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¿Dónde te agarró el temblor?

Wilber Sánchez Ortiz[1]

El hombre se paró frente al templo. Estaba enfundado en su overol azul, zapatos negros bien lustrados, camisa blanca de mangas largas con diminutas rayas celestes, verticales; el cabello largo hasta los hombros, sus inconfundibles anteojos, el bigote oscuro mal recortado.

Era un Chico Che cualquiera de esos que mascan chicle, pegan duro y tienen chavas de a montón.

Pero no era Chico Che, era más bien una versión de hombre vestido a la usanza chicocheana. Entró a la iglesia; algún despistado lo vio con ansias de pedirle un autógrafo, a sabiendas de que el verdadero Chico Ché había muerto. Pero éste hombre algo tenía del otro y, podía afirmarse, caminaba con la música por dentro; caminaba como si bailara, como si llevara en su interior esa de “donde te agarró el temblor”, pero no, no se temblequeaba: bailaba y caminaba; con la sonrisa afable y el rictus riguroso de perfecto caballero:

            — ¿Me permite?, dijo, con una ligera inclinación para solicitar lugar en la prolongada butaca. Escuchó misa como buen cristiano y a pesar del calor inmenso no perdió la compostura ni siquiera para secarse el sudor, pues cuando más de uno de los ahí presentes se pasaba los dedos para arrastrar las saladas perlas y arrojarlas al piso, este nuevo   Chico Che se enjugaba el sudor con un pañuelito blanco oloroso a siete machos, en versión guatemalteca, que traía doblado en el bolsillo posterior derecho de su overol,  al lado de su peine y su espejito redondo, con la imagen en bikini de la Olga Brinski.

Una vez concluida la misa, el sacristán se acercó a los presentes con la bandeja de las limosnas, pero Chico Che no soportaba el calor y salió al atrio donde esperó a los novios, victoriosos.

Con la sonrisa alegre de recién casada la novia se cuidaba el vestido, de que éste no se ensuciara con el polvo del piso, aunque no reparó en las enormes marcas de humedad que el sol del mediodía le había fijado en las axilas.

Chico Ché aplaudió sonriente a la pareja, con aplausos de poca monta, más bien discretos, con un ligero golpeteo que sabía más a ritmo de Macorina Pon Pon, ponme la mano aquí, que a vivan los novios. De aquí se desplazaron en camiones a la casa en que se llevó a cabo la fiesta, unos  a pie, y otros como él colados en la redila de  una camioneta blanca, junto a otros invitados y, aunque parados y apretados, con el sol de frente, llegaron pronto a la fiesta en el que alcanzaron a escuchar los últimos acordes de la diana diana conchinchin que el grupo musical  dedicaba a la llegada de la feliz pareja, para dar paso a los gritos del consabido vivan los novios y, entonces, los músicos que se desatan con “las pelotas, las pelotas, las pelotas de Carey” como en clara referencia a la nueva diversión de la novia ahí presente. Enseguida continuó el ritual de la corbata y el ramo. El del novio que armado con mandil y escoba es educado para el futuro y que después, asustado, es lanzado por los aires. Prosiguió la música.

Como nadie abría el baile, Chico Che atravesó la explanada para llegar al lugar en el que estaban los novios; con la inclinación de buen caballero dijo a los dos:

— Antes que nada, permítanme felicitarlos, darles un abrazo y desearle mis eternos parabienes.

El novio fue el primero en ponerse de pie y responderle el abrazo al desconocido que lo rebasaba en estatura; luego la novia, quien después de restregar involuntariamente su cara en el sudoroso pecho del hombre, recibió de él un beso en la mejilla. Las pelotas de Carey concluyó.

— Ahora, caballero, dijo el hombre, si me permite y su linda esposa acepta, concédame el privilegio de abrir el baile.

El novio sintiéndose aceptó; la novia se estremecía con la ganas de orinar, pero se limitó a sonreír y a dejarse llevar por Chico Che; los invitados que no les habían quitado los ojos de encima aplaudieron eufóricos al ver a la novia iniciar la danza con un desconocido a ojos de todos tan conocido; el grupo musical sabedor de su oficio se arrancó con aquello de mi novia se baña en el río en puro bikini y brasier,  al poco rato la pista estaba llena de hombres y mujeres en plena catarsis festiva, unos serios, unos sonrientes, todos extasiados y hasta los perros, a los que nadie invita a las fiestas, se paseaban de mesa en mesa ansiosos de que los comensales arrojaran las sobras de la barbacoa de res, tortillas, salsa de chile y aguacate, acompañados de pasta hervida bañada con mayonesa.

En cuanto el conjunto musical empezó con los ritmos de El Africano, ya otro invitado se había apropiado de la novia que seguía sin orinar, bueno, sin orinar con formalidad pues algunos chisguetes conocían ya la luz del mundo y, mami… ¿Qué será lo que quiere el negro? Chico Che abandonó la pista, llegó a una mesa en la que encontró  acomodo frente a un platillo huérfano, abandonó la caballerosidad pues sin preguntar si el plato tenía dueño retiró la silla, dijo a los ahí sentados “compermiso”, se apoltronó, tomó una cerveza bien fría, se la resbaló completita; con el envase vacío hizo señas al mesero para que le llevara otra cerveza y empezó a comer, eso sí, cuidando sus bigotes, limpiándose prolijo, con las servilletas ahí puestas, pues con la bailada ni cuenta se dio donde quedó tirado el pañuelo blanco.

De la segunda a la tercera cerveza y a todas las que en su amplio pecho cupieron no pasó mucho tiempo; entre una y otra hubo una distancia de segundos: llegaban y resbalaban de la boca a su garganta, de su garganta a su estómago. Los comensales con los que compartió la mesa nunca pudieron dar noticias del tipo aquel, con don de gentes, que bailaba bien, que dijo ser pariente de uno de los parientes de un hombre que si fue invitado, pero que no llegó, bueno esto lo dijo al último, cuando ya estaba más que borracho, cuando se paró a bailar sólo y comenzó a ser objeto de la risa de todos; impertinente empezó con la vomitona,  a media pista, desde donde lo sacaron los familiares del novio para arrojarlo a la calle; volvió un par de veces hasta que fastidiado de baile, cerveza, comida y arrumacos robados a la novia, el hombre, tambaleante, se alejó con la cadencia de aquella tonada que ahora tocaban y que él escuchaba en voces cada vez  más lejanas: “anoche cuando bailaba vi que mis pasos daba de dos en dos”.

 

[1] Nació en Islamapa Xochiltepec en el municipio de Tuzantán, Chiapas en 1980. Ingeniero biotecnólogo egresado de la Universidad Autónoma de Chiapas. Narrador. Ha sido antalogado por Gustavo Gonzzalí en la Nueva literatura del Soconusco publicado por Coneculta en 2006 y en La identidad chiapaneca a través del cuento de Irma Contreras, publicado por la UNAM en 2010. Arbolario -varia invención- fue su primer libro publicado por Coneculta en 2009.

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