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MUNDO RARO. RECUERDOS

Ornán Gómez*

Abrí la llave de la regadera y el agua fría se estrelló en mi cuerpo. Latigazos, pensé mientras daba saltitos. Quise correr a la cama porque allí se estaba calentito. ¿Quién chingados me mandaba bañarme tan temprano? La gente normal estaba en la cama, durmiendo a pierna suelta. Soñando con alguna playa. Otros, más atrevidos, se mordían los labios a punto de hacer el amor. Los domingos ni los zanates madrugan, pensé.

Pero tú no duermes hasta más tarde. Llueva o truene, despiertas a la misma hora. Vas por café mientras agarras valor para meterte al baño. Así no se puede contigo, chingada madre, me recriminé mientras el agua se estrellaba en el piso.

Lo mismo te pasó en Oaxaca aquel diciembre. ¿Oaxaca?, me pregunté curioso. Recordé. Acaba de leer Nieve sobre Oaxaca de Gerardo de la Torre cuando tomé la decisión de visitarla. Salí de Tuxtla por la tarde, sin más equipaje que un par de pantalones, un par de libros y muchas ganas de perderme en un mundo desconocido. No llevé suéter o chamarra porque en Tuxtla hacía calor. Y allá fui.

Antes de salir de territorio chiapaneco, pasé pueblitos pintorescos donde podría quedarme a vivir. Un par de horas después, ingresé a tierras oaxaqueñas.

A mi paso fui dejando pueblitos de casas humildes. Luego me topé con aquella sierra silenciosa e inmensa que me hizo recordar Las enseñanzas de don Juan de Carlos Castaneda. A mitad de aquellos montículos, corría lento un arroyuelo, quieto como una serpiente líquida. Me estacioné en la parte alta y recordé que don Juan iba a tierras oaxaqueñas para realizar rituales. Buscaban espacios de poder, y yo también quería encontrarlos.

Me bajé del coche y grité lo más fuerte que pude. El eco me devolvió mi grito que se perdió en el horizonte. Seguro que el espíritu de don Juan estaba en esos montículos parduscos, que daban la noción de encontrarse cara a cara con la soledad.

Subí al bocho, lo encendí y conduje despacio. Empecé a bajar la sierra como Dante descendiera al infierno. La carretera ondulaba hacia la parte más baja para luego subir. Así es la vida, pensé mientras tiritaba en el baño. Hay que descender hasta donde no se pueda bajar más y luego subir, me dije recordando un artículo de Rosa Montero que leyera minutos antes. “Si eres fiel a ti mismo, desciendes a lo más profundo de tu interior”, dice la escritora.

Dejé atrás la sierra y enfilé a la ciudad en plena oscuridad. A mi salida de Tuxtla no consideré el tiempo ni los posibles percances. Una llanta ponchada. Un fanal fundido. Un fusible dañado. No pensé en esos detalles y ahora que estaba en aquellas tierras desconocidas, se me venían a la mente. Sé que estará de acuerdo, señor K. Ante una situación desconocida, la mente recrea escenarios peligrosos. Es normal cuando el miedo trata de meterse en uno.

En aquel paraje sólo había oscuridad y los camiones avanzaban como si el diablo fuera tras de ellos.

Para el colmo, perdí conexión en el teléfono celular. Estaba solo. Si algo me pasaba, nadie sabría. ¿Y qué?, recuerdo que pensé. Aceleré el Volkswagen. Si el miedo quería paralizarme, yo iba a desafiarlo. Casi cien kilómetros por hora en una carretera desconocida era declararle la guerra al peligro. Rebasé coche y camiones y seguí de largo como si conociera a la perfección el camino. Me detuve cuando vi las primeras luces de una ciudad que se abría ante mis ojos cada vez más sorprendidos. Ahora se presentaba el detalle de dónde dormiría.

¿Qué persona normal sale de viaje a otra ciudad sin consultar distancia, tiempo, recorrido, hotel dónde dormir, entre otras cosas? Conduje hasta el centro, aparqué y me puse a caminar. Entré a un bar y me empiné un mezcal para calentar la sangre. Luego fui a un restaurante y cené, mientras miraba un mar de gente que iba de aquí para allá. ¿Dónde dormiría? Cuando terminé, pagué la cuenta con la tarjeta y quise volver a mi coche.

Fue cuando me di cuenta que no sabía dónde lo había dejado. Había caminado por calles que iban de aquí para allá hasta que entré a ese restaurante. Una persona normal toma nota de la calle donde aparca el vehículo cuando está en una ciudad ajena. Después de caminar de aquí para allá por una hora, encontré el coche a tres cuadras del centro, frente a una posada, para mi sorpresa. Entré y me registré. No hay agua caliente, dijo el fulano que me atendió. No importa, dije. La temperatura había descendido a cinco grados y aún así yo quería bañarme.

Dejé mis cosas sobre la cama y entré al baño. Abrí la regadera y dejé que el agua fría me golpeara. Al impacto sentí que mis manos se engarrotaron y todo empezó a darme vuelta. Salí del baño corriendo cuando vi mis manos estaban moradas y el dolor en la cabeza era insoportable. Me envolví con la toalla y las cobijas y dejé que aquella temblorina me pusiera en la madre. ¡Ayúdame, Dios!, supliqué. Empecé a mover las piernas y los brazos y me puse a saltar. Mi cuerpo, de a poquito, recuperó el calor. Minutos después salí por más mezcal.

¿Sabiendo eso, sigues bañándote con agua fría, cabrón atarantado?, me llamé la atención. Si, dije sonriendo porque el agua fría me pone de buen humor. Además, no sería mala idea volver a Oaxaca en diciembre, me dije. Salí del baño y fui a la cocina por más café.

 

*Docente, promotor de lectura y escritor. Es autor de los libros: En busca de la palabra, Miedo en la sangre, Anoche mataron a mi nahual y Mundo raro para el señor K

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