JALAPA (CONTRASTE POLÍTICO).-“¡No, no me voy!”, soltó Javier May Rodríguez mientras la gente trataba de despedirlo en la cancha techada de Aquiles Serdán, en Jalapa. El murmullo de la comunidad se detuvo unos segundos, como si nadie esperara que el gobernador, apretado por una agenda que empezaba antes del amanecer, tuviera todavía tiempo para un “ratito más”.
Esa mañana había iniciado a las seis, en la Mesa de Seguridad. De ahí, directo al poblado para encabezar la Jornada de Atención. Pero el ritmo no parecía agotarlo: escuchaba peticiones, tomaba notas, preguntaba, respondía. Dos horas después, ya sobre la calle principal, un grupo de vecinos volvió a despedirlo con la mano. Él giró el rostro y con una sonrisa aclaró: “Voy a la escuela, ahorita nos vemos”.

El trayecto hacia la primaria Profesor Sireno Flota Bocanegra olía a humo de carbón. En la esquina, tres generaciones de mujeres —la abuela, la madre y la hija— preparaban tacos de asada para quienes acudieron por una silla de ruedas nueva, unos lentes o plantas para sembrar.
“Ahorita regreso, ¡preparen los tacos!”, les gritó el mandatario al doblar la esquina.
“¡Aquí lo esperamos, señor Gobernador!”, respondieron ellas, entre risas y humo.
La visita a la escuela no estaba en la agenda. Aun así, cuando la directora lo invitó durante la Jornada, May no titubeó. Los niños rompieron filas para recibirlo, extendiendo los brazos como si estuvieran esperando a un familiar. El recorrido por baños, salones, huerto y cocina lo hizo lento, observando, preguntando, escuchando a las madres que preparaban alimentos para casi 100 alumnos. Antes de irse, señaló los levantamientos técnicos recién realizados y prometió regresar para dar mantenimiento.

Pero la jornada no terminaba ahí. Faltaba lo que nadie esperaba: una visita espontánea a la Comunidad de Aprendizaje Campesino Manantial de Vida. A 20 kilómetros de Aquiles Serdán, en una zona de tierra roja y fresca, 27 sembradores esperaban. No había ceremonia ni escenario; solo un vivero ordenado bajo malla sombra y miles de plantas de cacao listas para la tierra.
“¿Cuántos son? ¿Qué van a sembrar? ¿Dónde están los técnicos?”, preguntó apenas bajó del vehículo. Caminó entre los surcos derechos, escuchó a Vianey Narváez explicar que tenían cinco mil plantas destinadas al ejido San Miguel, y empezó a hacer cuentas con los campesinos: cuánto vale una parcela sembrada, cuánto puede generar un árbol maderable, cuánto mejora la economía familiar con una cosecha sana.
Luego soltó, con el tono de quien recuerda un agravio colectivo:
“Antes nos aplicaban la ley de San Garabato: compro caro y vendo barato”.
La frase desató una risa unánime, de las que nacen de la experiencia compartida. Pero el fondo era serio: esa época, les aseguró, ya quedó atrás.
Les habló también de una gestión con la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, para comercializar productos tabasqueños en programas de abasto popular. Era una noticia esperanzadora para quienes viven del cultivo y luchan por vender sin intermediarios.
Entre los sembradores estaba Ana Laura Array Junco, jalapaneca que antes era ama de casa y que hoy trabaja su parcela sembrando cacao, limón, naranja agria y yuca.
“Yo no tenía idea de todo el trabajo que hay en la siembra —contó—. Esto nos ayuda porque es un ingreso, pero también porque recupera la tierra”.
El sol caía cuando el gobernador se despidió de la comunidad. No había protocolo ni prensa masiva, solo campesinos, plantas y la certeza de que alguien se detuvo a escucharlos. A veces, la diferencia no está en los grandes anuncios, sino en esos momentos en los que un gobernante decide —literalmente— no irse.
Porque hay días en los que la agenda no manda.
Manda la gente.







