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Recordando al maestro Eduardo Galeano

Juan Manuel Reyes

Fue el día anterior a la Cumbre de las Américas, 18 abril de 2009 para ser exacto, que el entonces presidente de Venezuela Hugo Chávez, interrumpe la conferencia de prensa del mandatario estadounidense Barack Obama y obsequia, de viva mano y eufórico entusiasmo, el libro Las venas abiertas de América Latina del escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano. Dicen las notas informativas fáciles de consultar que el libro se convirtió en los diez más vendidos de ese día en Amazon. El maestro Galeano, de trato siempre noble, agradeció la publicidad del libro escrito en 1971 y dijo —cito según el diario español El país— que había sido por parte de Chávez “un gesto generoso, pero un poco cruel” regalar un libro en un idioma desconocido.

Para entonces ya era lector asiduo de Eduardo Galeano tras leer en Patas arriba el capítulo Pedagogía de la soledad, específicamente Curso intensivo de incomunicación, texto que mi maestra de Aportes teóricos de la comunicación a la educación incluyó en la antología base destinada a estudiarse en el transcurso de un mes en el año 2003; ahí me deslumbró la narrativa del escritor que flexibiliza el mundo académico con trazos literarios y confunde a propósito sus límites, de modo que uno goza leyendo al mismo tiempo, esencia de su estilo, relatos narrativos que entretejen poesía en prosa, ensayo y crónica; es la voz reflexiva que conoce a profundidad la realidad histórica del sur y sus alrededores, que dota de significado la memoria propia y colectiva, reconstruye la consciencia de los olvidados, exhibe la trágica comedia de quienes tienen todo y quienes no tienen nada, y demanda con fuerza poderosa del lenguaje sensible, aquellos que claman lo justo y necesario: una vida digna, un lugar respirable, un sitio donde reposar el cuerpo y elevar el espíritu.

Inmensa la imaginación del maestro Galeano, rompió las medidas estandarizadas del pensamiento cuadrado que impone de lejos la escritura formal acartonada; al escribir desató en sus manos los determinismos y sus palabras vuelan libres en las calles, miran de frente el semblante del pueblo y vuelven ecos los silencios, las voces adormiladas por tiempos aleccionadores de la desmemoria.

Tanto fue el gusto por la lectura que adquirí el libro para leer completo el Programa de estudios: La escuela del mundo al revés, Cátedras de miedo, Seminario de ética, Clases magistrales de impunidad, La contraescuela, y arribé al derecho del delirio, murmullos utópicos que adhieren sus raíces al corazón y crecen en cada provocación del pensar diferente: “El aire estará limpio de todo veneno que no venga de los miedos humanos y de las humanas pasiones; en las calles, los automóviles serán aplastados por los perros; la gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada por el supermercado, ni será mirada por el televisor; (…) la gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar; se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez que comenten quienes viven por tener o por ganar, en vez de vivir por vivir nomás, como canta el pájaro sin saber que canta y como juega el niño sin saber que juega”. Este libro me ha acompañado en mis viajes cortos y de intentos varios en el oficio noble de educar, comparto emocionado la lectura en voz alta de fragmentos especiales y tras él no vuelvo a mí sin una pizca de alegría en la mirada, el espíritu encendido y el ánimo de seguir caminando.

Se han unido al festejo de la palabra Ser como ellos, la trilogía Memorias del fuego, El libro de los abrazos, Las palabras andantes, Mujeres, El cazador de historias, Vagabundo y otros relatos, Espejos, y mi amigo Osmar López —acostumbrado lector y apasionado del deporte— me recomienda El futbol a sol y sombra, y Cerrado por futbol, antología publicada en el 2018, a tres años de la muerte de Galeano. Aunque ya no está, cada pedazo de escritura del maestro contiene sus memorias vivas, su andar peregrino en diversas geografías del mundo, sus manos que son bastón de asir, su vista llena de luz, su corazón que empalma a la razón y por ello su lenguaje, esa forma particular de nombrar y nombrase, es siempre una manifestación amorosa del encuentro del hombre con el hombre, de las mujeres libres, de todas y todos con la vida. Es la lección que uno atesora, “No, no se vive para ganarle a nadie, Tavito. Se vive para darse”, exclama Gustavo desde la reja de la cárcel a su hijo que llega a verlo: que así sea.

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