viernes , mayo 14 2021
Home / CULTURA / Mundo raro: Navidad en la pandemia

Mundo raro: Navidad en la pandemia

Ornán Gómez/ Contraste Político

El canto agudo del gallo dio forma al silencio, señor K. Las calles solitarias me hicieron recordar que la noche anterior fue navidad. Recordé las publicaciones que algunas personas colgaron en el Facebook. Risas, poses, cenas, música, regalos y árboles de navidad. Algunas imágenes mostraban árboles cubiertos de nieve pese a que en Chiapas no nieva. A lo mucho cae heladas que matan la siembra de los campesinos allá en San Cristóbal de Las Casas o por el rumbo de Motozintla, en la sierra.

Seguro que algunas familias extrañaron el escándalo a su máxima expresión, porque ello —pareciera ser—, es sinónimo de felicidad. Añoraron el tronido de los cohetes y los petardos a la media noche. La luces rojas, amarillas y blancas de las bengalas. Los gritos y las risotadas. El baile a mitad de la calle. La música a todo volumen.

Por mi parte fui feliz como en ninguna navidad. Mis oídos descansaron de los gritos, los petardos, la música a todo volumen y el estampido de los cohetes a la media noche. Me regocijé al saber que Benji no correría de aquí para allá, huyendo de las explosiones y del espanto que les provoca. Gracias a la pandemia, muchas familias celebraron la navidad en silencio. ¡Y qué bueno!

Por eso, como de costumbre, dormí temprano. A las nueve de la noche para ser exactos. Me acosté, cerré los ojos y minutos después estaba soñando. Sólo desperté a eso de la media noche porque algún vecino, insistente en demostrar su alegría, estalló cohetes. Qué insistencia de andar jodiendo. Qué culpa tengo de su alegría. ¿Por qué no pueden ser tantito comprensivos y respetar a quienes dormimos temprano? En vano quise seguir razonando porque al minuto siguiente me quedé dormido.

Mi madre sabe que no celebro navidad. Que no doy regalos. Que no ceno y me duermo temprano. Así que le llamé y le deseé —como todos los días—, alegría y salud. Hicimos bromas y luego nos despedimos. Antes, dejó caer que no le gustaba que pasara solo la noche buena. Mamacita, le dije, la condición natural del ser humano es estar solo. Quien le huye a eso, le huye a la vida, traté de filosofar con ella. ¡Tú y tus pendejadas!, me dijo. ¡Mejor duérmete! Y me mandó una carretada de bendiciones y muchos besos que recibí con amor infinito.

Antes de acostarme, quise leer un cuento de Ansibles, perfiladores y otras máquinas del ingenio de Andrea Chapela. Ya era algo tarde, así que me eché sobre la cama.

Hoy, cuando desperté, fui por café a la cocina y vine a leer los últimos cuentos del libro. Debo decirle que desde el primer cuento titulado “90% real” no solté el libro porque es ciencia ficción, tema que me fascina. Diez cuentos que son una bomba en la imaginación del lector. Digo que me fascinaron porque se relacionan con De dioses a animales y Homo Deus de Yuval Noah Harari que recién leí y que, a mi parecer, abonan al tema de los cuentos de Chapela.

El primero, desde una perspectiva de la evolución, narra la historia del hombre desde que descendió del árbol hasta convertirse en el dios de la ciencia y la tecnología. El segundo es una idea sobre el futuro que le depara a la humanidad en un contexto de ciencia, nanotecnología, biotecnología e inteligencia artificial. Gracias a ello, esboza el autor, el hombre podría vencer a la muerte.

Los cuentos de Andrea Chapela van sobre ello. El ser humano desarrolla la ciencia hasta límites impensables que, en un abrir y cerrar de ojos, el ser humano podría cambiar de órganos como cambiarse de zapatos, y rejuvenecer cada ciento de años. Además, podría importar su memoria y recuerdos al sistema digital, así como hoy se comparten ideas, emociones e imágenes en Facebook. Gracias a los algoritmos que el sistema de internet maneja, sería capaz de conocernos mejor que de lo que uno cree conocerse.

Cuando terminé de leer el libro, me asomé a la calle. Perros famélicos iban de aquí para allá y las casas estaban selladas a cal y canto. Suspiré y sonreí para mis adentros. Gracias a la pandemia, pasé una noche tranquila y así seguiría el resto del día.

Justo cuando sentí deseos de otra taza de café, empezó a caer una lluvia fina. Cerré la puerta y entré.

Compruebe también

Mariscela Z. Yatzil: Del pasado me declaro culpable

Mariscela Z. Yatzil: Nació en el Veladero, Jalisco. Desde muy pequeña radica en Los Ángeles, ...