CUENTOS EN CUARENTENA

Enorme ramo de violetas*

Gamaliel Sanchez Salinas/Contraste Político.

Se casaron, después de un noviazgo breve. La ceremonia, fue sencilla y por ellos no habría sido. Fue el padre de ella que exigió, “mínimo, una comidita porque no te estás llevando una gallina”. Y le dieron gusto.

Se fueron a vivir por los rumbos de Pomoca, alquilaron un pequeño departamento e iniciaron ese periplo marital que los convencionalismos de la sociedad exigen cada día con menos ímpetu. Felipe y Amabilia, así se llamaban, estaban contentos.

De pocas palabras él, no era proclive a las muestras de afecto que el trópico demanda. Ella era feliz, pensaba que con su ternura, lo conduciría a las viñas plantadas del cariño.

Seis meses fueron suficientes para que Amabilia descubriría el carácter violento de Felipe y se convenciera que nada lo haría cambiar. Entonces, el tiempo que él pasaba fuera de casa para ella era bálsamo que la protegía de la actitud irascible de su esposo.

El convencimiento la convirtió en una mujer callada, sumisa. Estaba resignada a esa vida. Debía de estar sujeta a su esposo, le decía su madre, escapulario en mano.

Tres años transcurrieron y en aquella relación la falta de mimos y arrumacos fincaron, poderosa, la costumbre. Una mañana, cuando Amabilia iniciaba los quehaceres descubrió, bajo la puerta de entrada, un sobre sin remitente y con su nombre como destinataria.

Lo recogió y curiosa abrió y sacó para leer la carta que contenía el sobre en su interior. Estupefacta lee esa carta llena de poesía enviada por un desconocido. Todo el día y toda la tarde se sintió en un limbo desconocido pero agradable.

Y así, cada tercer día por la mañana, bajo su puerta encontraba misivas compuestas por versos que suspiraban y enamoraban. La curiosidad la llevó a territorios de sufrimiento:¿Quién le escribía versos? ¿Quién era? Debía haber quien.

En abril, el nueve, día del cumpleaños de Amabilia, tocaron a su puerta. Fue a abrir y encontró al empleado de una floreria con un enorme ramos de violetas que le entregó sin decir nada para luego marcharse. Amabilia, suspirando, se cuestionaba ¿Quién le mandaba flores en primavera? Y las violetas, como las cartas, también se hicieron costumbre.

Las noches, que Felipe, sin hablar, creía era momento de cumplir con su deber de marido, Amabilia solo cerraba los ojos e imaginaba al hombre de las cartas y las flores. Imaginaba a un hombre de pelo cano, sonrisa abierta, virilidad y ternura en sus manos y el gozo era inmenso.

Felipe, venido a menos, sin hablar encendía un cigarro y fingía ver como se desvanecía el humo. En realidad la miraba de reojo y un gozo enfermizo lo inundaba. Es él, siempre ha sido él, quien escribe las cartas y envía los ramos de violetas, alentando la fantasía íntima de Amabilia por ese amor secreto.

Ella no sospecha nada, lo mira, se queda callada y se duerme deseando soñar con su amante secreto ese que ella imagina de cabello cano, y viril, y tierno.