GAMALIEL SÁNCHEZ SALINAS
Teodomiro Villarreal después de una larga carrera militar en la que escaló hasta el grado de coronel regresó al pueblo que lo vio nacer, volvió con su familia; su esposa y dos hermosas hijas.
Pronto el coronel dio muestra de su carácter irascible cuando unos muchachos se metieron a su naranjal sin permiso; les echó de balazos por los pies y a más de uno dejó cholenco. Luego, dio de cachazos a un joven y atrevido enamorado que lanzó candentes piropos a la mas pequeña de sus hijas.
El coronel, altivo y arrogante, gustaba de visitar el mercado para hacer las compras. Era atendido con respetuosa prontitud. Un día, cuando pasaba por los locales de ropa se quedó como hipnotizado observando unas pantaletas que se exhibían.
Pidió se las mostraran y con acusiosa mirada observó y manipuló las prendas. Doña Chely, la dueña del changarro, tímida preguntó: ¿Para su esposa, sus niñas o alguna enamorada? El exmilitar la miró con desdén y pidió le cobrara un par.
Y así, cada mes, el coronel Teodomiro Almeida, visitaba el negocio de Doña Chely y compraba prendas femeninas.
Estas visitas fueron rompiendo el hielo entre el ex miembro de las fuerzas armadas y la vendedora de ropa y una mañana cuando el militar se presentó, la vendedora, ufana, le mostró el último grito de la moda que a aquel pueblo alejado llegaba.
«Son suaves, muy suaves, caritas pero suaves, y horman muy bien la silueta a pesar de que la tela es muy suave», dijo doña Chely.
Teodomiro Almeida, quien había recibido adiestramiento en la Escuela de las Américas, enseñado a kaibiles, enfrentado al narco en el triángulo dorado, estático, tomó las prendas, las acarició con la yema de sus dedos, luego las llevó a sus mejillas y suspiró. Ese día compró cinco.
Apenas se cumplía el mes y el coronel llegó al changarro de doña Chely, ésta con sonrisa esplendente, a manera de saludo, preguntó: «¿Cómo le quedaron?».
El militar sonrojado, con sonrisa pícara, guiño un ojo a la mujer, metió sus dedos índice y pulgar bajo la pretina de su pantalón, que mostraba un grueso cinturón de piel, jaló la prenda interior que mostró a su amiga y dijo: «¡Divi, divi!»
*La historia es producto de la realidad, cualquier parecido a alguna producto de la imaginación del autor es pura coincidencia.







