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EL CHICHONAL

Esto es ya el fin del mundo", dijo una vecina a mi madre. Los hombres del callejón hablaban entre ellos, convencidos que ese día no irían al trabajo.

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GAMALIEL SÁNCHEZ SALINAS 

Me despertaron las lamentaciones, aún estaba oscuro, ¿qué hacían mis padres afuera?, me pregunté y somnoliento salí. Los vecinos todos, arremolinados en el callejón, comentaban asustados.

Eran las siete de la mañana y no amanecía, pero además un finísimo polvo blanco caía de manera intermitente.

«Esto es ya el fin del mundo«, dijo una vecina a mi madre. Los hombres del callejón hablaban entre ellos, convencidos que ese día no irían al trabajo. Yo me preocupé por la escuela y fui a interrumpir a mi madre que conversaba con las vecinas, todas anegadas de una doliente preocupación ante lo inexplicable del fenómeno.

Le pregunté si me alistaba para ir a la escuela. Su mirada fúrica me dio respuesta inmediata. «Estás loco o te cayó un coco», creí leer en su gesto y me quedé callado.

Volví a mi cama y me puse a darle vuelta a la frase de la vecina: «Esto ya es el fin del mundo», lo consideré una exageración y mientras más lo pensaba más me convencía.

Ese día lamenté no ir a la escuela, pero mi lamento era porque no podría verme en los ojos cafetaos y enormes de Adriana, una niña de 3ro, que tenía la amabilidad de concederme su mirada y dedicarme una sonrisa cada vez que nos topábamos en el patio, lo que para mí era suficiente. Nunca me atreví a hablarle. El asunto es que, después se hizo noticia; el volcán Chichonal había hecho erupción en el vecino estado de Chiapas.

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El suceso, ahora que leo el extraordinario trabajoEsto es ya el fin del mundo», dijo una vecina a mi madre. Los hombres del callejón hablaban entre ellos, convencidos que ese día no irían al trabajo. del historiador Raymundo Vázquez Soberano en el Presente, fue más que terrible. Yo en su momento no lo percibí así. Lamenté que mi escuela sirviera de albergue, ya saben, por la ausente mirada de Adriana. Estuvimos varios días sin clases.

Pero no todo fue malo, doña Vita, suegra de mi maestra Sofía Paz , me contrató para quitar la ceniza del techo de sus casa y, como cada vez que me contrataba para una chambita, me pagó bien. Luego vinieron otras contrataciones y limpiando techos me ganaba mi piscachita.

*La foto la tomé de varias que amablemente me envió el excelso maestro Amado Pedrero.

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