VILLAHERMOSA (CONTRASTE POLÍTICO).-Hablar de Evaristo Hernández Cruz no es hacer memoria: es abrir un expediente que sigue oliendo a polvo, negociaciones oscuras y un estilo de gobierno que nunca conoció la palabra ética.
Su nombre no representa gestión, ni servicio, ni resultados; representa todo lo contrario: el abuso del poder, el uso privado de lo público y el deterioro sistemático de la institucionalidad.
Estuvo en los tiempos dorados de La Barredora, su campaña fue impulsada por un viejo amigo, Adán Augusto López Hernandez, un ex priista que lo cobijo y respaldo en los momentos más duros y de tensión política.

Evaristo nunca entendió la función pública. La utilizó. La exprimió. La acomodó para sí y para los suyos. Hoy intenta de nuevo busca colarse al presupuesto y amenaza con hacerlo desde otra plataforma política.
Ni los muertos se salvaron con Evaristo
Quiso vender el Palacio Municipal de Centro, como si la casa de todos los capitalinos fuera un bien de su inventario personal. Intentó negociar con terrenos de la familia Lastra para levantar oficinas municipales que olía más a negocio inmobiliario que a visión de ciudad. Privatizó los baños de los mercados, el estacionamiento del Pino Suárez y hasta una parte del panteón de Sabina. Con él, ni los muertos se salvaron del negocio.
Las denuncias sobre asignaciones turbias de locales en el emblemático mercado José María Pino Suárez y en la Villa Ocuiltzapotlán fueron parte del paisaje. Mientras tanto, su patrimonio crecía con una velocidad que ningún salario público explica. La residencia en El Country es el recordatorio físico de que en su administración, el que más ganó fue él.

Su historial incluye un capítulo que ningún político serio querría en su hoja de vida: una acusación de la Secretaría de la Función Pública por “coalición de servidores públicos” en el manejo de recursos para 2,500 viviendas tras las inundaciones de 2007. No es una anécdota; es una marca. Una que no desaparece con discursos ni con alianzas partidistas.
Presionó a Morena para que su hijo fuera diputado
Y como si no fuera suficiente con su propio historial, extendió su influencia a la familia: su hijo Evaristo Hernández Silvan, ahora funcionario de Morena, antes negociado como diputado federal suplente. La herencia política de Evaristo no fue la honestidad, fue el acomodo.

No hay que olvidar que a su paso por el Ayuntamiento de Centro repartió concesiones a sus cuates, por ejemplo concesionó por 30 años a un amigo personal el negocio de las lanchitas de Gaviotas.
Hablar de Evaristo hoy no es sólo recordar un político cuestionado: es recordar la peor versión del poder. Esa que cree que la ciudad es un lote a rematar, que los servicios públicos existen para concesionarse entre compadres, y que el patrimonio colectivo puede ponerse en manos privadas con la misma facilidad con que se firma un contrato.
Si la política tabasqueña quiere avanzar, necesita dejar atrás personajes como él: funcionarios que confunden el Ayuntamiento con una empresa familiar y el poder con una oportunidad de negocio.
Su legado no es político: es un recordatorio de lo que no debe volver.








