miércoles , marzo 3 2021
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Mundo Raro.  Plegaria 3

Ornán Gómez/ Contraste Político 

Vine a este bar porque me dijeron que aquí uno se emborracha mejor. No lo sé de cierto, pero supongo que desde que empecé a beber, relámpagos negros estallan a mi alrededor. Más allá, por el rumbo de Guatemala, los cerros se desgajan mientras un corrido suena en la consola de la cantina. Llueve ácido sobre la ciudad y las casas se deshacen mientras un niño llora ante la ausencia de los padres. Más relámpagos estallan mientras bebo un trago de la corona que apenas pedí.

Un cuervo pico afilado aletea sobre mi hombro derecho. Los demás ríen, gritan y mientan madre. Otros lloran, hundidos en su mundo de alquitrán. Fuman y beben. Miran con descargo las nalgas de las meseras. Quisieran lamerlas, morderlas. Babean como perros hambrientos ante un bistec suculento. Pájaros carroñeros frente a un festín de piernas, pechos, nalgas.

Los miro desde mi mesa, en la esquina contraria de donde está la consola. El cuervo salta de un hombro a otro. Pienso en “El cuervo” de Allan Poe y en el mundo lúgubre que habitaba. Lúgubre, mire nomás qué palabrita, señor K. Es más sencillo decir un mundo jodido, atascado de mierda. Pero lo dejemos en lúgubre porque se lee decente.

El cuervo grazna.

Metido en este bar, soy una sombra difuminándose. La muerte que camina entre estos despojos que se atragantan de cerveza corriente.

Bebo otro sorbo que arde como ácido. Tragos de ácido y no mamadas. Ácido para deshacer la oscuridad que hay en mí. Soy un relámpago negro estallando en el silencio. La flecha que atraviesa la sonrisa de un infante, mientras llueve silencio. Amargura de un cielo oscuro surcado por relámpagos negros. Gente buena dirá que soy un adefesio. Hijo de las sombras. De Luzbel que fue echado del paraíso con una caterva de aliados. El llanto amargo de un niño ante el cadáver frío de los padres. Dirán que escribo cosas feas, propias de una mente enferma.

El cuervo grazna más fuerte y clava sus garras en mi piel. No me inmuto. Qué caso tiene. El graznido estalla en el local y la consola se apaga. Los clientes miran de aquí para allá, como buscando algo. Una ráfaga de frío los golpeó. La sangre se les heló en las venas y los labios proyectan horror. Me ven, señor K. Un puto briago vestido de negro que se hace acompañar de un cuervo. Tratan de sonreír, pero sólo les alcanza para una mueca de espanto. ¿Será por el pájaro que no deja de graznar?

Uno a uno vuelve a lo suyo. Carcajadas, gritos, mentadas de madre. Lingotazos de cerveza o tequila. Miradas lascivas. Manoseos a las nalgas de las meseras. Estoy en la iglesia del pecado. Aquí se adora a las nalgas, las piernas, los pechos y el alcohol.

A las primeras cervezas, a muchos se les despierta el deseo. En la entrepierna se les revuelve una serpiente de ojos rojizos que busca una cueva donde ocultarse. Una cueva donde empollar el veneno. Serpiente de fuego que enciende la pasión. Y allá van, a esos cuartuchos donde se revuelcan con la puta en turno. Mordidas, lamidas, embates duros. Quieren mostrar que son ellos los que mandan por el dinero que pagaron para conseguir sexo. Jadeos apagados.

Mientras las camas rechinan bajo el peso de los cuerpos que se consumen con el fuego del pecado, yo bebo otro trago, señor K. ¡Qué delicia es paladear un trago de este infierno! Hace unos momentos me gritaron, ¡Hijo del diablo! Me eché a reír. Me doblé de la risa porque sí, soy hijo de la oscuridad. El hijo del rayo que copula a la noche. Por eso camino con mi cuervo al hombro. Limpia mi camino de buenas personas, santo cuervo. De esas almas que ofrecen buenos deseos, pero una vez que te has ido no quieren saber de ti. ¡Cuervo de ojos rojos y graznido hiriente, sálvame de esas personas!

Pido otra cerveza y la mesera teme acercarse. Le teme al cuervo que está en mi hombro. Más debería temer a las personas que van a misa, me digo mientras bebo directo de la botella. El cuervo grazna y extiende sus alas negras como noche sin luna. Me clava el pico en el hombro como queriendo arrancar un jirón de carne. Lo asusto con la mano y le doy un trago de cerveza. Meto la mano al morral y sacó un pedazo de carne sanguinolenta y se lo tiendo. Se atraganta, señor K. Desgarra, traga y grazna mientras todos beben y ríen y saben que están seguros en este infierno que es mi territorio.

Nadie se imagina que saliendo es cuando aparecerá el verdadero peligro. Por lo pronto pago la cuenta y salgo despacio, mientras la consola se prende y comienza “Cabrón y vago”. El cuervo grazna a modo de despedida. Picotea mi hombro y vuela a la noche donde estallan más relámpagos negros. Nos vemos pronto, le digo como despedida y me pierdo en la noche.

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