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Mundo Raro. Plegaria 1

Ornán Gómez*  

Mi apodo es por el color de mi piel. No pregunte de mi nombre porque hace tiempo lo olvidé en algún callejón. Vine porque dicen que es bueno ayudando a los jodidos y yo soy uno de ellos. Míreme a la cara, señor K. Présteme sus manos y acaricie mi rostro. No tenga miedo. No diga que no reconoce esta cicatriz, estos labios delgados y mis ojos chicos. ¿No reconoce ese miedo que chicotea en mis ojos?

¿Busca a quien le escribe cartas todos los lunes? No lo hallará. Tuvo la mala fortuna de toparse conmigo y lo dejé contándole cuentos a las hormigas allá en casa de su abuela, que es con quien está soñando. Sólo estamos usted y yo. No tiemble, señor K. No diga que no me reconoce. Que no recuerda estas manos, esta voz y esta cara marchita por el tiempo.

No le haré daño. Vine mientras quien le escribe cartas está dormido. Lo dejé atirantado sobre su cama. Viera que lindo se ve con los brazos en cruz. Dormido da la apariencia de que no rompiera un plato. Como si fuera uno de esos angelitos que adornan las iglesias de este pueblo. Pero a mí no me engaña. Lo conozco de sobra y sé de lo que es capaz. Si no me cree, pregúntele porqué chingados no permitía que me acercara a usted. Le provocarás un mal momento, decía. ¡Mal momento, mis huevos! Ande, no se pandee. ¡Míreme a los ojos!

¿Le da miedo la oscuridad que hay en ellos? No se haga el santo conmigo. No me diga que es seguidor de cristo y que por eso es casi un santo y le espanta lo que hay en mí. ¿Acaso no tuvo deseos de hundirse en el fango del mundo? Pensará que soy joven, que no tengo experiencia y por eso digo pendejadas. Ahórrese sus palabrerías y éntrele. Míreme a los ojos y dígame qué mira. Que no le espante esa tristeza pantanosa que se revuelve dentro. Que esas pesadillas que saltan como cuervos hambrientos dentro de mí no le quiten el sueño.

Menos le espante esta mirada de hiena que cuartea mis ojos. Ande, deme sus manos y toque mi rostro. Cara de piedra a pruebas de sonrisa.

¿Qué quién chingados soy y de dónde lo conozco?

Soy hijo de la oscuridad, señor K. En mí habitan los desterrados del paraíso de donde expulsaran a Adán y a Eva. Soy la voz de los caídos. De quienes fueron expulsados del cielo cristiano. Soy legión porque represento a las ratas de dientes filosos que desgarran la carne tierna de los recién nacidos.

Es en vano que grite porque nadie va a escucharlo. Al fulano ese lo dejé dormido. Sumido en su pestilencia de hombre educado. En cambio, yo me regodeo de mi ignorancia que me hace el animal que soy. ¡Míreme bien! Deje que mi voz le recuerde el odio de Caín descalabrando a su hermano Abel. Soy hijo de Caín, señor K. Y también la sangre espesa que resbaló de la cabeza de Abel.

Vine para decirle que a quien cuida, a quien le prodiga sus buenos deseos y que a cambio le escribe cartas, está en peligro de caer. De convertirse en esto que soy. En la brea que alimenta el fuego de mi odio. ¡Cállese, señor K! No me diga que el mundo es esto y lo otro. Lo será para usted que no ha dormido en las calles ni ha comido de la basura y menos ha descendido al infierno que Dante Alighieri describiera en su Divina comedia.

Así que ya sabe. Soy el látigo que estalla en el silencio. El grito que desgarra la quietud. El silencio que estalla en la soledad que habito.

¿Qué a qué vine?

A verlo y a que me recuerde. Ande, toque mi cara y abráceme, señor K. Quiero sentir eso que sienten quienes están sonriendo todo el tiempo. Quiero saber a qué sabe eso que llaman cariño. No se espante de esta piel reventada por el sol. Venga, deme un abrazo. Olvídese de ese que le escribe cartas. Déjelo que siga hablando con su abuela muerta. Deme sus manos y acaricie mi cara. Deme un abrazo que por primera quisiera saberme querido. Ande, sálveme de este que soy.

Atentamente

El cuervo

*Docente, promotor de lectura y escritor. Es autor de los libros: En busca de la palabra, Miedo en la sangre, Anoche mataron a mi nahual y Mundo raro para el señor K

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