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Morena: la metáfora del ajolote

Didier García Avendaño

UNO

Si morena alcanzó la cúspide de la popularidad fue porque quienes nos integramos al movimiento en sus inicios, contribuimos a su constitución legal como partido político y lo avalamos en las urnas proyectamos en él nuestros propios sueños e ideales.

¿Quién lo maquetó supo lo que realmente llegaría a ser? Una deseada máquina de extraer votos, puesta al servicio de la elite, la cual ha tomado ya posesión de lo que siempre se ha adjudicado para sí: el acceso al poder público y el ejercicio del mismo.

De ahí, que los reclamos a sus dirigencias nacional y estatales conserven la naturaleza de proyecciones. Diría, recurriendo a Bartra, proyecciones de «la melancolía».

 

DOS

Acaso su principal promotor conoció a priori su devenir. Una máquina extractora de votos, sin una estructura plena y nunca bien definida desde su llegada a la primera magistratura del país. Discutida y asaltada entre sus mismas huestes ―carentes de la nostálgica disciplina del partido que figura en el currículum de sus hoy dirigentes formales y de facto―. Monumental tanque electoral, acorazado, ni rasguños le hacen sus oponentes. Cotizado por la hazaña en 2018 (su capital político creció en tan solo cinco años), jugoso por la popularidad, festín ya de amigos y consentidos. Quien no conoce la abundancia no sabe de convites.

Contrajo recién parido el síndrome del ajolote. Seducido por un ambiguo origen pospone siempre su maduración, su evolución a un verdadero partido de masas, revolucionario y de firme ideología de izquierda. Indeciso, por su carácter ambiguo, tiene su veta popular pero también sus minas de consabida progenie política. En las redes sociales, los memes ilustran el tránsito de ratones obesos, que lo tienen hoy al servicio de la elite, la cual ha retomado lo que para ella es tradición familiar y considera derecho de nacimiento: ocupar los puestos políticos que abuelos, padres y tíos otrora ostentaron.

Morena no está secuestrado como la melancolía supone engaitarnos. Está donde pertenece: al entramado electoral, diseñado y manejado por las elites estatales y regionales. La dirigencia les cede, gradualmente, los principales puestos de elección popular.  ¿Podría haber sido de otra manera? La perspectiva melancólica apuesta a que sí. El pragmatismo probablemente tenga más sustento histórico.

El camino al 18 transparentó la radiografía nacional, el republicanismo funge como epidermis -de reciente creación-; por debajo sobrevive el espinazo de los regionalismos. Porfirio Díaz Mori (1830-1915) y Plutarco Elías Calles (1877-1945), a quienes les tocó vivir etapas violentas de la historia nacional comprendieron la naturaleza de estos liderazgos. Díaz conoció las dos invasiones extranjeras (1846-1848 y 1862-1867) y las guerras civiles (1854, 1857 y 1877); Calles presenció todas las fases del movimiento de la Revolución de 1910. El medio para superar la desunión ideológica fue la convergencia de las elites locales y regionales en un proyecto pacificador operado con bases mutualistas por una elite de pretensiones nacionales. La estrategia del gran negociador morenista se asemeja en parte al haber invitado a las elites locales y regionales a unírsele a su partido. La derrota electoral de la elite nacional, identificada como ‘neoliberal’ por su modelo económico introducido en alianza con una elite internacional mucho más sagaz -también rapaz-, se explica por una reorientación de las lealtades de estos grupos regionales y locales.

El ajolote, que acababa de nacer como partido, tuvo una segunda reconfiguración: a los colectivos fundadores se sumaron cuadros provenientes de los partidos elite. Y cambiaron las prioridades. El tiempo de las jornadas de convencimiento casa por casa ―encargadas a los fundadores― quedó atrás, se iniciaba la fina tarea de alianzas y acuerdo cupulares que se asignó a los cuadros recién adquiridos.

 

TRES

El líder fundador hizo proselitismo con el argumento de que era posible una transformación por la vía pacífica, distinta en sus métodos a las tres transformaciones históricas de las que morena se autoafirma heredera. La Independencia, la Reforma y la Revolución fueron movimientos transformadores (destructores también) pero armados que, como juzgara Martí, «arrancaron derechos» para todos y por igual.

Ese argumento no está alcanzando para propiciar los cambios que las bases populares esperaban ver: la renovación de la clase política en lo nacional y lo local. Las críticas son buenas para la actuación del fundador de morena al frente de la Federación; pero son ácidas para la organización del partido. Desde hace dos años se intensificó el reclamo de que las elites locales, asociadas a otras siglas partidistas, se perfilaban para ocupar candidaturas y espacios en las administraciones públicas, cerrándole la participación a los colectivos sociales que, recuerdan, construyeron el partido bajo el ideal de revolución pacífica que habría de propiciar cambios de alcances históricos, de tal proporción que dieron en calificarla como una transformación, la cuarta en la historia de México.

¿Alcanzará esta ‘neorevolución» o ‘neoregeneración’, por la vía electoral, a romper el status quo en los territorios provincianos? ¿Es suficiente una limpieza de escalera desde la Presidencia sin dislocar el establishment en las provincias? A veces, se desocupan las botellas cabeza abajo como se limpian las cajas: se ponen de cabeza y toda la basura cae por efecto de la gravedad. Conquistar el orden federal ha sido compatible con la tradición liberal decimonónica circunscrita al liberalismo político puro, pero no implicó rupturas con las estructuras antropológicas que demandan los pueblos. Esas rupturas son menos frecuentes por lo encarnizadas que resultan sus batallas. Para reemplazar el orden local hay que apuntar al cacicato. Los colectivos fundadores proyectaron el ideal de que si el partido les daba la representación a ellos y no a los políticos denostados podían llegar a legislar y gobernar con afán transformador. Ahora sostienen que se ha perdido el sentido porque los espacios se los han cedido a los agentes de regímenes anteriores.

A nivel nacional, la pretendida transformación política tiene un frágil diseño legalista ―cualquier otra mayoría legislativa podrá desmantelarlo― de alcance federalista pero sostenido en pivotes caciquiles. Nombrar ‘pacífica’ la revolución “morenista” se devela un eufemismo para referirse a la promesa de mantener intactos los cotos de los grupos localistas. En su cálculo, el líder fundador estimó que alcanzaba su Presidencia para cambiar la política del país, con atraer la lealtad de las elites regionales y locales para conducirlas moralmente a cambio de repartirles puestos y bancas, según alcanzara la abundancia de votos. Una verdadera revolución no usa eufemismos, o, ¿cómo podríamos no decir que no si siempre sí la melancolía proyecta su ajolote metafórico?

Marzo 2021.

*Imágenes tomadas de Revista Nexos

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