miércoles , marzo 3 2021
Home / CULTURA / Mundo Raro. Plegaria 2

Mundo Raro. Plegaria 2

Ornán Gómez /Contraste Político

Mi nombre es Vanesa y en mi habitación apenas cabe una cama y el baño hediondo a orín. Le escribo mientras un desconocido toca la puerta. No quiero abrirle porque apenas entre, querrá meterse entre mis piernas para quitarse sus ganas de macho. Y me siento cansada. Aunque no quiera, abriré porque para eso soy puta. Mi trabajo es revolcarme con cuanto pendejo se me ponga enfrente. Soy la que nadie querrá llevar de la mano por las calles de este pueblo. La que miran con desprecio. La que se coge el marido de las que van a misa los domingos.

En el bar hay gritos y suenan corridos. Mentadas de madres y carcajadas resuenan en las paredes sucias. Las otras putas esperan cliente que las lleve al cuarto por doscientos pesos. Con suerte, algún pendejo querrá sacarlas de aquí. Es cuando ganamos un poco más. Pese a que nos encueren dentro del coche, nos metan mano y obliguen a mamárselas allí mismo, los fulanos nos sacan de este tugurio de alcohol, drogas y sexo. Nuestros ojos, acostumbrados a la oscuridad del putero, se alegran con las calles de la ciudad. Por un momento vagamos de aquí para allá, hasta que los clientes nos llevan a un motel cualquiera.

Hoy fue un día pesado, señor K. Me acosté con veinte cabrones que casi se parten la madre por mí. ¿Quién no lo haría? No es por dármelas de chingona, pero le diré que tengo las nalgas redondas, herencia de mi madre que las tenía como de actriz de televisión. Las piernas, ni se diga. Duritas como de jugadora de futbol. El cabello negro y largo hasta la cintura. La piel blanquita como leche. Pensará que mi descripción no encaja con la puta que soy, porque son gordas, chimuelas algunas, canosas y la piel marchita.

Soy de otro país y vine a este lugar por accidente, pero ese es otro cantar y no quiero hablar de ello.

Estoy hasta la madre de cansancio. No se imagina lo que es tener veinte cuerpos encima de una. Apenas salía uno y entraba otro. Por eso mi pocilga huele a sudor, semen y cloro. ¡Qué ganas de cambiar de vida, señor K! ¿Pero qué haría con otra que no fuera esta? No sabría.

Aquí en El Babilonia la vida se mueve por las noches, cuando los clientes empiezan a llegar. Quienes vienen en coche, lo dejan en el estacionamiento. Quienes no tienen, vienen en taxi. Entran con pasos seguros, sonrientes, como si entraran a una iglesia. No se detienen en ningún otro bar que no sea este. Los clientes buscan culos redondos como el que me cargo. Vienen directo a El Babilonia porque aquí es donde estoy. Entran, ocupan una mesa y piden tragos. Cervezas, tequila o wiski. Hay cabida para todos y a nadie se le trata mal. Si entre ellos se parten la madre, es asunto de ellos, no nuestro.

Cuando me ven, me invitan un trago, acarician mis piernas y preguntan mi precio. Y aquí me tiene, cogiendo con uno y otro mientras puedan pagar los quinientos pesos. Sí, señor K. Mis clientes y yo somos huérfanos de la felicidad porque estamos desposeídos de toda esperanza.

Con los que me revuelco, están enfermos de soledad. De sentirse los amos del mundo. De esa nostalgia que les carcome el alma. A más de uno he visto llorar sobre las mesas atascadas de botellas de cervezas y luego, más tarde, moquear sobre mí mientras intentan venirse.

Dirá que estoy joven y que puedo hacer otra vida allá afuera. Que aún tengo tiempo de salvarme de este infierno de alcohol, drogas y prostitución. Puede que tenga razón, sin embargo, ¿cómo le hago para levantar el vuelo como esos pájaros que aletean por las mañanas? ¿Cómo le hago para encontrar la alegría? A veces, cuando estoy menos borracha que ahora, recuerdo mi niñez y el odio se me enciende. ¿Cómo podría sonreír si llevo en la piel el jadeo de mi padrastro al venirse dentro de mí, mientras mamá dormía borracha a su lado? ¡No, señor K! La vida, al menos la mía, es una mierda.

Aun así, quisiera sonreír de vez en cuando. Sentirme libre. Pero es una idea pendeja porque apenas miro este tugurio y estos borrachos que son como perros en brama, me resigno a quedarme en este lugar al que llegué por accidente y del que no puedo huir.

Una respuesta a esta carta, me ayudaría como no tiene idea, señor K. No sea malito. No diga que no puede. O que es demasiado santo para fijarse en una como yo que le pide cariño. Unas palabras suyas harán que me sienta tomada en cuenta por el dolor que llevo dentro y no por las nalgas y los pechos.

Ahora debo irme. El fulano empezó a patear la puerta y está mentando madres. Si no abre, será capaz de golpearme y no quiero líos. Soy débil, señor K. Pero qué le hago. Es la vida que me tocó.

Compruebe también

Mundo raro. Mis amigos

Ornán Gómez Señor K, la muerte anda haciendo de las suyas y yo tengo un ...