#MundoRaro Noche con lluvia
Ornán Gómez

#SeñorK, ayer por la tarde llovió. Primero se desató un fuerte ventarrón que alborotó las ramas de los árboles del bosque. Los pájaros volaron para guarecerse en árboles más frondosos, en tanto los gallos empezaron a cantar de espanto, o quizá de alegría por la lluvia.

El cielo, minutos antes de la ventolera, empezó a nublarse y luego se escuchó un trueno que cimbró ventanas y paredes de la casa. Lloverá, pensé. Sin embargo, no creí que fuera a pasar porque estamos a inicios de abril y el tiempo, conforme pasan los años, es menos predecible. Aún así, cerré las ventanas y corrí las cortinas para que no fuera a meterse el agua.

Minutos después las gotas de lluvia empezaron a estrellarse contra el cristal de las ventanas. La lluvia estaba acompañada de más viento que se arremolinaba en los troncos de los árboles. Me asusté un poco porque en esta ciudad han pasado trombas.

Descorrí las cortinas y miré. Los árboles se doblaban con humildad ante la furia del viento que era como una manaza invisible, en tanto la lluvia se desparramaba pareja sobre la ciudad dándole un toque lúgubre.

Frente a la ventana, mirando la lluvia, tuve deseos de estar en la selva, entre la espesura de los árboles. Me transporté a orillas del río Lacanjá, y contemplé ese espectáculo de tranquilidad. Sonreí al darme cuenta que la lluvia era capaz de transportarme muy lejos de aquella ventana. Es por el encierro, me dije. Por eso ando imaginando cosas.

Caminé a la cocina y preparé café. Ya sabe que me fascina ver la lluvia bebiendo café. Mientras bebía, pensé que usted haría lo mismo. Seguro que después de contemplar la lluvia cayendo sobre la ciudad, fue por café o una copa de vino.

Recordé una tarde en que estuve en un pueblo muy lejano de esta ciudad. Apenas me instalé en el único hotel del lugar, cayó una tormenta acompañada de truenos. Salí al balcón para mirar con atención, y descubrí a una mujer de piel morena, labios delgados y silenciosos como una paloma a mitad de un bosque.

Nos saludamos y quedamos mirando la lluvia. La recuerdo frente a una ventana amplia, mirando con atención cómo el viento movía de aquí para allá la tela que formaba la lluvia. Sus ojos negros miraban al horizonte surcado por cerros ondulantes, pero su pensamiento estaba quién sabía dónde. Me dieron ganas de abrazarla. De acariciarle el cabello negro, largo hasta la cintura.

De ser parte de aquella nostalgia que proyectaba su mirada. Pero me quedé a su lado, mirando el chubasco. Esto me recuerda mi niñez, le dije. Y al decirlo recordé que le temía a las tormentas. En Tuxtla llovía con truenos y, en cosa de minutos, teníamos las calles inundadas. Los truenos cimbraban la tierra y yo iba esconderme entre las cobijas de la cama.

Quise decirle eso, pero me quedé callado. Y en nuestro silencio se estableció una complicidad porque ambos, creo, deseamos decirnos que a esas alturas la lluvia nos resultaba demasiado poético porque nos despertaban recuerdos. La recuerdo, señor K.

Era alta y tenía el cabello negro como noche sin estrella. Sus ojos grandes y luminosos eran laberintos donde cualquiera querría perderse. Frente aquel ventanal, con la lluvia salpicando nuestros rostros, quise enamorarme de ella. Entregarle mi vida. Pero nos quedamos en silencio. Ella pensando en quién sabe qué, y yo pensando en ella. Una mujer de piernas torneadas y de mirada tierna, señor K.

Cuando terminó de llover, en el ambiente había un aroma a tierra mojada y el pueblo era como un pájaro con las alas plegadas. Es todo un espectáculo ver la lluvia, dijo ella saliendo de su ensimismamiento. Sí, es poético. Y es que con lluvia dan ganas de enamorarse. De conversar y reír. De preparar café y beberlo mientras uno se queda mirando al horizonte, porque allí están los recuerdos que nos hacen sentir plenos. Dan ganas de besar, claro que sí. De recibir un abrazo fuerte y que nos hagan sentir únicos.

Y justo ahora que llovía, recordé aquella muchacha de caderas ondulantes. Con la que coincidí en aquel pueblo y con quien platiqué frente a un ventanal donde la lluvia nos salpicaba. En un pueblo de calles solitarias por donde ella y yo caminamos en busca de café, hasta que lo encontramos en un local de productos orgánicos. Y ella se quedó en ese tiempo, señor K. La mujer de los ojos negros habita en ese instante dentro de mis pensamientos.

Después de beber la taza de café, fui a la sala y me puse a leer Mac y su contratiempo, novela del español Enrique Vila-Matas. ¡Qué delicia leer con lluvia!, señor K. Y más si se acompaña con café. Después de leer un párrafo, uno se queda contemplando el sonido de la lluvia al estrellarse contra el piso.

Eso pasó conmigo, señor K.

Después de leer, me fui a la habitación, abrí la ventana y cerré los ojos. Tuve la fortuna, señor K, de soñar con la muchacha de ojos negros como noche sin estrella.

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