César Fernández Ramón, coordinador de Control de Obra en plataforma en Ciudad del Carmen, en Campeche, acudió a inicios de junio con Luis Rey Márquez González, médico de la empresa Demar Instaladora y Controladora Outsourcing Hasen del Golfo, a ponerlo en alerta de que en su cabina-dormitorio para empleados petroleros, su compañero, Sergio Hugo Espinosa, ingeniero de planeación, tenía todos los síntomas de covid-19, por lo que era necesaria atención médica y bajar a todos los de su oficina de alta mar, para entrar en cuarentena.

“Es un simple resfriado, no sean paranoicos, vuelvan a trabajar”, les contestó el médico. Una semana después César y Hugo fallecieron, otro integrante de la cabina también fue infectado de Covid-19, pero logró esquivar la muerte. Una guardia antes, dos empleados más del barco “La Bamba” habían fallecido por la misma causa.

“Los contagios no son nuestra responsabilidad. Ustedes tienen que tomar sus propias medidas de protección”, dijeron al Ejército de empleados de Demar, el Jefe de Recursos Humanos, Juan Carlos Millán, y la doctora en jefe, Rubí Ávalos.

La misma doctora posteó el 10 de julio pasado en su Facebook la oferta de 10 vacantes para el barco “La Bamba”. En la bolsa de trabajo, entre ingenieros, cadistas y encargados de proyecto, también aparecía como opción de trabajo el cargo que tenía Fernández. La reposición industrial de una pieza humana, para tener listo el engranaje a punto en altamar.

Desde el 2013, Fernández Ramón comenzó a trabajar en la empresa Demar, la cual es una outsourcing de grupo EYVA, eterna proveedora de Petróleos Mexicanos (Pemex) y que durante la última década ha venido cambiando de razón social.

En la comunicación constante que César Fernández mantenía con su esposa, Andrea Montero, le alcanzó a escribir el 5 de junio: “ya empecé con tos y fiebre, pero no pasa nada…espero regresar bien con ustedes. El doctor dice que es una gripa normal, pero sí me preocupa. Comparto cabina y oficina con este vato (con Hugo quien falleció de covid-19 el día 12). Pero voy a regresar bien amorchi (sic), ya quiero poder abrazarlos y no estar distanciados”. César ya no pudo cumplir esa promesa a su mujer.

“No los quisieron bajar del barco, fue orden del administrador. Mi esposo les advirtió que tenían que bajarlo o aislarlo, o iban a afectar a los demás. Cuando comenzó la presión de otros empleados, la empresa hizo pruebas de covid. En los primeros días de junio bajaron a nueve empleados, pero no dieron resultados, pasaron cuatro o cinco días y no hubo resultados.

“A los que no bajaron les pidieron que se esperaran a revisión en tierra. Había la opción de traerlos en vuelo (helicóptero), pero los administradores no quisieron. César no tenía por qué haber muerto”, recrimina Andrea Montero en entrevista.

El día 10, Julio Fernández le escribió a su hermano: ¿cómo estás?, César sólo atinó a contestar: la doctora dice que me ve estable (sic), no ve necesario que me vaya en vuelo (helicóptero), Julio solo respondió: “Ah chingao”.

Fernández y otros 60 empleados petroleros de Demar bajaron el 12 de junio en una lancha, en un trayecto de seis horas por mar, varios de ellos llegaron directo al hospital del IMSS en Ciudad del Carmen.

“Yo le pedí a César que pidiera bajar, él ya sabía que probablemente había salido positivo y ya el barco estaba infectado porque comparten un clima para todos. Una guardia antes de que subiera César ya habían fallecido dos personas de covid. Yo me enteré después. Si me hubiera enterado antes… te lo juro que no lo dejo subir. El barco La Bamba ya estaba infectado…sigue infectado”, fustiga Andrea Montero.

Demar, el temor a Pemex por encima del covid-19

Entre la empresa Demar Instaladora y Controladora Osorxin Hasen del Golfo, al servicio de Grupo EYVA y Pemex había una cláusula en el contrato por la prestación del barco “La Bamba” para obra.

Dicha arista indica que se podría hacer recisión del contrato en cualquier momento en caso de un huracán o tormenta tropical que impidiera continuar los trabajos o -remarca Montero- por pandemia. Está información, tanto las viudas de César Fernández como la de Hugo Espinosa fueron notificadas por sus esposos antes de morir.

“Demar no quiso parar producción, ni hacer mucho ruido con el brote de covid, pues ponía en riesgo su contrato con Pemex. Mi esposo llegó al hospital ya muy mal de los pulmones, él se enfermó en los primeros cinco días de junio, y hasta el día 12 bajó del barco directo al hospital de Ciudad del Carmen”.

El día 11 (jueves), Andrea Montero tuvo que viajar del Puerto de Veracruz a Ciudad del Carmen en Campeche para -en la distancia- estar presente en las últimas horas de agonía de Fernández.

El coordinador de Control de Obra de Demar falleció en la primera hora del sábado. Al mediodía del viernes, alcanzó a mandarle los últimos mensajes al celular de su esposa: “por favor, sácame de aquí”, en alusión al hospital. Ya era tarde, sus pulmones ya estaban ennegrecidos a causa del covid-19 y la atención médica tardía.

Sus cenizas fueron entregadas a las 16:00 horas del 14 de junio, la empresa le pidió a Andrea que aguardara en un hotel cercano al IMSS, pues en el crematorio de la funeraria había varios empleados petroleros esperando ser incinerados.

Abrazada a una pequeña urna luctuosa, la viuda de 32 años emprendió el viaje en una carroza que le contrató Demar para llevar durante más de 600 kilómetros los restos de César a “El Jicaro”, una pequeña congregación de Tierra Blanca, en la Cuenca del Papaloapán, en donde viven los padres del coordinador de obra petrolera.

En el camino de más de nueve horas, Andrea Montero entró en shock. Lo peor no había sido recoger las cenizas de su esposo en un estado que no es el suyo, sino cómo explicarle a sus tres hijos de 11, 4 y 2 años que ya no volverán a ver a su papá.

“¿Qué le puedes explicar a un niño de cuatro años, que te pregunta cuándo llegará su papá a casa?”, lamenta Andrea en alusión a “Checharito”, el hijo de César Fernández que lleva su mismo nombre.

El viacrucis de Andrea

El martes pasado, César Fernández cumplió un mes de fallecido. Treinta y cinco días han pasado y la empresa Demar ha venido dando largas y evasivas sobre el seguro de vida. El administrador y el departamento jurídico se han negado sistemáticamente a entregar el resultado positivo de la prueba de covid que le hicieron a su coordinador de obra.

En cuanto a la indemnización, la empresa con oficinas en Ciudad del Carmen, Villahermosa y Ciudad de México le ha pedido a todas las viudas “comprensión” para poder pagar 105 mil pesos en un plazo estimado de siete u ocho meses, pues la “tramitología” en estos casos -excusan- es así.

“El jueves pasado nos hicieron ir a platicar con ellos, hay otra viuda que también es el del puerto de Veracruz y fuimos juntas. Nos agendaron por separado, nos dan largas y largas, es desesperante invertir un día entero en viajar y uno más en regresar, poner de tu dinero, dejar encargado a tus hijos, exponerte al covid-19, para que la empresa no se haga responsable de una negligencia. Nada me va a regresar a César, pero por mis hijos ahora yo tengo que pelear lo que por ley corresponde”.

La viuda ya no sabe con quién hablar en Demar, varios empleados administrativos la ignoran en WhatsApp y es poco probable que le contesten las llamadas. Un mes después ya ni siquiera le quieren dar comprobantes de las nóminas de su esposo, para que ella pueda dejar pensionados a sus hijos en el IMSS. Su preocupación radica en que en plena pandemia tiene que buscar trabajo y tiene miedo que al igual que César Fernández, también pueda contagiarse de covid-19 y dejar a sus hijos en el desamparo.

El único desahogo que ha encontrado Andrea Montero es su Faceboo. Tres o cuatro veces al día escribe comentarios en el muro de su esposo. Comparte fotografías de sus momentos más atesorados: una foto de estudio en la casa de Hernán Cortés en Zempoala; la alberca inflable en el Puerto de Veracruz; los aniversarios con cena para ellos dos o los bailes a los que la llevaba César.

En su red social, Andrea pone comentarios: a veces románticos, a veces nostálgicos, a veces llenos de coraje contra la empresa que dejó morir a su marido por no perder un contrato con Pemex.

Asegura que no se ha cansado de llorar y que cada día que pasa es más difícil asimilar la ausencia de un joven alegre y amoroso con quien decidió hacer un proyecto de vida hace varios años.

“Nadie tan amoroso con sus hijos como él”.

Además de su familia y sus padres en El Jicaro, César también tenía como amor al extinto equipo de fútbol, Tiburones Rojos. En su Facebook hay decenas de fotografías en el estadio Luis “Pirata” Fuente, siempre con el jersey puesto.

Fernández murió de 38 años. Antes de trabajar en un barco petrolero, tuvo como sueño entrar a La Academia, el reality show de TV Azteca, tenía buena voz, carisma y se le daba el baile.

Dos veces hizo el casting y siempre se quedó en la orilla. Sus amigos recuerdan que no había fiesta en la que César no hiciera uso del karaoke, tenía cierta admiración por el cantante Víctor García, gustaba de cantar “Desvelado” y “Mi Funeral”.

En sus noches de bohemia, César solía decirles a los suyos que quería un funeral como lo decía la canción: con todos sus amigos, hartas mujeres, cervezas, tequila, mariachi “pa´que me canten el Rey” y de norteño “el Jefe de Jefes”.

A sus exequias en El Jicaro, sólo fueron sus padres, esposa y familiares. La pandemia por covid-19 no dejaron cumplirle a Cesar su último deseo.