CHIAPASCULTURA

¡PROHIBIDO RONCAR! #MundoRaro

3C

Ornán Gómez*

Desperté a las tres con treinta de la madrugada, señor K. Lo hice porque alguien, en la habitación de al lado, tenía ronquido como rebuzno de burro en brama. Un tronido como el de casa cayendo. Y yo tengo el sueño liviano. Cualquier sonido, por leve que sea, me despierta. Pareciera broma pero, mientras duermo, estoy atento a lo que pasa a mi alrededor.

Por eso, para dormir más horas, debo cansar mi cuerpo. Someterlo a un implacable ejercicio físico como el que hago todos los días con mi hijo Eduardo en el gimnasio. Si no logro cansarme, podría despertar en la madrugada y sería desastroso al día siguiente.

Empezó con una respiración cansada, trabajosa, cerca de mi. A alguien le costaba llevar aire a sus pulmones. Mi habitación era la doscientos cinco y la respiración venía de al lado.

Mi madre me aconseja que duerma y deje que el mundo ruede. Lo hace cuando se da cuenta que, como gato hambriento, me pongo a caminar la casa oscura porque no puedo conciliar el sueño.

La habitación donde yo dormía era pequeña, cercana a un pasillo angosto por donde pasaban, hablando y riendo, quienes se hospedaban en las otras habitaciones.

Pensé que estaba soñando cuando escuché la respiración pesada, pedregosa. Entre la bruma de mi sueño, creí que alguien estaba en la cama de al lado. Imaginé el crujido del colchón bajo el peso de un cuerpo gordo, cansado. Pero recordé que en la habitación sólo estaba yo. Abrí los ojos y encendí las luces. Escuché que alguien subía las escaleras que conducen al segundo piso.

Seguro venía briago porque los pasos eran pesados y vacilantes. Pasó por mi habitación y percibí cuando metió la llave en la cerradura de la puerta. Abrió y se tiró a la cama. No se quitó los zapatos ni se cambió la ropa.

Abrí el libro Los otros y yo, cómo desarrollar la inteligencia social de Isabella Filliozat, psicóloga francesa, y me puse a leer. Avancé un par de páginas y luego lo cerré. Me acosté en la cama y apagué las luces. Pero apenas cerré los ojos, los ronquidos comenzaron. En el silencio de la madrugada, eran como cascos de caballos rebotando contra un camino pedregoso.

Inició suave, temeroso. Un ronquido quedito. Después tomó confianza y se convirtió en un concierto que hizo que me dieran ganas de entrar a su habitación y aplastarle la cara con la almohada. ¿Era hombre o mujer?

En los hoteles deberían prohibir el ingreso de quienes roncan. En la recepción, a la vista de todos, deberían colgar un letrero que diga: ¡Prohibido roncar!, así como cuelgan anuncios que prohíben fumar, correr en los pasillos, beber alcohol en las habitaciones o meter animales. Los que gusten hospedarse deberán presentar una cartilla médica que certifique que no roncan.

Quien roncaba, lo hacía con placidez, olvidado del mundo. Imaginé una barriga abultada inflándose y desinflándose como globo con cada ronquido.

Es la razón por la que duermo solo, señor K. Un olor, sonido, o movimiento me despiertan. Tengo el sueño liviano y por eso lo cuido. Hago ejercicio no para estar bien, sino para dormir por las noches. ¿Cómo podría desquitarme de aquel energúmeno?

Pensé en prenderle fuego a su habitación, pero calibrando el tronido de sus ronquidos eso no lo despertaría. Pensé en patearle la puerta, pero tampoco surtiría efecto. El eco del ronquido empezó a navegar por todo el hotel como si fuera un barco cargado de malos presagios o como una maldición. Lo supe cuando abrí la puerta de mi habitación y el tronido rebotaba en las paredes y puertas de madera y se colaba en las habitaciones.

Hace años, en Guadalajara, compartí habitación con un amigo que tenía panza de tinaja. Apenas se tiró a la cama, comenzó a roncar. Al día siguiente me cambié de habitación ante su mirada alegre. Dijo que había tenido un sueño reparador. Yo estaba con ojeras y me parecía a un mapache. Lo aborrecí y desde entonces juré no engordar. Asocio la gordura con los ronquidos. Aunque también he encontrado a amigos que, delgados, tienen un ronquido potente. Sus tronidos nasales son capaces de despertar a un grupo de osos en pleno invierno.

Encendí las luces y me puse a caminar por la habitación. ¿Qué se puede hacer cuando a uno se le va el sueño?

Hace años tuve una novia que roncaba. Ella lo sabía y me lo dijo. Si ronco, me mueves, dijo empalagosa. Yo asentí porque cuando uno anda enamorado es capaz de decir cualquier pendejada. Apenas apagamos las luces de la habitación, ella comenzó con su incesante tronido nasal. ¿Cómo era posible que aquella joven de cuerpo menudo, frágil, a quien le leía poema de Jaime Sabines fuera capaz de producir aquellos sonidos estrepitosos? No la moví. Le puse la almohada sobre la nariz. No despertó y siguió roncando. Le solté un par de empujones. Tampoco despertó. Entonces, sin miramientos, encendí las luces y la desperté a gritos. Al día siguiente ella terminó nuestra relación porque dijo que yo era neurótico, esquizofrénico, manipulador, loco, asesino en potencia y otras razones.

Puse música en la computadora y quise subirle el volumen. Lo hice, pero los ronquidos continuaron. ¡Con qué felicidad entraría a la habitación de al lado y le apretaría el cuello a quien roncaba! Usted sabe que si no duermo, tengo deseos destructivos. Pero no, no ahorcaría a nadie. Decidí, como hago cuando me pasan esas cosas, caminar la oscuridad de la madrugada.

¿Qué otra cosa podría hacer?

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*Ornán Gómez: docente de Telesecundaria, escritor y promotor de la lectura.

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