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Mundo raro. ¡A correr que la vida se va a terminar!

Ornán Gómez

Tenía que hacer un poco de ejercicio, pero no tuve ganas, señor K. Raro porque siempre despierto de buen humor. Sin embargo, anoche me sentí indispuesto. Dolor en el pecho y tos seca. ¡Ya te cargó el payaso, hijo de la mala vida!, podría pensar. Se te metió el bicho. Ahora vas a retorcerte como gusano en comal ardiente. Te lo advertí. Escucho sus regaños desde aquí. Su voz fuerte, metálica. Te dije que usaras cubre bocas. Que te pusieras gel. Que no saludaras a nadie. Es más, que no miraras a nadie. Que te pusieras un traje de plástico porque el bicho anda como león rugiente buscando a quién devorar. ¿Ahora quién chingados me escribirá cartas? ¿Quién alegrará mi corazón cansado los lunes? ¿A quién dedicaré mis pensamientos? ¿A quién, hijo de la gran chingada voy a putear? El bicho no se anda con chingaderas. Mata, o te deja “chafirete” como dijera el secretario de salud aquí en Chiapas.

Sigo con algo de tos, señor K. Aún así, sorbo tragos de café humeante. Llevo dos tazas. La casa huele a café recién hecho. Con que gusto le invitaría una tacita para callarle la boca. ¡No se espante! Le explico por qué ando así. ¡No me expliques nada, niño de la mala vida!, me refutaría. Es el puto bicho que te tiene así. ¿Cómo te explicas que no estés en chinga con las lagartijas y sentadillas como acostumbras? No eres de los que duermen por las tardes y, últimamente, te caes de sueño. Además, tienes esa opresión en el pecho. Ese golpeteó en el lado del corazón como picotazos de cuervo. ¡Cabrón, hijo de la chingada! ¡Cuántas veces te he dicho que bebas tecitos! Que hagas ejercicios de cardio. Que no abuses del café. Que cuides tu alimentación. Y no me digas que estoy alucinando. Que estoy viejo y por eso te digo estas cosas.  ¿Cómo explicas que los brazos se te entuman, así como así?

Hace calor, señor K. Ayer por la tarde, después de la siesta, que nunca hago, salí con Eduardo, Ximena y el Benji. Fuimos a la canchita. Ellos platicando y riendo y yo arrastrando mi humanidad. Dolores en las piernas. Las nalgas. La espalda. Los brazos entumecidos. La opresión en el pecho. La mirada cuarteada. Les propuse que corriéramos.

Cuando llegamos a la cancha, el corazón quería salirse por mi boca. Les sugerí dar vueltas. Le dimos cinco. Despacio. Inhalando por la nariz y exhalando por la boca. Pasos cortitos, bien plantados. Ximena y Eduardo jalaban aire con la boca. Pensé que, en ese momento, sus corazoncitos eran como colibríes aleteando frente a una flor.

Empecé a sudar. La sangre se me calentó y el corazón me latió con mas fuerza. Empezaba a recuperarme. Mis hijos y el perro ya no quisieron correr. Les propuse jugáramos a las atrapadillas y allá fuimos. A correr que la vida se va a terminar. Mis hijos gritaban felices porque yo era un lobo obeso y calvo. Iba tras ellos que eran borreguitos gordos y jugosos. Los atrapé en la segunda vuelta. Nos detuvimos a jalar aire y a secarnos el sudor que nos escurría por la frente. Más allá, en el horizonte, se veían relámpagos y un viento helado se soltó de alguna parte. Sentí el fuetazo en la espalda. El frío estrellándose contra el calor de mi cuerpo. Tosí. No le di importancia y seguimos corriendo. Más sudor y más gritos y más frío.

Ya me cansé, papá, dijo Eduardo, en tanto Ximena estaba sobre el pasto jalando aire. Me reí de ellos. Nos abrazamos. ¡Qué felicidad, señor K! Vámonos, propuso Ximena. Pero lo haremos corriendo. Así lo hicimos hasta que llegamos a la casa. Los despedí en la puerta con abrazos y la promesa de que al día siguiente correríamos de nuevo.

Volví a toser, pero no hice caso. Si hubiera sido consiente, me hubiera puesto un suéter. El aire era frío y yo andaba con playera y sudoroso. Decidí cortarme el cabello y volví a salir de casa. El aire estaba más frío y empecé a tiritar. Llegué con el peluquero que no tenía espacio. Yo sentía un glaciar en la espalda. Me despedí y a esa hora sentí que las cosas no marchaban bien. Ya estaba afónico, señor K. Tenía el frío en los huesos. Volví a casa y me puse una chamarra, bufanda, gorro y me en cobijé mientras mi cuerpo temblaba.

Si sabes que ya no eres un adolescente, ¿por qué chingados sigues viviendo como si lo fueras? No tienes el bicho, pero pescaste un resfriado. Sabes que eres sensible al frío. Que no puedes exponerte mucho tiempo a él, porque luego te andas muriendo. Pero sigues haciendo lo que tus chingadas ganas mandan. Ahora ve a comprarte un paquete de té. Lo bebes a cada ratito para que te pongas bien. Lo haré, señor K. Iré a la tienda y compraré té de manzanilla. Pero eso será después de que termine con la ropa que está en la lavadora. Es sábado y me toca lavar. Luego me bañaré con agua fría e iré por el té. ¿Qué? ¿Con agua fría? No entiendes, ¡chamaco hijo de la mala vida! Báñate con agua caliente. No me gusta, señor K.

Ya no tengo calor. El aire de este sábado es fresco y yo lo acompaño con café caliente y con The river de Bruce Springsteen:

“Mary y yo nos conocimos en el instituto, cuando ella tenía diecisiete años, conducíamos lejos de este valle, hasta llegar a los campos verdes, bajabamos hasta el río, y en el río nos zambullíamos, oh… junto al río hicimos el amor”, y es cuando recuerdo a quien fuera mi primera novia.

Pero eso, señor K, será otra historia.

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