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Resaca

Ornán Gómez/ CONTRASTE POLÍTICO

La cabeza me zumbaba, tenía los ojos irritados y no soportaba la claridad del día. Una resaca espantosa, señor K. Me arrastré a la cocina y preparé café. Un sorbo y nada. Dos, tres. La taza completa y nada. Seguía mareado. Preparé otra y vine a la computadora a garabatear esta carta, aunque no iba a ningún lado. Lo que tecleaba estaba lejos de lo que quería decirle.

Aún así me esforcé para que mis ideas tuvieran lógica. Pero la tensión del cuello aumentaba. El miedo se apoderó de mí y sentí un coraje que se desparramaba por todo el cuerpo.

Pensé en correr hasta reventar el corazón. ¡Qué estallara! ¿Por qué despertar a las seis, si dormí a la una de la madrugada? Cuando cerré los ojos supuse que despertaría a las ocho. Pero no pude. Siempre despierto temprano. Y ahí estaba, sufriendo la resaca.

Un día antes fui a Tuxtla, a una reunión. Después fui por mamá para ir con Doña Irma. Allí venden camarones secos bañados en limón, acompañados con chile habanero y cebolla morada. Por días los busqué en Comitán y no los encontré. Mamá pidió cerveza y yo agua mineral. Mientras ella sonreía y decía que estaba feliz porque fui a verla, yo comí el primer plato de camarones. En lo que mamá bebió dos cervezas, yo me comí dos platos.

Mientras ella hablaba, reparé en sus manos coronadas por lunares que antes no tenía. Manos que me acarician cuando voy a verla y que trabajaron para que mi hermano y yo fuéramos a la escuela.

Mamá estaba recordando esto y lo otro mientras yo comía. Mi hijo hermoso, dijo. Los papás siempre decimos eso. Afirmamos que nuestros hijos son lindos. El amor nos vela la vista, pese a que el hijo tenga ojos saltones y mandíbula de caballo. Jamás seremos honestos para reconocer que el hijo bien podría ganar un concurso del más feo.

Pero es que somos papás para reconocer la fealdad del hijo. A veces miro a los míos y me cuestiono. Pero al hacerlo, corro al espejo y me digo, ¡A ver cabrón!, ¿cómo quieres tener hijos tipo Zeus o Afrodita si mira qué papá tienen? Veo mi rostro ovalado y la barriga de yegua a punto de parir. Al menos no están jorobados, pienso.

Y eso mismo pensé cuando mamá dijo que yo era lindo. ¡Qué cosas tan ocurrentes dice con un par de cervezas! Por eso vengo a verla.

Pidió otra cerveza y yo más camarones. Vine a comer, pensé. Así que mamá siguió diciendo esto y lo otro mientras yo daba cuenta de los camarones en agua chile que recién pedí.

Ando alegre, dijo mamá y dijo que se bebería otra cerveza. Le sugerí que no porque ya me iba. Está bien, dijo con una mirada condescendiente. Te vas con cuidado. Mi hermano Víctor había llegado minutos antes. Se quedarían los dos.

Me despedí de abrazo y subí a San Cristóbal de Las Casas donde me vi con Pascual Yuing. Conversamos un par de horas y hubiéramos seguido de no ser porque el tiempo se nos fue como agua entre los dedos. Me dio gusto verlo con aquella vitalidad y alegría chispeante.

Hablamos de libros, política y de la felicidad. Hay que sanar algunas cosas en nosotros, dijo. Y para ello hay que saber conocer nuestra vida que tiene que ver con la vida de nuestros ancestros. No es casualidad lo que nos sucede. Es consecuencia de lo que nuestros padres y abuelos vivieron. Pascual ha pasado su vida leyendo y es como un sencei que, a base de observación y filosofar, busca la verdad que se encuentra en uno mismo.

Puedes hacer lo que desees, pero siempre elige tu felicidad. Si estás bien, las cosas tendrán sentido, dijo cuando nos despedimos a eso de las diez de la noche. Nos abrazamos y quedamos en vernos después. Antes de salir de San Cristóbal pensé en sus palabras. ¿Cómo es que cambió tanto?, me cuestioné mientras me perdía de la oscuridad de la noche.

 

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