#MundoRaro  Ruidos
Ornán Gómez/Contraste Político

#SeñorK:

Me despierta el sonido de las cucharas que caen al piso. Abro los ojos y me quedo atento, en espera de otro movimiento. ¿Será el gato? Recuerdo que no tengo. ¿Un ratón? ¿Se habrá metido alguien y está robando mis cucharas y tenedores? Miro a la ventana porque los perros gruñen allá afuera en la oscuridad, y un pájaro nocturno canta con una especie de silbido.

Cuando me acosté a las nueve de la noche, sentí que había alguien en la sala. Lo imaginé recostado en mi sillón favorito. Luego caminando de puntitas a mi habitación. Me revolví sobre la cama. Seguro que desde la puerta observaba mis movimientos. Cerré los ojos y pensé en mis hijos. En mis amigos. En los libros que he leído estos días. Poco a poco me fui quedando dormido, y en cosas de minutos estaba en ese mundo que es el sueño profundo.

Otro sonido me saca de mis pensamientos. Ahora es una sartén que golpea contra el lavabo. Me despabilo y pienso que la noche es como una mano cerrándose a mi alrededor.

Enciendo la luz y me siento en el borde de la cama en espera de más ruidos, pero todo está en silencio. Sólo el viento se mueve allá afuera. A veces golpea la ventana y produce un ruido como de una mano que quisiera abrirla. También sucede que algunos bichos se estrellan contra el cristal y producen un golpe seco. A mi lado está Los diarios de Emilio Renzi, un día en la vida que es el libro que estoy leyendo. Antes los dejaba en una mesita, cerca de mi mano. Pero hace días que cambié de costumbre. Ahora los acomodo a mi lado, sobre la cama. Pienso que son una especie de amuleto que me protegen. Además, cuando despierto, lo tomo y continúo leyendo. Ahora está allí, inmóvil como un ente que cobrará vida en cualquier momento.

Inhalo y mantengo el aire. Quiero oxigenar mi cerebro para despejarlo del sueño. El silencio que envuelve la casa espanta, y más a esta hora. No tengo manera de ver la hora porque el reloj está en la sala y el teléfono está apagado. Exhalo.

Vuelvo a inhalar porque leí que levantarse de golpe puede llevarnos al desmayo, si no es que a la muerte por la falta de irrigación de sangre al cerebro. Cierto o no, me gusta hacerlo.

Justo cuando exhalo, un libro cae del estante. Es un golpe seco. Maldigo entre dientes porque los cuido. Me calzo las sandalias y me levanto. Abro la puerta de la habitación, y la oscuridad del pasillo que lleva a la sala se estrella en mis ojos. Justo cuando doy el primer paso escucho, se cierra la puerta del refrigerador en la cocina. El escalofrío me paraliza y hace que todos mis vellos se ericen.

No sé por qué, pero se me antoja un cigarrillo. Antes, cuando fumaba, lo hacía en la madrugada.

Camino a la sala. Enciendo las luces y voy a la cocina. Todo está en orden, como lo dejara horas atrás. Los trastos limpios y acomodados. Abro el refrigerador, pero todo está bien. Para cerciorarme reviso las ventanas. Quizá el aire es el culpable de los ruidos. Pero están cerradas. Apago la luz y vuelvo a la sala. Reviso los muebles con los libros y busco el que se cayera, pero no hay ninguno. El reloj marca la una de la madrugada. Reviso las ventanas, pero están cerradas. Ni por dónde se cuele el aire, pienso.

Suspiro y pienso en Emilio Renzi. Casi termino de leer el último de sus diarios y estoy siendo testigo de su aniquilación. Ser escritor de su talla requiere valor y fortaleza, pienso. Lo hago para olvidarme de los ruidos. Dedicó su vida a la literatura y vivió de ella. Leerlo me ha enseñado a leer de otra manera, digo y apago la luz.

Mientras camino a la habitación imagino una sonrisita pícara a mi espalda. Los vellos del cuerpo se me erizan y siento un escalofrío. Recuerdo que alguien me dijo que en momentos así, hay que mentar madre.

Sonrío al imaginarme gritando mentadas de madres a la una de la madrugada. Mis vecinos pensarían que me puse briago y llamarían a los policías para que me calmen o me lleven detenido por alterar la paz. Camino con resolución a mi habitación y contemplo mi cama. Me imagino acostado mientras me observo desde la puerta. Doy vueltas porque mi cuerpo siente que alguien lo observa. Abro los ojos y miro hacia allá. Nuestras miradas se topan y despierto. ¡Qué pendejo! ¡Mira que pensar estas tonterías!

Justo empiezo a acostarme cuando escucho un golpe en el refrigerador. Me pongo de pie de un brinco. Corro a la sala y enciendo la luz. Vuelo a la cocina, pero no hay nada. El refrigerador aún se mueve. Cuando lo detengo, la puerta de mi habitación se cierra con un golpe seco. Corro hacia allá y, en efecto, la puerta está cerrada. El sudor escurre por mi cuerpo y el corazón quiere salirse por mi boca. ¿Qué me estará pasando?, pienso y abro la puerta.