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Aline Rodríguez: Besos de tradiciones

Aline Rodríguez (Ciudad de México,1996) Estudia Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México en el plantel San Lorenzo Tezonco.

Modifica al tiempo con sus versos, manda besos de tradiciones, hace honores a Xochimilco.

Tiene dos cuentos publicados en la revista Tlacuache que son La dama del velo huesudo y El hilo rojo. Además tiene en proceso de publicación el poema Huehuetzin en la revista de Palabrijes: El placer de la lengua, UACM.

En el área de poesía publicó recientemente Mitlancihuatl: la señora de los huesos en una página de la Secretaria de Cultura 2020. Ganadora del 4to encuentro efímero de poesía 2020 con El creador, Trastorno de emociones y El colibrí que contará con una antología virtual e impresa publicada por la revista Pachuk Cartonera Editoral.

A continuación reproducimos uno de  sus últimos cuentos:

 

El pago

Las gotas de sudor comienzan a resbalarse por mi cuerpo. El día es excesivamente caluroso. No deseo trabajar. Pero ya no quiero seguir esperando, el teléfono no suena y mis manos arden de dolor.

Consiente estoy de que me marche de sus vidas para que fueran felices, entonces no comprendo porque estos espasmos me sofocan. Me toca vivir mi propio viaje aunque sea demasiado corto.

Me quedo observando el celular, nada. Maldito tiempo. Miro a mi equipo y lo único que puedo sentir por ellos es repulsión. Nos hemos equivocado. Me sobresalto. Estúpido celular, ya llegó la hora. Me levanto del banco, tomó la pistola que está en la mesa y me dirijo a la puerta.

Las camionetas nos esperan, como lo había prometido. Otra vez esa imagen donde la leche de recién nacido me golpea, sé que soy un hombre de la calle pero odio sentirme como un hijo de puta. El recorrido se vuelve interminable, yo solo quiero matar para aliviar a mis demonios.

Llegamos finalmente a la cita, un lugar desierto, un lugar muerto. Una casa de gente rica, puro galán de pollería. Será como cualquier casería, mucha sangre, poco veneno, cadáveres caídos. Todo me dolerá está noche así que no necesitare inhalar mota para dormir. Menos mal.

Bajamos de las camionetas, caminamos hacia la entrada de la puerta y uno de los chicos avienta por la ventana una de las bombas de gas lacrimógeno. Se escuchan gritos dentro de la casa. Doy la señal, entramos sin aviso previo. Sabemos que debemos hacer.

Entrar a ese recinto me incomoda. Demasiada luz para tanta oscuridad. La técnica es la misma de siempre, sacar las armas, matar y matar. Le disparo a dos abuelos que están enfrente mí. Me rio, aún tengo miedo.

Subo las escaleras que dan hacia los cuartos de arriba, con el arma en la mano, me dirijo lentamente hacia la derecha, ahí hay una habitación, entro pero me quedo paralizado. El rostro que me había estado persiguiendo por años estaba delante de mí, ya no tan angelical como lo recuerdo, golpeado y magullado me veía con ojos asustados. Mi mujer. No comprendo, ¿qué está pasando? Siento un que un frio me recorre la espalda.

Ella esta amordazada y amarrada a una silla. Yo no puedo creer que este aquí. Escucho una risa a mi espalda. Volteó con el arma apuntándole al corazón, no puedo creer que es mi jefe, quien me mira retador. La señala, me mira, luego se sienta espectador, mientras ríe, se burla de mi, la desgracia.

Quiero matar al imbécil pero sería más fácil acabar con ella. No le dolería. Mientras estudio mis opciones escucho a lo lejos el llanto de un bebé. Eso me desconcentra. Ella patalea. Siento que me prendo en llamas.

¡No, no, no! ¡Joder!

Él se acerca a ella con su arma, no sé qué hacer, apunta a su cabeza y jala el gatillo. Muy dentro de mi estoy consciente de mi alma la ha mutilado. Me he quedado sin fuerzas, veo borroso. Me sujetan por la espalda, levantan el arma que tengo en la mano y delante de mí está el hijo que abandone, lo reconozco a pesar de los años que llevo sin verlo. Con una presión inmensa, disparo. Y mis ojos se llenan en lágrimas. Me derrumbo en el suelo, agotado. Mientras escucho entre los zapatos de charol que se alejan un teléfono sonar.

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