#MundoRaro
Gustos sencillos
Ornán Gómez/Contraste Político.

Después que el sol calcinó con furia la ciudad, el cielo se nubló y un viento ligero se movió entre los escasos árboles del bosque, #SeñorK. Vientecillo fresco que me despertó el deseo de encobijarme y beber café. A lo lejos, se escuchó el sonido de un trueno.

Me recosté sobre la cama en tanto pensaba en Desierto sonoro de Valeria Luiselli, novela que disfruté mucho porque me enamoré de la mujer que narra el último viaje en familia, pues va a separarse del marido por la razón que no se siente tomada en cuenta. Suspiré al recordarla y cerré los ojos en tanto los truenos se hacían más fuertes, y el viento se volvía más frío.

Era alta y de cabello largo hasta la cintura. Ojos negros como alas de zanate. Caderas ondulantes y cintura breve. Un lunar pequeño coronaba su nariz respingada que conjugaba con su piel blanca. La invité a Tierra adentro, en San Cristóbal de Las Casas, porque era lo más cercano de donde estábamos.

El andador amplio, cubierto por baldosas lisas, estaba desierto de turistas. Algunos hippies ofrecían pulseras y fumaban cigarrillos sin filtro. Más allá, mujeres chamulas ofrecían artesanías a los escasos paseantes. Ella iba quieta, en silencio, con la mirada puesta en los edificios que contrastaban con el azul del cielo.

Entramos y tomamos asiento en una esquina. Las sillas estaban recubiertas con cuero. Un mesero nos atendió sonriente. Pedimos cervezas. Mientras las traían, dijo que la ciudad era linda. Que le gustaría llevar a su familia a conocerla.

Tengo dos hijos y soy casada. Ya lo sé, pensé. Tengo ganas de sentirme libre. Aquello llamó mi atención. ¿No los traerás? A mis hijos les encantaría el paseo. Pero a él, se refería al marido, no creo. O quizá sí, pero a su manera. Le valdrá madres lo que yo quiera. Me llevará al lugar que decida, haremos lo que él quiera y nos volveremos a casa.

Estábamos allí porque deseaba que me asesora en un tema de comunicación. Aunque habíamos establecido una amistad laboral, no dejaba de parecerme atractiva. Y quién no lo pensaría con aquel cuerpo de tentación. Anda, no te pongas triste. Esta ciudad es para olvidarse de las preocupaciones.

El mesero llegó con las cervezas. Bebió un sorbo y se limpió los labios con una servilleta. Soy la mujer más feliz al lado de mis hijos. Gracias a ellos, mi vida tiene sentido. ¿Cuál es?, pregunté malicioso. Vivir para ellos. Quiero que sean hombres de bien. Que tengan una vida feliz. ¿En qué consiste la felicidad?, pensé. Vivo para ellos. ¿Y también para él?, atajé.

No respondió.

Las cosas no van bien, porque ambos perdimos interés en el otro. A él no le interesa mi trabajo, ni lo que me gusta o me gustaría hacer. Sólo nos unen ciertas responsabilidades, y a veces ni eso. Silencio. ¿Quién era yo para juzgarlo? Llévale paciencia. Me atravesó con la mirada. Quizá también se siente ofuscado por el trabajo. Pero ya hemos hablado de ello, reviró.

Si yo le llevo paciencia, ¿por qué quiere controlarme? ¿Por qué debo adaptarme a sus tiempos, gustos y decisiones? Su teléfono sonó. Es él. Pregunta dónde estoy y con quién. No respondas. Se me va a armar, y respondió. ¿Por qué lo permites? No quiero tener problemas. Pensé en lo jodido que estamos los hombres.

Dejé de hacer muchas cosas por apostarle a esta relación. ¡Carajos!, pensé. Cualquiera podría enamorarse de ella, y el marido no se daba cuenta. ¿Acaso la sentía segura por estar casados y tener hijos? Me siento muy sola. Aquello era una confesión a morir. ¿Acaso la mayoría de mujeres casadas experimentarán lo mismo? ¿En qué momento la soledad se instala en una relación de pareja? ¿Desde que se piensa en que uno le pertenece al otro?

Comprendo, dije.

Al principio todo es alegría porque se piensa que se está con el hombre de su vida. Pero conforme pasa el tiempo, va descubriendo cosas. Es cuando una se pregunta, ¿con quién estoy casada? Para cuando se empieza a buscar respuestas, ya estamos en el segundo mes de embarazo. Con el primer hijo, ustedes piensan que nos tienen seguras. Quizá por eso quieren controlarnos. Cuando una quiere revelarse, ya estamos embarazadas del segundo hijo. ¿Acaso eso es una relación?

Negué.

Después de la segunda cerveza, empezó a llorar. Me siento muy sola, dijo y tomó mis manos. ¿Qué debía hacer? Entiendo, dije. Sonrío. No entiendes ni madres, pero es bueno saberse escuchada. Gracias. Para mi sorpresa, ella me abrazó y me besó. Las cosas van a cambiar porque voy a dejarlo ¡Caray!, pensé. Pero antes tú y yo vamos a pasarla bien, con una chingada. Llévame a un hotel. Pagué las cervezas y salimos.

Caminamos un par de calles y nos metimos a Casa Margarita. De la recepción a la habitación lo hicimos entre besos, mordidas y manoseos. Mientras ella se pegaba a mi cuerpo como sanguijuela, yo le besaba el cuello y apretaba sus nalgas firmes. Cuando entramos al cuarto, y ella empezó a desnudarme, yo abrí los ojos en mi cama justo cuando un trueno cimbraba la ciudad y empezaban a caer las primeras gotas de lluvia.