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Viviendo al filo, de Vivian Mansour. La reseña

Juan Manuel Reyes

“Estoy en la azotea. En medio de ropa colgada con pinzas que pellizcan calzones, camisetas y pantalones. Un poco de viento mueve las prendas ligeramente y me despeinan. Las redondas antenas para televisión parecen ojos y me miran indiferentes. Los sonidos de abajo se mezclan con cierta perversión. La voz ronca y desquiciante de un taladro se une a unos claxonazos y a los gritos que anuncian el reparto del gas. La campana de la basura invoca de seguro a señoras con tubos y batas floreadas que afanosamente sacan los desperdicios. De lo que quieren deshacerse. Lo inútil. Yo así me siento. Una envoltura mosqueada, salpicada de líquidos malolientes, incapaz de servir para nada. Me asomo al filo de la azotea. Mi mirada se desliza veloz metros y metros hacia abajo. Se topa con el asfalto gris, en medio de coches estacionados, como animales inmóviles de ese zoológico metálico. ¿Qué pasaría si me aviento? Volar por unos segundos hasta estallar en el piso. Unos segundos de libertad maravillosa y luego… la nada. Quizá no dolería tanto, aunque yo no le tengo miedo al dolor. A ese dolor (Pág.7)”.

Cuando pensamos en el dolor, es posible distinguir diversos tipos, pero, de manera inmediata, reconocemos dos: el dolor físico (que Laura, el personaje principal de esta novela, no teme) y el dolor del alma, mediada por las emociones, el dolor del corazón que se siente como aguja fina penetrando la epidermis de los sentimientos, ese dolor que apretuja la respiración de Laura y llena de oscuridad la luminosidad de la adolescencia. Así inicia la novela juvenil de la escritora mexicana Vivian Mansour, editado por El naranjo en 2019 (193 páginas), con ilustraciones hermosas de Wanda Dufner; se trata de un relato para jóvenes lectores y que padres, profesores, psicólogos, personas mayores deben leer con urgencia no sólo para rememorar la vivencia de una etapa crucial en nuestras historias, sino para entender la vida compleja de quienes atisban al mundo de la pre-adultez.

Novela narrada en primera persona, de estructura lineal que se mueve al ritmo del tiempo presente, con breves aperturas al pasado para explicar situaciones descritas y necesarias al entendimiento del lector. La autora, con un lenguaje sencillo, fino, coloca la historia de Laura, joven de 14 años, quien vive con su madre y su hermano David, mayor que ella, pero con un problema de desarrollo neurológico desfase intelectual─ que acapara la atención y los cuidados en casa. El padre hace años abandonó el hogar y esa ausencia le duele en el alma a Laura, quien apenas recuerda el rostro difuminado por el olvido de la infancia. A esa orfandad de amor del padre (incrementado por los años de no verlo), se suma la relación distante con su madre y hermano y la vivencia de una etapa complicada, de agitación hormonal e inicio de configuración identitaria que, por eso mismo, provoca desestabilización del cuerpo, emociones y pensamientos; nada fácil en una época marcada sobremanera por la influencia externa de la moda ligera y el reconocimiento y aceptación de los “otros” iguales. De no ser por su amigo Guillo (Guillermo), de 17 años, amante de la música metálica, diestro en ejecución de la batería, y “su secreto” que guarda recelosa y alivia momentáneamente las penas, Laura se hubiera hundido en la oscuridad profunda de la depresión; intenta mantenerse a flote estableciendo rutinas marcadas, sobrellevando la escuela, platicando con su amigo, atendiendo en casa a David, pero se siente vacía, sola, un hueco en el corazón insoportable.

Un papelito encontrado en una vieja maleta revela a Laura la ubicación de su padre y resuelve la decisión de ir a verlo sin que su madre se entere, re-encontrase con él, conocer la razón de su partida pues presiente que la causa fue David, no soportó tener un hijo con discapacidad cognitiva. Necesita ayuda para el viaje, se apoya en su amigo y dos personajes excéntricos, dedicados al arte de los tatuajes y piercings. De regreso a casa Laura parece deshacerse, cerrarse sobre sí misma: su amigo Guillo prepara mudanza, la escuela sigue siendo un martirio, sus compañeros (incluído un enamorado) terminan rechazándola, y un maestro conoce su secreto y a pesar del enojo momentáneo de Laura termina encontrando ayuda.

Es menester reventar el absceso acumulado del dolor emocional, encontrar la génesis del sufrimiento, dirigir los pensamientos y sentires de forma positiva, creer en sí mismo, valorarse, expresar el sufrimiento; como padres estar vigilantes, procurar atención sin asfixiarlos, establecer una zona de confianza y amor; como docentes reconocer las miradas de los estudiantes, sus expresiones que manifiestan dolores inconfesables, sus silencios incomprendidos y trazar puentes de ayuda; Laura tuvo la fortuna de encontrarse con un buen maestro ─supo leer más allá de las notas rojas en las evaluaciones─, la compañía leal de su amigo Guillo, la amistad de Tona y Morgana, la lección de bondad de su hermano David y el amor infinito de su madre que confiesa también sus pesares. ¿Qué secreto íntimo guarda Laura y es un mecanismo de defensa, de liberación momentánea del sufrimiento? ¿Cuál fue la razón verdadera de la partida de su padre cuando ella tenía 5 años? ¿Qué le dice el padre a Laura cuando se ven? ¿Cuál es la causa del dolor en el corazón y el llanto sin consuelo? ¿Cómo supera Laura ese trance, la vida adolescente? Razones necesarias para acercarse a la novela.

Provoquemos la lectura.

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