miércoles , mayo 5 2021
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Réquiem

Gilberto Méndez Espinoza*

Un frío de los mil demonios. Dolor abdominal, huesos espolvoreados, depresión abismal. Me siento en el borde de la cama. Intento escribir en mi diario. No se me ocurre nada. Sollozo como un niño. Nadie parece importarle mi sufrimiento. Comprendo la metamorfosis de Kafka. Todo mutante es extraño. Mi voz se ha vuelto afónica, ríspida. Me planto de cara al espejo, como quien sostiene un secreto ante los ojos inquisidores de su verdugo. Cuerpo flácido, encorvado. Mi sexo es un gorrión abatido en la enramada del silencio; nada ajeno a la figura del indio que ronda, desde siglos, la encrucijada de la miseria. Llegaron a visitarme. Se oye el bullicio. Alguien pronuncia mi nombre. Siento un ligero alivio.

Pronto se van. Ironías de la vida, mi hermano llegó con su esposa por otro asunto. Se van pese a que María los alerta de mi delicada salud. Tan sarcástico y depravado actúa el subconsciente. Llueve. La lluvia refleja sombras rapaces del otro lado de la ventana. María se ha ido. Amo a María. Se lo he dicho. Agradece mis adulaciones, pero se escabulle con otro tema. Sabe que a mi edad y con mis achaques constantes no puedo aspirar a tener una mujer hermosa como ella. Poseo dinero y la sapiencia de Freud, pero me siento más pobre que un mestizo sediento de alcurnia.

Me levanto de la cama y salgo a la calle. Con el abrigo y mi pijama parezco un zombi desterrado del infierno. Una de la mañana, migrantes corren al amparo de la noche. Reflejan miedo en la mirada y, al mismo tiempo, el anhelo de lograr el sueño americano. Algunas mujeres cargan a su hijo en los brazos. Parece que le llevaran una ofrenda a Ixtab, en agradecimiento por haberlas liberado del yugo. Un muchacho, tullido del pie, corre apoyado de su muleta. Continúo mi marcha. Cruzo el campo solitario donde rondan luciérnagas, grillos y renacuajos. Ahora camino entre las calles vulneradas de la ciudad, entre cíclopes fantasmas. Una ola de escalofríos invade mi piel. Fumo un cigarrillo. Respiro la desventura de Abel.  Miro atrás. Todo es confuso. No hallo sosiego ni aquí ni allá. La ciudad es enorme.

Descanso en la banqueta. Fijo la vista en la puerta de una casa y ésta se cierra de golpe, como si se negara a mostrarme los dones secretos del universo. De pronto el bullicio, de pronto nada, salvo el eco discontinuado del ayer. Avanzo. Me queman las entrañas. Llevo el hígado destrozado. Cirrosis hepática. Me consuela saber que a María le heredé mis bienes. Firmé todo a su favor con el Notario; excepto la biblioteca, esa la transfiero para la escuela de un municipio marginado. María vivirá feliz el resto de sus días.

Se oye un lamento en el terreno baldío y nadie repara sino en la risa sarcástica que se le mira como a un producto de importación. Mi piel cuelga por el peso de los años. Mis ojos son un par de canicas resquebrajadas por los golpes del desengaño. Mi entorno es una confabulación de hostilidades, vanaglorias y cursilerías. Llego a lo alto del precipicio. Como un árbol fulminado por el rayo, caigo de bruces. Intento levantarme. Es inútil. Un hilo de sangre escapa en la comisura de mis labios. Todo en mí se encuentra sedado, adormecido.

Gusanos pululan a lo lejos. Sus pasos producen un ruido musical en mis oídos. Se acercan al festín. Quedo, muy quedo, alguien trepa sobre el lomo de mis sueños. Me invade una paz indescriptible. Ubico el resplandor que parece la salida de un túnel. Me incorporo. Antes de perderme, volteo a mis espaldas. Un desconocido vela mi funeral.

  

*Gilberto Méndez Espinoza. Escritor y poeta. San Cristóbal de Las Casas, Chiapas- 1972-. Licenciado en Educación Primaria por la Escuela Normal Lic. Manuel Larráinzar. Director del Colectivo Literario Contrapunto.

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