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BUEN CAMINO, MÁSTER FERNANDO ALFONSO

Gamaliel Sánchez Salinas

De niño, la maestra me ponía a hacer el periódico mural de la escuela. Me gustaba mucho dibujar, hacerlo bien me daba ciertos privilegios como estudiante, con los maestros, con el director. Y, bueno, en los concursos, siempre era yo quien representaba a la escuela. Eran los tiempos de las historietas y yo era aficionado a ellas; me pasaba horas analizando, admirando los trazos de Kalimán, una de mis favoritas. Luego me ponía a copiar todas las páginas de la historieta. Un día, decidí ir donde se hacían esas historietas y pedir trabajo. Abandoné Macuspana y partí a la Ciudad de México. Pronto me di cuenta que ahí, en el extraordinario mundo de la historieta, yo era menos que un principiante. No pasé la primera prueba y entonces pedí chamba de chalán. Y así comencé; limpiando el espacio de los dibujantes, poniendo a su alcance los materiales e instrumentos que necesitaran, pero, sobre todo, aprendiendo el oficio. Aprendí de los grandes: Sixto Valencia, Sealtiel Alatriste, Antonio Cardoso, por mencionar algunos. Luego me pusieron a entintar los dibujos que hacían los maestros. Hasta que un día debuté en una historieta llamada Mini terror. De ahí pa’l real no paré hasta dibujar a Kalimán, a Águila Solitaria, Kendor…

Así me compartía fragmentos biográficos el maestro Fernando Alfonso Torres, genial historietista, cuando departíamos, -carnitas y cervezas de por medio-, en un espacio en el Malecón. Yo, que abrevé de Kalimán y demás, escuchaba extasiado y tomaba nota. Sabía que estaba ante todo un personaje.

Lo conocí gracias al maestro Soto Giles, quien tuvo la gentileza de presentarnos. Como los leones viejos, el maestro Alfonso había regresado a la tierra que lo vio nacer, cuando la historieta perdió su auge. Pronto hicimos migas y coincidimos en proyecto periodístico independiente de triste final. La amistad se fue fortaleciendo y cada sábado nos reuníamos en el café para comentar los últimos sucesos. Convocaba a estás informales reuniones el maestro Azarías. Coco Bongo, Marco Pinto, El despacho o el Submarino eran las sedes de tales encuentros, donde se hablaba de política y cosas peores, bueno, no, peores que la política, no. Yo me divertía y me informaba.

Un sábado de esos surgió la invitación del maestro Azarías de hacer una revista, nos dijo que se debería llamar Grijalva. El maestro Alfonso abrió el cierre de su maletín, sacó un cartoncillo, plumones y pinceles y, mientras el maestro Azarías describía con precisión motivos, secciones y colaboradores de la revista, él trabajaba en aquella hoja de cartón. Cuando nos quedó claro el planteamiento de la revista, el maestro Alfonso nos mostró, con modesta sonrisa, el logo de la misma: el nombre de la revista y en medio, tapando un sol rojizo, una garza en vuelo, que resaltaba porque, a falta del material adecuado, la había pintado con líquido corrector. Fernando Alfonso Torres, en ese momento, fue nombrado subdirector de la revista por el maestro Azarías. Yo también salí de ahí habilitado como editor. Verónica Hernández Triano, Tomás Rivas, Alejandro Breck, Pedro Zapata, fueron miembros prominentes de ese equipo. Entonces mi convivencia con director y subdirector creció.

Cuando el proyecto llegó a su fin, seguí trabajando con ambos, pero más con el maestro Alfonso, quien ilustró una antología de cuentos de autores tabasqueños en mi incursión por la edición independiente. Luego, en mi paso por el programa de lectura y escritura de la Setab, ilustró el libro El valedor y Garrido y el famoso poema de Ángel Juárez: En Tabasco.

Nos perdimos la pista. Nos reencontramos por accidente. Vivía en ciudad Pemex, andaba malo de una pierna, necesitaba operación, pero estaba en eso, me dijo. Intercambiamos números y nos llamábamos.

Cuando ideamos el proyecto de Historias y raíces, lo hicimos pensando en él como ilustrador para El conejo tramposo. Aceptó. Los resultados me dejaron harto satisfecho. Los años no hacían mella en las capacidades artísticas de mi amigo. El sábado 22 de mayo, contento, nos acompañó en la presentación. Evocamos los días en Grijalva, nos reímos y convenimos seguir trabajando juntos.La semana pasada le mandé mensajito, me leyó, pero no me peló, eso pensé. Lo imaginé ocupado. Ayer, conversando con Verónica, le comenté su silencio. Me recomendó lo llamara. Hoy lo hice. Me contestó su compañera. «Alfonso murió, mañana hará un mes. Se dejó morir…»Me embargaron la tristeza y la vergüenza. La primera por la partida de un amigo, la segunda por lo descuidado que soy, lo terrible y vago de mi sentido de la amistad. Cómo pude dejar pasar más de un mes sin enviarle un mensaje, una llamada. En momentos así deseo que el breve canto que, de niño, entonaba en la escuelita dominical sea posible. Sí, que mi amigo Fernando Alfonso, contento, camine, cante, y ande en calles de oro, como prometen los místicos; se lo merece.

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