miércoles , marzo 3 2021
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 María

Gilberto Méndez Espinoza 

María me habla por teléfono en la mañana, a medio día y en la noche, antes de dormir. Algo candente salpica de su voz que me seduce y enerva mis sentidos; que me alivia de toda preocupación. La frescura de su sonrisa es la brisa de las seis en el malecón. Ha de hablarme todos los días para apaciguar los demonios que se ocultan en la falda de mi impaciencia. Le fascinan los detalles. Una vez le obsequié rosas, y las subió a su perfil. ¿Somos novios, amigos, amantes? No sé. De cualquier forma, suele aconsejarme: “Si a una mujer ilusionada, con ganas de salir con alguien, la plantas a la primera cita, olvídate de ella. Le habrás bajado el orgullo y la autoestima, y no precisamente lo que ella deseaba”. Me aconseja cuando tengo rencillas con mis hijos y mi ex.

Cuando vamos a una reunión, y cada uno convive con sus amigos, nos miramos discretamente y murmuramos entre dientes un “te amo”. Por ella descubrí que no hay necesidad de robar un beso, sino bajo consentimiento mutuo. En la intimidad es cohibida. Antes de acostarse, apaga la luz. Ella sola se desviste, y se cubre el sexo y los pechos con las manos, mientras espera bajo las sábanas. Sus gemidos son casi imperceptibles. No es una mujer de cascos ligeros, pero tampoco posee el temperamento ni la castidad de Salomé. Es distraída.

Mientras habla de la tarea de sus hijos, piensa en las compras que hará en el mercado. Exhibe rasgos de niña hiperactiva, inmaculada. Es noble. Tiene buenos sentimientos. Por teléfono, me ayuda en la preparación de los alimentos, como si fuera mi tutorial en Google. Yo le enseño modales y le confirmo que los libros son mágicos y elementales como el agua. Sus besos son hostias de luna en el paladar. Su talla es perfecta, no le quito ni le agrego. Aunque vive en la ciudad, María es originaria de una comunidad de Chenalhó, donde abundan pájaros, conejos, venados y árboles como el pino y el ciprés. Con ella compruebo que, cuando se ama, poco importa el estatus social, económico y cultural.

Me ama, lo sé. Jamás inventa excusas para no vernos. Si antes caminaba más perturbado que Job y su mundo de hostilidades, hoy, por María, figuran en mí el buen juicio y la sensatez. Recuerdo el día que Cupido nos flechó. En un intento por seducirla, le presumí que escribía poemas. Es cursi hablar de poemas, mejor ir al grano, y escribirlo ahí, dijo de manera imperativa. María no se anduvo con rodeos, sutilezas, ni vanas exigencias. Por nuestras obligaciones, compromisos y otros menesteres, después de un tiempo prudente, cada uno seguiría su camino, como si nada, sin reproches, ni remordimientos. En nuestras citas evitamos hablar de futbol, política y de religión.

No tenemos muchas cosas en común, pero nos gustamos y eso basta para disfrutar plenamente cada momento que pasamos juntos. Cuando nos vemos, apenas nos saludamos, le doy un beso de esos que dejan sin aliento. Y si ella dudaba en pasar un instante a solas conmigo, por su estado de ánimo inestable, cambia de parecer, y de inmediato vamos al hotel. El tiempo apremia, como el chocolate de mamá, por eso hablamos sólo lo necesario, y nos amamos con la ansiedad de quien en años ha descartado la posibilidad de volverse a enamorar.

Cuando la luna patina en el punto de retorno, desayunamos en un restaurant. Besito por acá, besito por allá; caricias abajo de la mesa, imaginando lo que haremos después del éxtasis lunar. Si lo nuestro prospera, sucederá sin prisa ni contratiempos, y hemos de armarla sin tanto embrollo, igual a un pequeño rompecabezas, le susurro con un tonillo de juramento. Ella sonríe y me abraza. Nos estrechamos en un abrazo añorante, porque sabemos que lo nuestro es imposible;  como la paz en el mundo.

Foto: Alejandro Breck

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