VILLAHERMOSA (CONTRASTE POLÍTICO).-En Jalapa, durante décadas, gobernar fue sinónimo de administrar la cabecera municipal y mantener contenta a la cúpula política que históricamente ha controlado el rumbo del municipio. Las obras se concentraban donde se veían, donde daban rédito político inmediato, mientras las rancherías y ejidos permanecían en el abandono, resignadas a caminos de terracería, a la oscuridad y a la promesa eterna de que “algún día les tocaría”.
Por eso hoy resulta incómodo —para algunos— el estilo de gobierno del doctor José Manuel Hernández Pérez, mejor conocido como Manuelito.

En las rancherías, no recuerdan a un alcalde de Jalapa que haya volteado a ver a las comunidades más marginadas del municipio. No con discursos, sino con hechos. Caminos pavimentados donde antes solo había lodo; transformadores eléctricos donde la energía era inestable; luminarias donde la noche significaba inseguridad; obras básicas que cambiaron la vida cotidiana de la gente.
Y es justamente ahí donde empieza el problema.
Porque cuando un alcalde decide gobernar desde el territorio y no desde el escritorio, rompe inercias, desplaza privilegios y deja de alimentar a los grupos que estaban acostumbrados a mandar sin aparecer en la boleta.
Por eso, hoy, Manuelito enfrenta una avalancha de ataques, descalificaciones y golpeteo mediático, muchos de ellos sin sustento, sin pruebas y con un claro trasfondo político.

En la cabecera municipal los de siempre, los que se creían dueño del Ayuntamiento no lo quieren, porque se les acabo sus privilegios, los borró del mapa en el que ellos eran amos y señores de un municipio estancado.
Antes no había reclamos ni campañas de difamación porque el poder estaba cómodo. Hoy hay ruido porque el poder fue incomodado. A todas horas lanzan sus ataques mediante perfiles falsos y de seudo-comunicadores que lo único que hacen es torcer la información a su conveniencia.

Desde el inicio de su administración, el Dr. Manuelito tomó una decisión clara: invertir donde nadie quería invertir, atender donde nadie quería ir y cumplir donde durante años solo hubo promesas. Esa apuesta, lejos de ser populista, es profundamente política: redistribuir la obra pública hacia quienes siempre fueron los últimos en la fila.
No es casualidad que las comunidades hoy hablen de caminos nuevos, de accesos dignos, de servicios básicos que por décadas les fueron negados. Tampoco es casualidad que los ataques provengan de quienes perdieron control, reflectores o negocios.

Manuelito no gobierna para quedar bien con la élite local; gobierna para que, cuando termine su mandato, en las rancherías lo recuerden como el alcalde que les cambió la vida. Y eso, en la política municipal, pesa más que cualquier columna pagada o guerra sucia momentánea.
La historia local suele ser implacable: olvida rápido a quienes gobernaron para unos cuantos y recuerda durante años a quienes se atrevieron a gobernar para todos.
En Jalapa, todo indica que el doctor Manuelito ya eligió en qué lado quiere quedar.








