#MundoRaro
Visita a mi madre
Ornán Gómez/CONTRASTE POLÍTICO

Señor K, le escribo desde la casa de mamá, aquí en Tuxtla. En el patio hay árboles de guanábana, guayaba, limón, guayas, plátanos, papayas y primavera. Llegué de Comitán hace rato porque deseaba verla. Desde hace ocho meses que no la veía porque la pandemia que asoló al mundo nos puso una barrera de distancia.

Sin embargo, eso no impidió que nos llamáramos todos los días por teléfono. Aunque ello no era suficiente para demostrarnos el cariño que nos tenemos. Era necesario abrazarnos y decirnos lo mucho que nos amamos.

Vine con Eduardo y Ximena que también querían ver a sus primos. ¡Y cómo no! Los niños aman los gritos y correr por la casa para dejarla patas arriba. Alborotar la cama y tirar las almohadas. Saltar sobre los sillones y moverlos por toda la sala a modo de parapeto que los proteja de los disparos imaginarios o para que sirvan como trampolín para dar saltos al estilo superhéroe.

Apenas se vieron, soltaron gritos y corrieron para abrazarse. ¡Los extrañé!, gritó Eduardo frente a sus primos Emilio y Octavio en tanto Ximena sonreía y los miraba desde la distancia. Soy la única niña, quizá pensó. Se abrazaron y empezaron a saltar de aquí para allá. ¡Cuánta alegría, señor K! Los ojitos les chisporroteaban como luciérnagas pequeñas iluminando la oscuridad de la casa.

¿Qué es una casa sin niños, señor K? Oscuridad. Sé que estará pensando que es una analogía grotesca, porque en la actualidad los jóvenes, en vez de hijos, tienen perros, lo cual es de respetar y aplaudir. Cada quien llena el vacío con lo que quiere. Algunos lo hacemos con libros, amigos, música, cine, entre otras cosas.

Pero ellos estaban radiantes de alegría. El encierro en el que estuvimos estos meses hizo que los niños, más que nadie, extrañaran a sus amigos o familiares. Para ellos era necesario verlos. Abrazarse y gritar para celebrar la vida. Y eso hicieron. Brincaron y alborotaron toda la casa.

No era para menos porque cuando les propuse que visitáramos a su abuela y primos, dijeron que les darían una sorpresa. Y eso hicieron. Ante la mirada de espanto de mi madre, los pequeños rodaron sillas, garrafones, vasos, platos, juguetes, lámparas, zapatos, camisas y pantalones.

Y mientras ellos entraban y salían de la habitación de mi madre donde tiraron sábanas y almohadas, además de dejar las puertas del armario de par en par, mi madre no dejaba de abrazarme y recordarme lo mucho que me ama. Yo hice lo propio.

Durante lo más grotesco de la pandemia, le recordé por llamadas telefónicas que no saliera de casa. Que lo hiciera sólo para ir por comida. Que se cuidara por lo que más quisiera. Y ella decía que sí. Que no salía para nada. Ella me pedía lo mismo. No salgas, hijito. Están muriendo muchos. Y era cierto. Los portales de noticia decían, todos los días, que el índice de contagiados y muertos aumentaba. Entre esos números que se repetían en las redes sociales, estaban mis amigos, familiares y conocidos.

Pero más que un número, quienes se fueron, tenían nombre y una historia. Hijos y padres. Pero de la noche a la mañana el virus los alcanzó y por más que dieron pantalla, no la libraron. Allí estaban tres tíos y otros amigos y conocidos.

Mi madre pensaba en eso cuando decía que no saliera. Que me cuidara. ¿Acaso una mamá no da la vida por los hijos? ¡Desde luego! Si te enfermas, voy a cuidarte. ¡No, cómo crees! No pasará porque me estoy cuidando. No salgo para nada, le decía. Y era cierto. Salía para lo indispensable. Pero si por alguna razón enfermas, voy, decía con decisión.

Así que ahora que la vi, ambos un poco más grandes porque en estos días cumplí un año más de vida, le dije que aún tenemos que cuidarnos, pese a que las autoridades decretaron que estamos en color amarillo del semáforo COVID 19.

Siguió abrazándome fuerte. Mi hijito, decía. Y yo miré sus manos cubiertas por lunares propios de la edad. Las acaricié y besé sus cabellos. Después de meses estaba frente a la mujer que me dio la vida y quien, todos los días durante lo más álgido de la pandemia, me escribiera mensajes por WhatsApp, además de llamarme por las mañanas y noches.

Te extrañé mucho, dijo y vi que sus ojitos se ponían rojos y se le escaparon lágrimas. La abracé. Después de ocho meses, ella y yo estábamos frente a frente.

Te hice café, dijo con una sonrisa. Acepté gustoso mientras los niños seguían corriendo como monitos en busca de árboles más frondosos dónde columpiarse con más libertad.