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El cuerpo deshabitado

Wilber Sánchez Ortiz*

Quedó mi cuerpo vacío,

negro saco, a la  ventana

Rafael Alberti

 

Aquí, junto al pozo. Aquí estoy; bajo un techo de tejas liquenadas y frescas. Los niños me observan. Primero vieron la figura; pronto alguien dijo:

— Un hombre. Ahí está un hombre.

— ¿Dónde?— interrogó el otro.

— Ahí, junto al pozo.

Después fue una gritería de niños asustados, chiquillas desmayadas porque vieron un fantasma.

Felipe Neri, el maestro, se acercó incrédulo; me vio, se persignó y dijo: “se parece al hijo de Gerardo Sánchez. ¿No le habrá pasado algo a ese muchacho?” enseguida se llevó aulas adentro a la chiquillada, supuso que yo había muerto y que mi alma en pena recorría los sitios que habitaron mis pasos infantiles.

Frente a mí estaba el aula en el que estudié de niño, con su eterno techo de láminas de asbesto. Más allá el campo de fútbol, los árboles de mango, el árbol de guayabas, los sanitarios construidos en tiempos en que ninguna familia del rumbo usaba letrinas. El sitio en el que me peleé con Elvis y del que salí la mar de lágrimas soportando las risas burlonas de los que me veían llorar.

Abandono la escuela. Algunos curiosos se asoman a las ventanas y ven al fantasma desaparecer por el camino de terracería, rodeando el cañaveral de Inés González. Atrás queda la casa de Bertha, casa que alguna vez perteneció a los abuelos, donde Juan Ortiz me propinó un ladrillazo mientras discutíamos por quien sabe que y cuya cicatriz aún perdura en mi cráneo. Aquí los primeros cacaotales, la casa de Lorenzo Jiménez, más acá la casa de tío Rodrigo que antes no estaba, la casa de mamá Inés, la abuela, que no me ve pasar. El Huisquil ladra, pero nadie le hace caso.

En casa, estoy en casa. Aquí vengo todos los días desde que partí. Papá está recostado en la hamaca; con un pie se empuja, llega a las orillas del brocal del pozo, regresa, la hamaca ris ras ris ras ris ras. Mamá está más allá, atiza la leña del fogón, suda, llora con el humo y platica con papá de lo mucho que me extraña.

Papá no contesta, escucha y se mece con cara de indio bueno. La hamaca ris ras ris ras ris ras. Llega Alejandra, mi sobrina, se para bajo el racimo de plátanos colgado de la viga que sostiene al techo y dice: mira papá abuelo.

Papá levanta la vista y no mira nada. Alejandra insiste. Mamá curiosea y pregunta a su nieta:

— ¿Qué es, hija?

— Un hombre. Se parece a tío Wilber.

Madre ve, se limpia los ojos. Vuelve a ver y dice:

 — Papable, papable vi a mi hijo parado junto al pozo.

Querrás decir: palpable, corrijo a mi madre que no me escucha.

Papá se incorpora y busca con la mirada mientras me deslizo hacia adentro de la casa. Hasta la recámara de mis hermanos, la que se construyó en el sitio en el que estaban los árboles de marañón, en el que estuvo el gallinero, en donde estuvo el árbol que servía de sostén a la antena cuando llegó a casa la primera televisión:

— Gírale un poco papá, un poquito más, ya se ve más claro.

Era mi padre, ansioso por aclarar la imagen de la televisión, retrepado en el árbol que sostenía a la antena y nosotros, sus hijos, a gritos dirigíamos sus movimientos.

— Gerardo, márcale a mi hijo— ordena mi madre. No sea que algo le haya pasado.

Papá se dirige al teléfono. Marca con torpeza de hombre no habituado a las tecnologías. El teléfono da tono. Del otro lado alguien levanta el auricular.

— Hijo… hijo ¿estás ahí?

Del otro lado, nadie responde.

*Tuzantán, Chiapas; 1980. Narrador.

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