VILLAHERMOSA (CONTRASTE POLÍTICO).-Hay momentos que pertenecen únicamente a quienes los ganaron con esfuerzo. Una graduación es uno de ellos. Es el cierre de una etapa, la recompensa de años de estudio y el reflejo del sacrificio de padres que hicieron todo lo posible para ver a sus hijos llegar hasta ese momento. Por eso, una ceremonia de graduación nunca debería convertirse en un escenario para el lucimiento político.
No es un mitin, no es un acto de campaña y mucho menos una pasarela para funcionarios ávidos de reflectores. Es un espacio reservado para los estudiantes, quienes durante años trabajaron para alcanzar una meta que sólo ellos y sus familias conocen en toda su dimensión.

Este jueves, durante la ceremonia de graduación del Plantel 24 del Colegio de Bachilleres de Tabasco, realizada en la Nave 3 del Parque Dora María, cientos de familias llegaron con la ilusión de ver a sus hijos recibir el diploma que simboliza tres años de esfuerzo. Para muchos, ese instante representaba el premio a incontables desvelos, sacrificios y carencias superadas para que sus hijos pudieran concluir el bachillerato.
El costo de un momento irrepetible
Nada de eso fue gratuito. Las familias hicieron un esfuerzo económico para estar presentes. Pagaron la renta de la toga y el birrete, compraron ropa para la ocasión, cubrieron gastos de transporte, fotografías y hasta desembolsaron 300 pesos por cada silla para acompañar a sus hijos en uno de los días más importantes de su vida. Nadie regatea cuando se trata de celebrar un logro así.
Todo transcurría con normalidad. Los jóvenes comenzaron a subir al escenario para recibir sus diplomas y las familias disfrutaban de ese momento que habían esperado durante años. Sin embargo, el programa cambió de manera inesperada y lo que debía ser una ceremonia académica terminó convirtiéndose en otra cosa.
Cuando el protagonista dejó de ser el estudiante
La entrega de diplomas se detuvo para dar paso a la intervención del diputado local Jorge Bracamontes. De acuerdo con asistentes al evento, el legislador tomó el micrófono y su discurso se prolongó por cerca de una hora, mientras los estudiantes permanecían esperando que la ceremonia continuara.
En ese momento ocurrió algo que nunca debió suceder: el protagonismo dejó de pertenecer a los jóvenes para concentrarse en una figura política. La ceremonia dejó de girar alrededor de quienes habían concluido sus estudios y pasó a tener otro centro de atención.

Al concluir su intervención, el diputado abandonó el recinto. Pero el tiempo ya no alcanzó para todos. Muchos estudiantes se quedaron con la toga puesta y sin recibir el diploma frente a sus familias, porque la ceremonia simplemente llegó a su fin antes de completar la entrega de reconocimientos.
La pregunta que alguien debe responder
Ese es el dato que realmente duele. No importa cuántos discursos pueda pronunciar un político; ninguno vale más que el instante en que un padre observa a su hijo subir al escenario para recibir el reconocimiento a años de esfuerzo. Ese momento tiene un valor que ningún cargo público puede igualar y, cuando se pierde, resulta imposible recuperarlo.
La pregunta es inevitable: ¿quién decidió que un discurso político era más importante que concluir la entrega de diplomas? Porque esa decisión no ocurrió por accidente. Alguien consideró correcto alterar el programa de una ceremonia académica y colocar en el centro del evento a un funcionario, relegando a quienes debían ser los únicos protagonistas de la jornada.
Los estudiantes no acudieron para escuchar mensajes políticos ni para presenciar un acto protocolario encabezado por autoridades. Fueron a cerrar una etapa de su vida y a compartir con sus familias un momento que jamás volverá a repetirse. Los padres tampoco invirtieron tiempo y dinero para asistir a un discurso; pagaron para ver a sus hijos recibir el reconocimiento que habían ganado con su esfuerzo.
La política también necesita límites
La clase política suele repetir que los jóvenes representan el futuro de Tabasco. Sin embargo, cuando llega el momento de demostrarlo con hechos, pareciera que algunos siguen creyendo que cualquier escenario es adecuado para buscar protagonismo. Precisamente por eso, quienes ocupan un cargo público deberían ser los primeros en entender que existen espacios donde la mejor decisión no es hablar, sino respetar el momento de los demás.
Los cargos públicos son temporales y los discursos terminan por olvidarse. En cambio, la graduación de un hijo permanece para siempre en la memoria de una familia. Si realmente se quiere estar cerca de la juventud, el primer acto de respeto consiste en no arrebatarle el único día que les pertenece por completo.
Porque las ceremonias de graduación tienen un solo protagonista.
Y, definitivamente, no era el diputado.







