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“Gotas elípticas”: Un buen pretexto para armonizar en el seno del hogar

Silvia Mallea

San Cristóbal de las Casas.-El pasado sábado 30 de enero se llevó a cabo, con las medidas necesarias de sanidad, la presentación del libro “Gotas elípticas” del poeta Gilberto Méndez Espinoza, en la ciudad de San Cristóbal de Las Casas, Chiapas. El abogado y escritor Misael García Consuegra abrió el evento dando la bienvenida al público y a los presentadores, el Maestro y activista político Ranulfo Ruíz Pérez y el artista y poeta Arbey Rivera.

Ante un recinto acaparado por amigos, familiares y personas afines a la literatura, inició el evento donde se leyó parte de la obra cuentística del también promotor cultural Gilberto Méndez Espinoza. Se destacó la importancia de fomentar el hábito por la lectura a partir de textos breves, principalmente en estos tiempos de confinamiento: “Leer a los hijos es buen pretexto para armonizar en el seno del hogar, porque permite recuperar el valor de la comunicación que se ha perdido por la incursión de la tecnología en nuestro quehacer cotidiano”.

A una de las preguntas del público al poeta laureado, respondió que le dedica de cuatro a seis horas diarias de escritura y tres horas de lectura. Entonces nos participó su afán por ver publicada, para este año, su novela que será el parteaguas en su incursión como novelista. Finalmente, agradeció a su familia que se involucró en la organización del evento, a sus presentadores y al público por su asistencia y acompañamiento.  Compartimos tres textos del libro Gotas elípticas.

 

ILUSIÓN

El niño se sentó en la mesa de tareas escolares. En una hoja blanca hizo un dibujo idéntico al dragón de juguete que su padre le había regalado en ocasión de su cumpleaños. Permaneció serio y pensativo ante el dibujo. Quizá le pareció insignificante y sin vida. Luego, una sonrisa resplandeció  su cara. Se dibujó sobre el dragón y comenzó a volar.

 

UN ROMÁNTICO Y DUDOSO BONACHÓN 

A todos los niños nos gusta porque es la más guapa del salón. Nos atrae su cabello a la altura del hombro, sus labios pronunciados y sus ojos de una dulzura como la miel.  Además de inteligente, es simpática y no se cree como algunas niñas que por llegar bien vestiditas, les da por presumir sus aires de princesa. Incluso, a veces, juega con nosotros y no le hace gestos a nadie. Los niños ya se dieron cuenta de mis constantes suspiros por ella. Hace un momento, observaron  que me quedé mirándola fijamente apoyado sobre el pupitre; y como ella me guiñó el ojo, comenzaron a corear que nos gustamos. Yo me puse rojo como un tomate, y me tapé los oídos con mi cuaderno, para no oír la burla que me cohibía más de lo que soy.  Pero, pensándolo bien,  para que se burlen con justa razón, me arriesgaré a conquistarla. Es más, hoy mismo le invitaré un refresco y una torta a la hora del recreo; le  escribiré un acróstico con su nombre y se lo daré en un sobre sellado con un corazón. Mañana, le daré un ramo de rosas y unos suculentos chocolates. Para convencerla, haré la tarea todos los días y participaré más en la clase. Aparte, le diré que soy un hombre independiente, responsable y cariñoso y que los juegos de niños son cosa del pasado para mí. Es más, si me pidiera que baje de peso, a cambio de corresponder a mis insinuaciones, inmediatamente me pongo a dieta y empiezo a hacer ejercicio; al cabo, en mi casa hay un par de mancuernas de un kilo y una bicicleta estacionaria que mamá compró y sólo las ha usado una vez. Pero, si le declaro mi amor, respondería con una frase como “sácate esa idea de la cabeza”. Y, probablemente, el golpe de su desprecio me provocaría un infarto. Aún, si fuera obvio su rechazo, insistiría porque es la más atractiva de la escuela. Sin embargo, un detalle me detiene. Aunque no me importa lo que opinen los demás, no creo que se vea bien que un alumno de quinto grado ande acaramelado y de la mano con la maestra de su salón.

 

COVID-19

  —A mí se me hace que adoptan otra enfermedad y la hacen parecer que es el Coronavirus. Hoy por la mañana, vi a unos muchachos corriendo por el boulevard, muchedumbre abarrotando el mercado y una peregrinación multitudinaria de religiosos dirigiéndose a la iglesia, y qué, ¿ya se contagiaron del virus? No. Si el virus estuviera en el aire o se impregnara, quienes usan los cajeros ya se hubieran enfermado, porque son largas filas de usuarios que acuden en el banco. El chofer de la combi, que constantemente cobra a los pasajeros, puede contagiarse con alguna persona infectada, con eso de que muchos no usan gel antibacterial ni se cubren la boca y se saludan de mano. A mí se me hace que es puro teatro creado por los capitalistas y los gobiernos del primer mundo, para sembrar incertidumbre. Si te das cuenta, los gobiernos parecen no importarles las necesidades ni la tranquilidad de la gente. Mira que cerrar los negocios y tomar medidas exageradas. Hay males de mayor riesgo que el Coronavirus, como el cáncer, la diabetes y el colesterol. ¿Y por qué el gobierno no ha instruido órdenes para cerrar las empresas que elaboran productos tóxicos o dañinos para el organismo? ¡Ja!, la presidenta municipal, con una despensita a las personas más vulnerables cree que ya resolvió su deplorable situación.

—Es por la corrupción, mamá; tú lo has dicho.

—Exacto, hijo. Tan así las cosas, que ahora no quiero escuchar la radio, porque todo el día están con su “quédateencasa”, ya me tiene aturdida con esos mensajes abrumadores; hasta miedo da ir al mercado por la comida. Lo que sí me conmueve y me agrada, es que las calles, las veces que he salido, las veo limpias; igual que los ríos, ahora lucen cristalinos; y los mares parecen contaminarse menos. No sé si es porque la primavera llegó, pero en la mañana oí a los pájaros picotear el pan que tu padre les trituró en la lámina. De seguir así, nuestra economía irá a pique, pero la naturaleza, nuestro planeta, nos lo agradecerá.

—Y tú, ¿tomas en serio lo del Coronavirus?

—Mmm, no sé. No he visto evidencias, testimonios claros de los supuestos infectados por ese virus.

—Sí lo tomas en serio.

—¿Por qué lo dices?

—Porque tú y papá duermen en cuartos separados.

—Ejem, este…Sí, sí creo que podría afectarnos severamente.

—¿Desde cuándo?

—Desde el inicio de la cuarentena.

—Pero la cuarentena apenas acaba de iniciar, y  papá, uuuh, ya tiene que duerme aparte.

—Mmm. Bueno, ya fue suficiente de tantas explicaciones.

—Si tú lo dices.

—Es tarde…

—¿Sabes de dónde surgió el Coronavirus, má?

—El Coronavirus surgió de un país oriental, se propagó a lo ancho de todo el mundo y ahora recorre las calles, buscando un lugar para seguir reproduciéndose; principalmente, busca cuerpos con autoestima y defensas bajas. No es dañino por sí solo, pero si se une con otros gérmenes de su misma especie, puede ser mortal y hasta podría acabar con tu vida. Deberías saber que nadie es inmune a las enfermedades, menos ante este caso tan complejo. Así que, desde hoy, nada de saludo de mano, ni beso en la mejilla, lo siento. Buenas noches, hijo. A dormir.

—Hasta mañana, má.

Paquito, con el oso de peluche entre sus brazos, marchó hacia su cuarto. Una hora después, en su cama, meditaba sobre la forma que tendría ese virus tan divulgado en los medios informativos y entre su misma familia. Sentimientos de impotencia y coraje se apoderaron de él. Una idea se le fijó en la mente. Su corazón latía apresurado, y movía los dedos, lleno de impaciencia. Decidido, se paró frente al espejo y frunció el ceño, creyéndose un personaje rudo y malencarado. Notó que le faltaba algo para sentirse poderoso, y desvió la mirada hacia el perchero. Ahí estaban la máscara y la capa del Santo que su padre le comprara durante un evento en el Coliseo. No lo dudó más, amarró la capa en su cuello y se puso la máscara. Entonces sí que reflejaba en el espejo a un personaje valiente y poderoso. Pasó en su mente combatir a esas minúsculas ponzoñas. Se colocó en posición de ataque y se imaginó triturando a uno que acechaba entre las ramas del árbol plantado a pocos metros de su casa. Si mato a uno, automáticamente se eliminarán los demás, pensó, como si se enfrentara a seres inanimados. Caminó de puntillas hacia la ventana y, de un salto, llegó al patio de la casa. Apenas daba sus primeros pasos en posición de alerta, rumbo al portón de la calle, cuando el frío lo hizo volver a la realidad. Del portón a los extremos, la casa estaba cubierta por una barda de concreto y barrotes de hierro, y podía ver lo que sucedía en la calle. Entre la oscuridad percibió la silueta de un policía que rondaba la zona. Entonces, Paquito se quedó quieto como una estatua. La ciudad se había declarado en toque de queda y nadie debía salir de su casa a partir de las seis de la tarde. El perro que se guarecía en su casita, al verlo, le ladró, corrió hacia él y comenzaron a jugar. En ese momento, Paquito se había olvidado de su objetivo principal. Como ya era tarde, temió que sus padres lo vieran en el patio y lo reprendieran y regresó a su cuarto. En su cama, antes de conciliar el sueño, se preguntó: ¿Y si el policía es el portador del virus? ¡Bah!, el Coronavirus no es un caso mío. Eso lo debería resolver el Santo, Batman o Gokú.

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