¿Qué hacer en casa?

Ornán Gómez/Contraste Político.

Señor K, el viento remueve la basura de aquí para allá en las calles solitarias. Los semáforos se consumen en su mutismo de luces intermitentes que ordenan el tráfico de automóviles. Pero casi no hay coches porque es sábado y los sábados en esta ciudad, la vida transcurre con tanta calma que raya en la nostalgia.

El silencio se instala en calles y avenidas. Las casas son titanes dormidos que guardan dentro de sí a esos seres diminutos que somos. Más allá, en la periferia, algunos jóvenes buscan la alegría en los escasos bares.

Pero ahora es distinto. En el ambiente se percibe un temor sordo. Un grito que rebota en el silencio y que eriza los vellos del cuerpo.

En las redes sociales y demás medios de comunicación advirtieron que debemos quedarnos en casa. No salgan.

Enciérrense porque en las calles anda un demonio con hambre y sed de sangre. ¡Por el bien de todos, no salgan! Muchos atendieron la recomendación.

Pero antes fueron a los supermercados y compraron alimentos enlatados, verduras, agua, papel higiénico, gel desinfectante, toallas y todo lo que pudieron comprar. Luego se encerraron a cal y canto.

Por mi parte compré alimento, pero olvidé el café. Podría faltar las carnes, pero no el aromático. Así que saldré. Pero antes quise escribirle esta carta.

Justo cuando pienso en qué harán las personas encerrados en casa durante estos días, es cuando pienso en la novela de Samanta Schweblin titulada Distancia de rescate, refiriéndose a la distancia óptima para salvar la vida de alguien. ¿Qué distancia es la que debemos tener unos de otros durante esta cuarentena para salvar la vida nuestra y la de los otros?

Muchos, quizá la mayoría, llegamos a casa como visitas porque siempre estamos fuera. Nuestra vida transcurre en una oficina, en una escuela, en una tienda comercial o donde quiera que trabajemos. Estamos de aquí para allá haciendo cosas propias de las responsabilidades, y a la casa sólo llegamos para descansar del ajetreo.

Algunos llegan por la tarde y se ponen a ver la televisión. Otros llegan a dormir por lo que apenas conviven con los hijos. Vienen exhaustos, quieren cenar y echarse sobre la cama.

Pero ahora es distinto. Debemos quedarnos en casa porque no queda de otra. Si le digo esto, es porque soy un pata de chucho que le fascina la calle. Entrar a un café y beber una taza en tanto leo la novela que me ocupa en ese momento. ¿Usted conoce el placer infinito que se siente leer en un café? Uno entra y lo primero que golpea nuestro olfato es el aroma embriagador que desprenden las máquinas al preparar un americano. Después están los sonidos metálicos de los cubiertos al golpear la porcelana de las tazas.

Elijo una mesa desde donde pueda observar a los comensales. Mientras leo, las personas ríen y hablan con desparpajo sin que noten que, desde mi mesa, los observo con atención.

Dirá que soy un chismoso y tiene razón. Al observar puedo interpretar historias que se narran en lo que dura una taza o dos de café. Una ocasión vi a una pareja que fue a sentarse no como acostumbran los enamorados o quienes están cortejándose: de frente. La pareja tomó asiento frente a la mesa, con la mirada puesta en la pared de enfrente sin la minina posibilidad de mirarse a los ojos. Estaban discutiendo y fueron allí para resolver sus diferencias.

Algún psicólogo les dijo que debían conversar en un lugar neutro. Alejados de los lugares que acostumbraban. La idea es explorar otros ambientes para ver cómo responden, les dijo. Él quiso tomarla del brazo para ayudarla a sentarse, pero ella se hizo a un lado. Jaló la silla y tomó asiento. Él no tuvo más remedio que sentarse a su lado. Les pasaron la carta y pidieron, mirando a la pared, cafés.

Yo había cerrado el libro. Él tartamudeó una frase que no escuché. Ella asintió. Al no obtener respuesta, él quiso abrazarla de la cintura. Estás mal, le aconsejé desde mi silla. Tienes que sentarte frente a ella. Que note que vienes dispuesto a jugarte la vida. Que sepa que viene con el compañero del que se enamoró. De ese chico desafiante que no le temía a nadie. Muéstrale la fiera que traes dentro. Hazla reír. Cuéntale un chiste. No bajes la mirada. No te quedes como pendejo mirando a la pared. Ándale. Toma sus manos y no la sueltes hasta que te mire a los ojos. Pero no. El amigo aquel bajó la cabeza y quedó mirando sus zapatos sucios y desgastados.

El mesero puso los cafés y se despidió al momento, porque notó ese ambiente tenso que se había establecido entre ellos. Ella era delgada y el cabello negro le llegaba a la cintura. Él, delgado y bajo de estatura. La mirada denotaba temor y angustia. Estás perdido, dije. Ella apenas sorbió el café, en tanto él miraba angustiado a la pared. Ella dijo algo y él se deshizo en murmullos. Sus ojos estaban a punto de llorar. Ella negó. Después de un rato salieron. Ella se fue por su lado y él se quedó frente a la puerta del local. Te lo dije, quise decirle. Debiste mostrarte más seguro y dispuesto a todo. Minutos después se perdió en la oscuridad de la noche.

Historias como esta se encuentran en los cafés, señor K. Por eso me gusta visitarlos. Sin embargo, por el momento deben evitarse los lugares concurridos porque es riesgoso. Y justo allí, en ese distanciamiento está presente Distancia de rescate de Samanta Schweblin.

Así que, si ama a alguien, y sé que lo hace, debe poner mayor distancia como acto de amor. Si no lo hace, está cometiendo, por donde lo vea, un crimen.