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Mundo raro. Primera infancia

Ornán Gómez

¿A quién le enseñan a ser padre, señor K? ¡A nadie! Se aprende en el camino y considerando nuestra historia. De aquello que nos agradó o no como hijos. ¿Acaso un padre querría ver sufrir a sus hijos? Es la frase que escucho a menudo. Sin embargo, ¿evitarles sufrimientos no es cortarles las alas? ¡Cada quien tendrá una respuesta!

Hace unos días leí sobre primera infancia que, según la UNICEF, va de cero a tres años. ¿Quién se ocupa de esa parte de la vida? Hay quienes creen que la vida de los hijos comienza en cuanto nacen de la madre, por lo que los meses del embarazo pasan desapercibidos. Una etapa que quién sabe qué sucede, pensarán. Sin embargo, la ciencia descubrió que, desde el día dieciocho, el cerebro de los bebés comienza a desarrollarse, formando células nerviosas que más adelante darán lugar a las neuronas y que, si no son estimuladas, morirán. Ello podría implicar que, desde esos días de embarazo, podríamos tener contacto con sonidos, emociones por conducto de la madre, voz del padre y una sensación de la realidad.

¿Será cierto? Creo que sí. En México hay un programa que se llama Educación Inicial que atiende a mamás embarazadas, además de papás a fin de orientarlos para que protejan al ser que se gesta en el vientre de la madre. En esa etapa, además de alimento, los niños y niñas podrían ser estimulados con amor, charlas, juegos, adivinanzas, lectura, cine, música, porque ello será el vinculo con el exterior.

Sin embargo, en México a los niños se le empieza a considerar desde preescolar. Es cuando empieza su “formación”, dicen. Se les acerca a las letras, números y juegos y el famoso condicionamiento. Si te portas bien y haces la tarea, te doy una estrellita. Yo, señor K, he sido víctima de esas estrellas. Ximena, cuando no ha conseguido una, llora y se deprime. ¿Lo ve? Una educación que condiciona no puede llevar a nada bueno. Por eso tomé la decisión de enseñarle a mentar madres, a dar golpes y patadas, decir mierda, te parto la madre, cabrón ojete, entre otras linduras.

Con Eduardo hice loqueras. Acompañé a su madre al primer ultrasonido y me sorprendí cuando vi ese punto entre todo aquel líquido. Es su hijo o hija, dijo el ginecólogo que nos atendió. No supe qué decir. Después se convirtió en un renacuajo que se movía de aquí para allá. ¿Eso se convertiría en Eduardo? Mirarlo a través de aquella pantalla me emocionó. Desde que lo vi y escuché, no dejé de hablarle y leerle por las noches. Aún conservo el primer libro que le compré. Mi papá de Antonhy Browne. Lo compré no porque yo sea lo que dice el libro, si no por lo que no soy. No juego futbol, no bailo ni nada. Pero lo creí un buen gesto para que Eduardo se hiciera a la idea de que su padre es un inútil que sólo le compraba libros, música y que jugaba con él.

Sin embargo, no todos los papás tienen las mismas oportunidades. Muchos conocen a sus hijos el día que la madre los pare. Otros ni siquiera en ese momento porque se han ido. Peor aquellas que fueron violadas y tienen que cargar con un niño o niña a cuestas. ¿Qué cosas se le puede decir a un niño o niña que crece en el vientre de una chica y que es producto de una violación?

A Ximena también le compré un libro: El hermano más salvaje de Cornelia Funke. Pero debo decir que mi relación con Ximena fue distinta que con la de Eduardo, porque mi relación con su madre venía en picada. Estoy seguro que desde el momento en que tuvo conciencia, supo que sus padres terminarían separándose y no se asustó.

Pero volviendo al asunto, ¿a quién le beneficia atender la primera infancia? ¡A todos! Si desde que el espermatozoide fecundo al óvulo, empezáramos a fortalecer la autoestima de quienes se convertirán en niños y niñas, quizá habría más hombres y mujeres responsables de sus actos y con la sociedad. Niños y niñas que se relacionen con la realidad de manera objetiva. Que disfruten del arte como una manera de explorar la subjetividad. Sin embargo, en muchas familias, los gritos, el maltrato emocional del hombre a la mujer embarazada, las borracheras, las canciones a todo volumen de narcocorridos, son el pan de cada día.

¿Queremos una mejor sociedad, señor K? Entonces la educación en la primera infancia debe ser considerada prioritaria. Pensará que esto es una utopía y tiene razón. Quizá nunca se logre nunca, pero mientras tanto yo seguiré regalando libros a mis hijos. Algo bueno podría suceder.

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