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Mundo Raro. La vida quiere a las personas buenas

Ornán Gómez

Ya estoy leyendo tu libro, dijo don Poncho sonriente. Está muy bueno. Alto, delgado, alegre. Vivía al lado del negocio de Gerardo, donde lo conocí. Al principio sólo nos mirábamos, como midiendo el terreno que nos separaba. Ambos teníamos cubre bocas porque era obligatorio y lo sigue siendo. En ese entonces —casi un año—, temíamos acercarnos a los demás. En el olvido había quedado el saludo de mano y el abrazo. Era el punto más álgido de la pandemia y los periódicos anunciaban muertos y contagios. Era el apocalipsis, señor K.

Las calles estaban casi desiertas. Nadie salía porque temía contagiarse. Pero el encierro cansaba. Iba minando la alegría de mis conocidos. La pandemia nos colocó en una situación compleja. Ahora que tenían más tiempo, no sabían qué hacer. Me aburro en casa, me dijo un amigo por teléfono. Sólo anda de mal humor, dijo una amiga refiriéndose al esposo. Otra amiga dijo que, a raíz de la pandemia, empezó a querer a su esposo. Estaba enamorado de otro e iba a irse con él. Tuvo una aventura porque no soportaba al marido. Es muy celoso y controlador. Me cree de su propiedad.

Durante la pandemia terminó la relación con el amante. Quiero darme una oportunidad, dijo. Si esto va a terminar, no quiero que sea por mi culpa. Le daré otra oportunidad. Y allí anda. Cocinando, lavando ropa y queriendo al marido y a los hijos. La última vez que conversamos, dijo que las cosas iban bien. Que él se involucra en los quehaceres de la casa. Que está pendiente de ella y de los hijos. Que pasa menos tiempo en la televisión y los videojuegos. Que está tratando de ser más responsable. Me alegré por ella.

Otro amigo dijo que la pandemia puso punto final a su relación. No nos soportábamos. Sólo nos unía las responsabilidades con los hijos. Pero de nuestra relación ya no había nada. Antes de la pandemia, veníamos en picada. El encierro recrudeció nuestro hartazgo. Malas caras. Desplantes. Miradas torvas. Deseos de estar en otra parte y con otras gentes, como dice la canción. La sentía distante. Fría como un pedazo de hielo. Nos dirigíamos la palabra sólo para preguntar algo que tuviera ver con alguna responsabilidad. No había risas. Halagos. Sólo monotonía.

Un día tomé mis cosas y me fui. Ahora me llevo mejor con ella. Es una gran mujer porque, a la distancia, aprendí a valorarla. La quiero como amiga y sé que mis hijos están bien ahí. Que nada les falta. Ella se puso a dieta. Se compró ropa bonita. Se nota contenta y eso me agrada. Por mi parte, también estoy bien.

Mientras esto sucedía a mis conocidos, yo me puse a leer y a hacer ejercicio. ¿Cuándo pasaría la pandemia? ¡Ni idea! En algún momento decidí ir con Gerardo. Bebíamos café y conversábamos sobre los cambios que se generaron en el mundo. Fue ahí cuando conocí a don Poncho.

Intercambiamos saludos y uno que otro chascarrillo. Alto y sonriente, señor K. Amable en el trato. Un par de veces nos saludamos de mano, cuando el semáforo Covid estaba en verde. Llegaba por café y a saludar a Gerardo. Nos encontraba jugando ajedrez. Una tarde me dijo que había empezado a leer Mundo raro para el señor K. Me está gustando. Me sentí contento. Lo percibí un hombre honesto, educado y amigo.

No volví a verlo. Supe de él, cuando Gerardo me dijo: don Poncho se contagió. Está enfermo. Lo tienen con respiración artificial, y me contó la odisea que la familia vivió para conseguir el aparato. Me sentí triste porque uno aprende a admirar a las personas por lo que hacen. Por lo que muestran en su trato. Y don Poncho era bueno. Saldrá adelante, pensé. Es fuerte y puede.

Anoche que pasé con Gerardo, pregunté por don Poncho. Sigue mal, dijo. Se está complicando. Sentí un nudo en la garganta. Las piernas me temblaron. Saldrá adelante. Tiene un corazón enorme y la vida quiere a las personas buenas, pensé. Me despedí de Gerardo con la idea de que pronto vería a don Poncho. Sin embargo, hoy cuando encendí el teléfono, el mensaje de Gerardo saltó: ¡Bro, falleció el tío de María! Me quedé helado, sin palabras. La vida quiere a las personas buenas y sabe lo que les conviene.

No sé si terminó de leer el libro ni qué le pareció. Quizá en otro lugar y momento me regalará su opinión. Mientras tanto, me quedaré con la imagen de aquel hombre alto y sonriente que me dijo: ¡Ya empecé a leer tu libro y me está gustando!

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