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Mundo raro. Las enfermeras también rezan

Ornán Gómez

Empecé a despeñarme como una piedra en el abismo, señor K. Lentamente, con los ojos abiertos, comenzó. Negrura y cansancio. ¡Despierte!, decía una voz a lo lejos. Pero no tenía fuerzas ni ánimos para hacerlo. Sólo quería estar ahí, en ese lugar blando que es la oscuridad. ¿En qué momento a mi cuerpo le arrancaron la voluntad de sobreponerse a los dolores físicos? ¿En qué momento se convirtió en un guiñapo sin voluntad?

Primero fue una tosecita. Luego la fiebre y los dolores que eran cuchilladas. Después empecé a jalar aire por la boca. Lo poquito que lograba retener, lo perdía con aquella tos que era un trueno en mis pulmones. Un rayo partiendo mi pecho. ¡Aire, quiero aire! El cansancio se metió aún más en mi cuerpo deshecho. ¡Aquí estamos!, me dije. Más tos. Más dolor en los pulmones. Con los ojos abiertos empecé a descender.

Días atrás, a Nallely le dije que me sentía raro. Empezó a reírse porque, según ella, siempre estoy raro. Ahora me sentía cansado. Por la tarde dormí un rato. Cuando desperté, seguí sintiéndome cansado. Al día siguiente comenzó. Fiebre, gripa y dolor de cuerpo. Me encerré a cal y canto. Después del medio día, la tos empezó a golpetear mis pulmones como un pájaro carpintero.

Con que esto es. No me afectará, me dije cuando empecé a prepararme tecitos porque escuché que con eso disminuía la tos. Soy fuerte. Pero la respiración empezó a faltarme. También me sobrevino la fatiga. Un cansancio lejano menguó mis fuerzas en cuestión de minutos y ya no pude caminar. Tirado en la cama, mi fuerza se apagó como una lámpara. Me abandonó. Entonces, por indicación de Nallely y Gerardo Garduño, aparecieron las enfermeras. También un respirador.

El neumólogo decretó neumonía. ¿Qué es eso?, alcancé a preguntarme antes del primer desmayo. El silencio y el cansancio se meten en uno, señor K. ¡Despierte!, gritó la enfermera. No se duerma. Pero yo no quería despertar porque hacía demasiado frío. El frío rompería mis huesos. ¡Despierte! El descenso es en caída libre. Consiente de que uno se está yendo.

¿A dónde?

Silencio.

¡Aire, quiero aire!

De pronto un tronido como de vigas cuarteándose. Una sacudida y un grito. Era mi grito. Mi cuerpo no quería dormirse y ahí estaba la tos arrancándome de aquel ensueño para devolverme a la realidad. ¡Otra vez! A jalar aire con la boca. La enfermera golpeándome la espalda. Gritos y movimientos rápidos. ¡No se irá!, decía. ¡Dios, ayúdalo! Las enfermeras también rezan, pensé mientras el poco aire que llevaba a mis pulmones trataba de serenar aquella fatiga. Abra la ventana, le dije. Lo hizo. Noche apretada, sin estrellas. El viento movía las hojas del aguacate. ¿Acaso me convertiría en viento? Recuéstese boca abajo, dijo la enfermera, pero no pude. Una sacudida de tos hizo que volviera a desmayarme. Cuando volví, me recosté sobre un costado. El descenso, señor K, estaba empezando.

Jamás creí cuánto me costaría levantar una mano o el pie. O dar un paso. O decir sí o no. La fuerza se resquebraja y uno se queda sin nada. Aún así, me esforcé por ir al baño. Las enfermeras me ayudaron. Cuando entré, me vi al espejo. ¿Esa sombra que se reflejaba en el cristal era yo? En un par de días me volví viejo. La palidez cubría mi rostro y las ojeras eran profundas. Mis ojos se encontraron y descubrí una mirada infinita. Muy lejos de mí. Ya no queda nada del que fui, me dije.

¿Saldría de esa habitación?

Lo pensé cuando la tos y el cansancio me obligaron a pedir auxilio a las enfermeras para volver a la cama.

Le pondremos oxígeno, dijeron. Con eso se pondrá bien. Algo metieron a mi nariz y empecé a respirar de a poquito. Aún así, la asfixia seguía desparramándose dentro de mí. Así que estoy contagiado. El aparato empezó a emitir un sonido metálico. Una especie de graznido. Eran pájaros, señor K. Una parvada de pájaros gritando en un árbol sin hojas en un atardecer con viento. Allí estaba yo, mirándolos desde la casa de mi abuela. Eran negros y se movían entre las ramas. El cielo oscuro nos cubría. Quizás llovería y yo era un niño frente a un árbol con pájaros negros.

Sonreí cuando escuché a mi abuela. Ya entra, dijo. Entré a la casa. Ahí estaban mis tíos Elmer, Alejandro, Martha. Mi abuelo estaba en la otra habitación. ¿Qué haces aquí?, preguntó tío Elmer. Vine a verlos. Ya tienes que irte, contestó mi abuela. ¡Anda, vete ya! No quiero, dije. Me tomó de la mano y me sacó de aquella habitación. Tienes que irte ya, dijo mientras me dejaba en la puerta. Entonces lo entendí. Estaban muertos.

Están cantando los pájaros, le dije a la enfermera cuando abrí los ojos. También hay gallos. Corrió a tomarme la presión, la temperatura y la oxigenación. No hay gallos ni pájaros, dijo. Pero yo los oía. Allí estaban en el patio, a media noche. Estaban cantando para mí. Después me sobrevino el siguiente episodio. Los pájaros y los gallos se apagaron y también la voz de la enfermera. En mi pecho había truenos y relámpagos. Truenos despeñándose hacia adentro de mi ser. Empecé a rodar hacia alguna parte y también dejé de respirar. Desperté cuando sentí el aroma a alcohol y los gritos de la enfermera eran más fuertes.

Entendí que el descenso había terminado. Ahora debía ascender. Subir hasta donde estaba yo. Y empecé.

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