. ¡Qué maravilla, señor K! Mientras el mundo iba de aquí para allá, yo escuchaba un concierto en vivo. Me acerqué a la ventana y traté de encontrar al pájaro. No pude. Luego miré mi habitación y traté de sopesar el silencio que me hacía vibrar. Minutos después, como si despertaran de un letargo, los vecinos se hicieron presentes. Arrancones de coches. Acelerones de motores. Gritos. Risas.

¡Caray! ¡Qué bien que siguen aquí! Que lindo que los marcianos no se los llevaron, porque es bueno saberse acompañado. Suspiré al recordarlos: delgados, chaparros y morenos algunos. Sonreí porque es bueno saberse rodeado de nuestra especie. Miré el reloj que marcaba la una de la tarde. Era momento de iniciar con mis ejercicios.

 

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