#MundoRaro
La viuda de Villa
Ornán Gómez/CONTRASTE POLÍTICO

Cuando entré a La viuda de Villa, un trovador interpretaba La bamba, señor K. Eran las once y venía de Sam’s donde compré comida para la semana. Mientras ponía los artículos en el carrito, imaginé un tazón de birria de borrego acompañada de tortillas de mano recién hechas. Hacía meses que no la probaba.

Apenas llegué, la señora que prepara tortillas a mano me obsequió una sonrisa a modo de bienvenida. Luego me tendió una tortilla recién hecha que levantó del comal. La enrollé y le clavé los dientes mientras paseaba la mirada por los comensales que estaban en el corredor, por si encontraba a algún conocido.

Nadie. Entré y allí estaba la dueña del negocio. Alta, de tez blanca y con la sonrisa amable de siempre. ¡Profesor, qué milagro! ¡Bienvenido a su casa! No había mesas desocupadas y yo sentía que el estomago rugía como bestia. Estaba a dieta, mentí. Ahora veo que le pongan una mesa y una silla. ¿Dónde quiere sentarse? Indiqué que allí, en un apartadito desde donde podía observar a mis anchas lo que sucedía en el negocio.

Llamó a un mesero que, presto, trajo mesa y un par de sillas. ¡Listo, patrón!, dijo. En lo que me sentaba, la señora preguntó, ¿Lo de siempre? Dudé unos segundos y luego dije que sí. Sólo que ahora, agregué, acompañe la birria con dos tacos de surtida con doble tortilla. ¡Con mucho gusto! ¿Y de tomar? Agua de chía.

La señora que prepara tortilla vino y me entregó otra recién hecha.

Fue cuando casi la terminaba que recordé. Hacía un par de semanas que fui al médico para que me sugiriera qué tipo de estudios podría hacerme para tener certeza de que estaba bien. Me checaron la presión y la temperatura. Luego me preguntaron si era alérgico a algún medicamento y desde cuándo me desparasité.

Dije que hacía unos seis meses, pero que despuesito me puse a tragar ajo porque leí que Elías Chan Bor Yuk, habitante de la selva lacandona, lo recomendaba como desparasitante y para fortalecer el sistema inmunológico. Lo dijo apenas empezó la pandemia, y pues me puse a tragar ajo en ayuna.

Estás bien, dijo el médico. Ahora voy a pesarte. Me indicó una báscula que estaba en un rincón del consultorio. La miré bonita. Delgada y cromadita. Muy limpia. Me subí y al momento miré que, en automático, pasaba de los sesenta, setenta, ochenta y se detenía en noventa. ¿Qué?, casi grité. ¡Noventa pinches kilos! No es posible. Y recordé las tres conchas que me reviento durante el día. Las casi diez tortillas en el desayuno y la comida. Los tres huevos con chorizo como desayuno. Las dos tortas que me empujo porque una no me satisface. Los doscientos cincuenta gramos de carne en la comida. Las dos mojarras fritas. Los ocho tacos que pido cuando ando con ganitas.

¡Noventa kilos exactos!, rectificó el médico con una sonrisa de oreja a oreja. Hay que hacer ejercicio, y me imaginé corriendo y sacando la lengua en alguna carretera o parque recreativo. Me vi levantando pesas o trepado a una bicicleta.

Me vi entrando a un consultorio de algún nutriólogo. ¡Comerás y beberás con medida, gordito!, imaginé que decía. Medio huevo y nada de tortillas. Mucha hoja y verduras. Miré al médico que sonreía. ¿En qué momento se me acumularon esos kilos? La última vez que me pesé iba en picada hacia los setenta kilos. Pero también recordé que en esa ocasión no comía tortillas, corría todas las tardes, hacía sentadillas y evitaba los azucares. ¡Es culpa de la pandemia! Esa hija de la chingada es la que me jodió. ¿En qué momento empecé a descuidarme?

Salí del consultorio con la autoestima por los suelos. Allí va un grasoso, creí que decía la gente. ¿Ya viste a ese gordito? Y te llamarán señor grasa, una voz rebotó en mi cabeza. En algún momento sentí que a mis piernas les costaba trabajo sostenerme. Trastabillé. Es por la gordura. ¡Qué inconsciente, cabrón!, me reprendí. Mira que dejarte engordar como cerdo para fiesta navideña. ¡Ni madres! No seré el gordo de mi generación.

En adelante cero tortillas, mucha agua, más verduras y frutas y cero carnes. ¡Pura hojita como conejo!, cabrón gordito. Harás ejercicio todos los días. Muchas abdominales y saldrás a correr. En un mes estarás una figurita. ¡A huevos que sí!, me dije. Y empecé a mirar la vida con más alegría.

Desde ese día dejé de comer panes, tortillas y azucares. Ejercicio no hice porque, siendo honesto, mi cuerpo no daba para tanto. Además, era mucho esfuerzo. Todas las mañanas, eso sí, me miraba al espejo con la esperanza de que la papada hubiera desaparecido. Pero no. Ahí seguía.

Lo que sí descubrí es que me daba más hambre. Así que empecé a comer de cuatro a cinco veces al día. Y hoy no era la excepción.

Horas atrás desayuné tres huevitos en omelette que acompañé con café y pan tostado. Para las once, mi estómago gruñía. Sólo dos tortillas, me dije mientras saboreaba aquella tortilla recién sacada del comal. Pero apenas llegó la birria humeante ya no pude parar. Pedí más tortillas de mano recién hechas y me las zampé. Cuando di cuenta de ello, pedí los dos tacos que bañé con salsa hecha con chile habanero y los desaparecí en un par de minutos.

Luego pedí la cuenta y salí como si nada cuando el trovador, de nuevo, volvía con una bamba. En el coche hice cuentas. Con esa tragadera, seguro que báscula llegaría a los cien. Encendí el coche y me alejé pensando en que ahora sí, comenzaría una rutina de ejercicios.

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