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Cuando el gobernador llega hasta donde nadie llegaba

Por Josué Ramírez

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VILLAHERMOSA (CONTRASTE POLÍTICO).-Hay lugares donde la política llega en campaña y se vuelve a ir con la elección. Y hay otros donde, sencillamente, pasan los años y los gobernadores nunca aparecen.

Ignacio Zaragoza, en Tenosique, parece haber sido durante mucho tiempo uno de esos sitios.

Por eso, más que el banderazo para rehabilitar diez kilómetros de la carretera Tenosique-La Palma, lo verdaderamente político de la jornada fue la escena que se produjo alrededor de la obra: un gobernador caminando entre pobladores, entrando a una escuela rural, escuchando a los maestros y atendiendo la petición de los niños.

No es una postal menor.

Don Lecadio Díaz Pérez, “El Tigre”, tiene memoria suficiente para saber lo que está diciendo. Recuerda cuando aquel camino era apenas una vereda por donde pasaba un caballo y llegar a la cabecera municipal podía tomar hasta doce horas. También recuerda que, entre los fundadores del ejido, quedan muy pocos.

Y entonces suelta una frase que, políticamente, pesa más que cualquier discurso oficial: es la primera vez que un gobernador visita Zaragoza.

Ahí está el dato.

Porque para quienes viven en las capitales, diez kilómetros de carretera pueden parecer una obra más dentro de un presupuesto. Para una comunidad rural, pueden significar tiempo, movilidad, acceso a servicios, traslado de productos y, sobre todo, dejar de sentirse al margen.

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La política suele medirse en cifras. Millones de pesos, kilómetros construidos, programas entregados, beneficiarios contabilizados. Todo eso importa. Pero también existe una medida menos cómoda y mucho más humana: ¿hasta dónde es capaz de llegar un gobierno?

En Zaragoza, Javier May llegó.

Y no se quedó en el acto.

Una mano pequeña se levantó entre los alumnos de la primaria. El gobernador le dio la palabra. El niño pidió climas para los salones.

La escena pudo haber terminado con una promesa de esas que se pierden entre trámites y escritorios. No ocurrió así. May entró a la escuela, vio los equipos viejos y tomó la decisión de atender la petición.

Es justamente en esos momentos donde un gobierno empieza a adquirir rostro.

Porque para un niño que pasa horas dentro de un salón caluroso, un aire acondicionado no es una estadística presupuestal. Es poder estudiar en mejores condiciones. Para sus padres, significa saber que alguien escuchó. Para el maestro, significa que la gestión no terminó en un oficio guardado en algún cajón.

Y para el gobernador, significa algo todavía más importante: demostrar que escuchar puede producir resultados.

Hay una frase que resume toda la visita y que no salió de una oficina de comunicación. La dijo un habitante del ejido: “Nos enorgullece tener un gobernador que ve por los de abajo”.

En tiempos en los que la política suele concentrarse en las disputas, las declaraciones, las redes sociales y los cálculos electorales, quizá convenga detenerse en esto.

La verdadera dimensión de un gobierno no siempre se encuentra en Villahermosa.

A veces está a kilómetros de distancia, en una carretera olvidada, en una primaria rural o en la voz de un niño que se atreve a levantar la mano porque sabe que, esta vez, alguien puede escucharlo.

Javier May ha apostado por una forma de hacer política que puede ser discutida, cuestionada y evaluada —como debe ocurrir con cualquier gobierno—, pero que tiene una característica difícil de ocultar: su administración busca estar físicamente donde están los problemas.

Y eso, en un estado con comunidades que durante años han reclamado mayor atención, no es un asunto menor.

El gobernador llegó a Zaragoza para poner en marcha una carretera.

Terminó protagonizando algo más importante: una escena en la que los habitantes dejaron de hablarle al gobierno a través de intermediarios y pudieron hablarle directamente.

Quizá por eso, mientras los adultos aplaudían la obra, desde aquel salón de clases se escuchó una voz que resumió la jornada sin discursos ni tecnicismos:

“May, eres mi héroe”.

La frase salió de un niño.

Pero políticamente, dice mucho más de lo que parece.

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