Ornán Gómez/CONTRASTE POLÍTICO

Encendí el celular y se abrió un video. Eran las mañanitas en voz de Alejandro Fernández que me envió Nallely Berenice.

Lo envió porque estoy estrenando año. Así como lo lee. Terminé uno e inicio otro. Un año en que todos los lunes le escribí cartas. En el que llamé por teléfono a mi madre para recordarle lo mucho que la amo. En los que vi crecer a mis hijos. En los que la vida me acercó a algunas personas a las que entregué mi cariño. Allí están mis queridos hermanos Arturo Novelo, Gerardo Garduño, Eduardo Enoch, Julio Guillén, Eduardo Gómez (mi hijo) Noé Pérez, Andrés (hijo de Novelo) y Nallely Berenice, quienes formamos la fraternidad del ajedrez.

Algunas tardes nos reunimos a beber café y jugar ajedrez en el café de Gerardo. Allí nos estamos conversando. En algunas, calurosas, un peón avanza dando traspiés para poner en jaque al rey de las piezas negras, en tanto el sudor nos escurre por la frente y bebemos café caliente. Otras son de lluvia. Así que mientras miramos el horizonte cargado de nubes negras y las calles mojadas, un alfil insolente destruye una torre.
Cómo no agradecer a la vida por los llantos, las risas, las tristezas y las alegrías, señor K.

Quizá por ello, cuando me emociono, pienso en ir al gimnasio. Haré de este cuerpecito una mole de músculos que triture el pavimento por donde camine. O mejor a natación. Seguro que allí me pongo delgadito y no habrá muchacha que no dejé de invitarme a beber café. O mejor a dieta. Iré con un nutriólogo. Ellos hacen perder peso sin tanto esfuerzo físico. Pero apenitas me descuido, los buenos deseos terminan en el cesto de basura.
No haré nada. Y al decirlo, recuerdo que me siento de maravilla. Que a mi cuerpo no le duele nada. Que le vivo agradecido, pues gracias a él voy a donde quiera y he experimentado placeres que no volverán a repetirse.

Usted sabe que no celebro cumpleaños. Que no soy partidario de las fiestas porque no bebo, no me desvelo y tampoco bailo. Soy pésimo en las parrandas. Lo digo después de varios años de retirarme de ellas. Antes de las nueve de la noche doy cabezazos. Cualquiera de mis hermanos podrá corroborarlo. Mi cabeza es como una bandera que anuncia rendición. Ondea de aquí para allá indicando que estoy muerto. Que el sueño me ganó.

Eso pasó el sábado. Gerardo dijo que iba a ayudarme a cambiar el aceite a mi coche, porque yo de esas cosas no sé nada. Estábamos planeando eso, cuando Nallely, sin más, soltó: ¡Celebremos tu cumpleaños ese día! La quedé mirando y quise desaparecerla porque yo no celebro ni el cumpleaños del Benji. Gerardo la secundó y ahí nos tiene organizando una carne asada.
Señor K, le juro que por más que quise involucrarme en la organización de la “carnita asada”, no pude. Hice como que la virgen me exigía cuentas por mis pecados más recientes.

¡Cabrón rebelde!, me dijo. ¿Yo?, pregunté azorado. ¡Sí, tú! Dijo sonrojada del coraje. No creas que no sé que andas en dejar de comer como lo haces. Ni creas que te saldrás con la tuya. Al mundo se viene a comer y a ser feliz. ¡Pero virgencita!, quise respingar. ¡Te callas! Asentí, en tanto Gerardo y Nallely daban los últimos toques para el asado.

Gerardo era un maestro mecánico y yo su ayudante. Llave tres octavos, decía bajo el coche. Y estiraba la mano. Y yo corría en círculos en busca de la famosa llave. Después de un par de minutos, Gerardo salía debajo del coche e iba por la llave.
Mientras eso pasaba, mis hijos jugaban alegres con los hijos de Novelo. Quise escaparme para jugar con ellos, pero Gerardo me lo impidió. Aprende para que el siguiente servicio lo hagas tú, amenazó.

Creo que estábamos a punto de terminar con el coche, cuando Novelo empezó con la carne asada. Yo no había comido y mis tripas gruñían.

Carne de exportación, leí en el plástico. Miré la salsa verde. Las salchichas asadas. Los chiles asados. Las tortillas doradas. Y los chicos, con tortilla en mano, recibiendo su ración en tanto que yo los miraba con envidia y Gerardo gritaba desde debajo del coche, tapón del carter, y yo, sin más ánimos que de clavarle los dientes a aquella carne jugosa que se asaba en la parrilla, le pasaba el aceite en tanto que él pegaba carcajadas allá abajo.

Pero eso sí, señor K, apenas terminamos con el coche, me acerqué a la parrilla y no permití que nadie metiera mano. Salchichas, carne, aguacate, pictes que me envió mi madre y plátanos asados, tortillas doradas, agua. No dije una palabra hasta que noté que mi camisa no cerraba. Por vergüenza y no por hambre hice una pausa y me puse a caminar, luego a dar vueltas en bicicleta.

Antes de las nueve, señor K, empecé a cabecear.

Por eso hoy, apenas oí Las mañanitas, recordé que soy un bendecido por la vida. Agradezco por las risas y las lágrimas. Por mis padres y hermano que desde donde están, me envían sus bendiciones. Por mis hijos que siguen estirándose hacia arriaba, por los amigos y mis queridos hermanos a los que amo.