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Ana Saavedra Villanueva: Tierra de apariciones

Ana Laura Saavedra Villanueva, nació en Guadalajara, pero vive en Querétaro, México. Es Licenciada en Ciencias de la Comunicación, es directora de creación literaria en la Fundación Cultural México Orgullo y Tradición O.S.C. Es, además, miembro de Voluntariados ONU México. Ha sido ganadora del concurso “Los cuentos de mamá·”, los años 2014 y 2015.  En el 2019, resultó seleccionada en la convocatoria del Fondo Editorial de Querétaro con los relatos “Tierra de apariciones”. Ese mismo año, recibió mención especial en el Concurso Internacional de cuentos Oscar Wilde, por la comunidad literaria Boukker de Montreal Canadá con su título “Aromas en la oscuridad”, que ha sido incluído en la antología titulada “Domar los vientos” de Editorial Aldaba. También ha sido seleccionada para participar en la antología “El gato azul” por su cuento, “Mi nube de algodón y yo”. Participa en la antología “100/40”, relatos de cuarentena, 2019, de la Editorial Yo Publico, 2020. De su libro «Tierra de apariciones»,  presentamos «Mi Llorona». 

 

Mi Llorona*

Todos los pueblos tienen su Llorona y es fácil imaginar el motivo. La miseria, escasez y desgracia de las mujeres jóvenes con chamacos de pecho abandonadas a su suerte. No tiene caso querer adueñarse de ese personaje como si fuera un caso aislado. En mi tierra, mi Llorona ronda los dieciséis años de edad.

Yo me casé la primavera pasada. Ya estaba de encargo así que a pesar de los dimes y diretes me fui con el Ramiro a una casita al lado del malecón. A las pocas semanas, nació mi Bruno y, con él, nuestra reciente felicidad se oscureció como los árboles con el crepúsculo. Apenas nos alcanzaba para tortillas y frijoles; el bebé no paraba de llorar y al Ramiro le dio por la bebida. La miseria es un rosario de lágrimas que ensortija males y los nuestros acababan de comenzar.

Una noche en que esperaba a que volviera Ramiro escuché el llanto de un chamaco, casi afuera de mi ventana. Salí preocupada. Nada más faltaba que algún desgraciado lo hubiera abandonado a su suerte. Lo escuché claramente junto al ahuehuete así que corrí hasta él y cuando llegué pasaron dos cosas; allí no había nadie y ahora el llanto se oía fuerte y claro en la dirección contraria. Fui y lo mismo pasó otras dos veces. El crepúsculo comenzaba a cubrir todo de tinieblas y la verdad sentí miedo. Recordé que todo ese tiempo había dejado a mi Bruno solo, así que regresé no sin notar que el llanto ahora parecía más lejano.

La vi a unos metros para llegar a la casa. Parada afuera de la ventana que daba a la cuna de Bruno. Una joven con un vestido de gasa blanco que ondeaba con un viento inexistente. Me acerqué con premura y pensé que sería la madre del niño que lloraba y estaría preocupada por no encontrarlo. Pero a pocos pasos de llegar a su lado, se esfumó ante mis ojos.

El Ramiro tardó mucho en llegar y cuando lo hizo venía perdido en alcohol. Por más que intenté contarle sobre la joven de blanco, su conciencia no dio para tanto. Al otro día le platiqué a Gertrudis, la vieja del pueblo, cuando me la encontré en la tortillería. En cuanto le conté todo puso el grito en el cielo: «¡Aurelia!, pobre desdichada que no encuentra paz», dijo. Y la verdad que yo le pedí una explicación, ¿quién era esa Aurelia?

Su respuesta nos quitó el sueño las siguientes semanas. La historia de Aurelia me afectó de forma personal. Apenas dos años más joven que yo, había ahogado a sus dos gemelitos para después acompañarlos ella misma. Su vestido raído de gasa blanca fue lo que dio aviso a los habitantes, pero los cuerpos de los pequeños nunca fueron hallados. Ella vivía en la miseria después de que su pareja la abandonó a su suerte, al poco de nacer sus niños. Yo sé lo que es pasar hambre con un hijo; no puedo imaginarlo con dos criaturas.

A partir de ese día todas las noches, entrado el crepúsculo, se escuchaban aullar a los perros y los gritos desgarradores de una mujer que parecían moverse con el viento. Ramiro la vio una vez. Me aseguró que estaba parada junto a la cuna de Bruno y que la persiguió hasta la orilla del río donde se perdió de su vista. Es difícil creer a un borracho, pero para mi desgracia sabía que Ramiro no me mentía. Me cansé de regar todo el interior de la casa con agua bendita, le puse un escapulario a Bruno y le pedí misericordia a las ánimas del purgatorio. Pero Aurelia seguía encaprichada con mi bebé.

Nuestras penas no paraban allí. Nadie le quería dar trabajo a Ramiro y hacía dos días que no probábamos bocado. Nos dio la madrugada mientras lamentábamos nuestra suerte cuando ambos vimos a Aurelia a través de la ventana. «¡Lo que me faltaba!», gritó Ramiro molesto: «Un espíritu obsesionado con nuestro Bruno», y salió de prisa a encararla. El bebé comenzó a llorar otra vez. Yo corrí a arrullar a mi pequeño sin poder evitar unirme a su llanto.

Desperté con el canto del gallo y me extrañó que Ramiro no estuviera a mi lado. Tomador como era, supuse que andaría en malos pasos desde temprano. No fue hasta la tarde que uno de sus amigos me trajo la noticia. ¡Lo encontraron ahogado a orillas del río camino abajo! Me desmayé en ese instante. Era un bueno para nada y borracho, ¡pero era mi Ramiro!

¿Qué iba yo a hacer ahora sola, sin comida, sin trabajo, en esa casucha junto al malecón? ¿Qué futuro me esperaba con un alma tras mis pasos? Se me vino el mundo encima y decidí ese mismo día que me iba de allí. Bruno era demasiada tentación para Aurelia y mis fuerzas flaqueaban en aquel lugar donde todo me recordaba a mi Ramiro. Ese día me fui del pueblo con mis miserias a rastras. Me vine a un pueblo cercano a tratar de rehacer mi vida a pesar de los malos pensamientos que rondaban mi mente. Mi única esperanza es que el puesto de llorona ya esté ocupado aquí. Sería irónico que la mala fortuna me llevara a ocupar a mí ese rol.

*D.R. El texto ha sido publicado con autorización de la autora.

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