miércoles , marzo 3 2021
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Mundo raro. Doña Pepita y su casa rosada

Ornán Gómez

Señor K, un aire fresco mueve las ramas de los árboles. El sol, de a poquito, se deja sentir como una caricia como las que prodigaba doña Paquita, que tenía manos suaves, delicadas como este solecito que reconforta.

Cuando vine a Comitán no conocía casi a nadie. Podrá pensar que estoy exagerando, más ahora con el uso de las redes sociales. Tiene razón. Sin embargo, cuando llegué a esta ciudad no conocía a casi nadie. Años atrás vine y me la pasé mirando el centro de la ciudad, los museos y el mercado. Sin embargo, ¿llegar a una ciudad para mirar sus calles, edificios, cafés y caminar el centro, es conocerla?

Una de las personas que conocí apenas llegué, fue a mi compadre Jorge Domínguez Torija. Nos conocimos en su oficina, allá en la delegación de servicios educativos federalizadas. Alto y de buen trato. Amable y amiguero. Respetuoso hasta decir basta. Conversábamos de política y comida. Un día me dijo que su madre era dueña de La casa rosada. Recordé que ya la había visitado. Apenas me instalé en la ciudad, recorrí los botaneros.

La primera vez fui con Eduardo y su madre. Pedimos lengua baldada que lo acompañaron con un trago de comiteco, frijoles refritos, tortillas calientes y otros platos que pedimos. Mientras dábamos cuenta, observé el lugar que era un rectángulo amplio, donde las mesas y sillas estaban ordenadas en filas. Comimos y salimos. Después volví en compañía del poeta Fernando Trejo, a quien le fascina las pellizcadas que ahí venden. Comimos y bebimos y salimos.

Así que cuando mi compadre me dijo que su mamá era la dueña, no pude menos que sonreír al pensar que podría tener descuentos. Se lo dije y reímos.

Cuando volví a La casa rosada, entré hasta la cocina. La señora se me quedó mirando como diciendo que estaba prohibido entrar hasta allí. Luego sonrió. Una sonrisa luminosa que daban ganas de abrazarse a ella. Algo así como sonreía mi abuela Gloria. Antes que hablara, le dije que iba de parte de mi compadre Jorge. Mi hijito, dijo. Le dije que trabajábamos en el mismo edificio y que lo apreciaba mucho. Sonrió con algo de desconfianza, como adivinando que le pediría fiado. Siéntese por aquí, me dijo. Mandó que me sirvieran como si fuera un hijo pródigo que volvía de recorrer el mundo. Comí hasta casi reventar. Cuando vio que no podía ni levantarme, mandó que me dieran un trago de comiteco. Con esto se compone, profesor, me dijo y empiné el codo.

Doña Pepita Torija Gómez tenía manos que eran como alas de colibrí, señor K. Iban de aquí para allá, sin detenerse. Trajinaba entre los trastos de la cocina como si les prodigara caricias. Eso podía notarse cuando uno degustaba la comida. Me contó Jorge que su madre se quedo huérfana a los 7 años de edad, y que era la adoración de sus abuelos paternos. Que a esa misma edad empezó a realizar sus primeras costuras en telas de franela. Mi mamita se hizo a fuerza de trabajo, decía Jorge sonriente.

Cuando me contaba esto, era cuando pensaba que empezaba a conocer la ciudad. Más allá de los edificios históricos, estaban las personas que la sostenían. Quienes le daban identidad. ¿Quién no ubicaba La casa rosada y a doña Pepita? Si uno googlea, se topa con una lista que cita el restaurante que está allá por el rumbo del ISSTECH.

A doña Pepita la conocía mucha gente y de todas partes la querían. Un día mi amigo Ricardo Aguilar Gordillo me dijo que tenía antojo de lengua baldada. Ahí en La casa rosada lo venden. Cuando llegué saludé alegre a doña Pepita. Por qué no había venido, me dijo. Por el trabajo, me excusé. Una tarde antes le llamé para encargarle las lenguas para mi amigo. Mi sorpresa fue que empezó a contarme lo mucho que lo preciaba. Cuando era funcionario, venía a comer aquí, dijo. Mire, ese era su espacio, señaló un cuartito. Por favor, dígale que le deseo mucha suerte en todos sus proyectos. Pagué y me despedí porque tenía que viajar a Tuxtla.

Días después volví con Nallely y nos quedamos platicando con doña Pepita en la cocina. Comimos y reímos como si fuéramos conocidos de años. Esa vez le llamé a mi amigo Ricardo y lo comuniqué con doña Pepita. Hablaron y rieron un par de minutos. Ella dijo que iría a visitarlo y mi amigo que allá la esperaría. Se despidieron deseándose lo mejor. A mí, esa tarde, me obsequió una botella de comiteco que aún conservo. Para que alegre el espíritu, profesor, me dijo. Me abrazó y me dio su bendición.

Sin embargo, ayer que bebía café en el Café comitlán, al abrir Facebook en el teléfono, leí que doña Pepita había partido. Me quedé en silencio y me puse a recordar lo que cuento aquí, señor K. Le llamé a mi compadre Jorge, pero no pudimos hablar. Le escribí y me respondió que sí, que su mamita estaba ya con Dios. ¿Qué se dice en esos casos para consolar el dolor de la ausencia de una madre tan querida como doña Pepita? Le mandé mis condolencias pensando que a doña Paquita y su famosa Casa rosada, nadie las olvidaría.

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