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Mundo raro. La abuela no está en casa

Ornán Gómez

En diciembre se me despiertan los recuerdos y la nostalgia, señor K. Recuerdo a la abuela y su sonrisa. El cabello negro suelto sobre la espalda o amarrado en dos trencitas que la hacía ver como niña traviesa. De mediana estatura caminando de aquí para allá en aquella cocina amplia con techos de láminas de zinc que el abuelo construyera con sus propias manos. Un fogón enorme donde los nietos nos reuníamos en espera de las tortillas recién cocidas. La abuela mirando a través de la ventana hacia el patio sembrado de cocos altos y delgados, aguacates frondosos, nanchis amarillos y olorosos, naranjas dulces y jugosas, toronjas redondas y rosadas.

Diciembre era época de lluvia en Emiliano Zapata. Los arroyos y ríos se crecían hasta salirse de su cauce y su bramido me adormecía por las noches. La abuela se paraba en la puerta y miraba al horizonte donde las nubes grises anunciaban más lluvia. Las montañas pardas apenas eran visibles a través de aquellas cortinas de lluvia. Después de unos minutos, la abuela hacía café y nos llamaba a la mesa, mientras cantaba una alabanza al creador en agradecimiento por la lluvia.

En otras cartas le conté que cerca de la casa de la abuela sigue habiendo un arroyo. Ahora está contaminado, pero en ese entonces tenía aguas limpias y frías porque nacía de las entrañas de un cerro cercano. En los remansos, los peces se estaban inmóviles como piedrecillas lisas en el fondo del agua. Los niños solíamos nadar allí. Sin embargo, en diciembre el arroyo era una bestia que embestía contra las piedras volcánicas. El tronido me arrullaba por las noches, después que la abuela cantara más alabanzas para adormecernos.

A veces me quedaba en la hamaca porque me fascinaba sentir el vaivén. Sin embargo, tenía pesadillas. Me veía perdido en un mundo de niebla, alejado de todo lo que conocía a mis escasos años. Otras veces, un bulto oscuro me abrazaba y yo me quejaba. Era la abuela quien venía a socorrerme. Hijito, despierta, decía. Rezaba a Dios para que me protegiera. Me abrazaba y me llevaba a su cuarto para que durmiera entre el abuelo y ella. El cuerpo tibio de ambos me hacía sentir seguro y dormía a pierna suelta hasta el medio día.

Mi abuela creía en Dios y le rezaba todas las mañanas y noches. No hacía nada que no se lo dedicara a él. Era una mujer de fe. Todo sucedía porque un poder superior lo disponía de esa manera. Muchas veces le pregunté dónde vivía Dios y por qué no podía verlo. Me decía que Dios estaba en todas partes y sólo se haría presente para llevar a sus hijos a su reino donde no habría maldad, enfermedad ni dolor. Todo sería felicidad.

Me despertaba a las cinco de la mañana para leer la biblia. Conocí el viejo y nuevo testamento. Me fascinaron las historias de Noé, Moisés, Job, Sansón, el Génesis, David, Cantares, Salmos, Proverbios, pero me asustaba el Apocalipsis. Allí aparecía un Dios que exterminaría a todo el que no creyera en él. También mencionaba que el mundo —el que yo percibía en ese entonces —, se terminaría. Como señal habría guerras, hambre, peste y pandemias y el hombre se igualaría a Dios. Era cuando le decía a la abuela que no siguiera. Que me espantaban aquellos pasajes. Que no quería morir. Ella, amorosa, dejaba la biblia y me abrazaba. No pasará, decía.

Pero el abuelo la desmentía. Todos vamos a morir. La diferencia está en cómo lo haremos. Muchos morirán en la oscuridad. Sin conocer a Dios. En el pecado. Otros lo haremos con la certeza de que la muerte es pasajera. Es más, estamos dispuestos a morir porque creemos que una vida eterna nos espera. Una vida de alegría. Mi abuelo sonreía y miraba a la abuela que le devolvía la sonrisa. Morirá nuestro cuerpo, pero no el espíritu. La esperanza en ver a Dios cara a cara es lo que nos hace soportar las penas de esta vida, decían. Quien muere en su fe, vivirá eternamente. Pero yo no quería eso y les pedía que ellos hablaran con ese Dios para que cuidara a mis padres y hermano.

Cuando la abuela murió en un diciembre frío, el abuelo lloró con resignación. Mi viejita, decía. ¿Qué haré sin ella? Y yo los recordaba jugando y riendo. El abuelo abrazándola. La abuela está con Dios, le dije. Me abrazó y dijo así era su voluntad. Pero eso no quitaba que no doliera la ausencia.

Mi viejita linda, siguió diciendo el abuelo por muchos meses hasta que asimiló la partida de la abuela. Por eso cuando el tío Elmer falleció, el abuelo le habló a Dios y le dijo que dejaba en sus manos la vida de su hijo. Que se hiciera su voluntad y se puso a llorar. Luego le habló a la abuela. Sabes que hice lo necesario, dijo. Los médicos dicen que no hay esperanza, por lo que te pido perdón. Y siguió llorando. Lo abracé. Prepárate para aceptar la voluntad de Dios, me dijo. Hay que aceptar, aunque creamos que no es lo justo. Él sabe por qué hace las cosas y a nosotros nos corresponde aceptar. Sus palabras me atravesaron el corazón, señor K.

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