#MundoRaro
Te amo, papi
Ornán Gómez/CONTRASTE POLÍTICO.

¿Te harás viejito?, preguntó Ximena, señor K. Sí, y también tú. Pero yo no quiero, me reprochó triste. No quiero que te hagas viejito porque después te vas a morir. ¿También vas a morirte? Sí, y también tú. Mi pequeña se quedó mirando a la pared y luego de unos segundos, haciendo pucheros, dijo que no quería. Quiero que vivas para siempre, dijo y me abrazó. Trataré de hacerlo, pensé.

Propuso que jugáramos.

Seré la maestra y tú un alumno al que le roban sus cosas. Maestra, me robaron mi lápiz, me quejé. ¿Quién?, preguntó enfadada. Él, señalé al piso. ¡Ajá! ¿Otra vez tú? ¡Niño rebelde! ¡Qué carácter!, medité. Ximena, señalando con el índice, indicó que el niño invisible debería irse de la clase.

Después me tendió un lápiz imaginario. Ten. Ya no estés triste, y me acarició la cabeza. ¡Qué maravilla de maestra! Recordé que, en primaria, los profesores me jalaban las orejas o me mandaban fuera del salón porque no ponía atención. Una ocasión el maestro José me jaló de las patillas e intentó levantarme de la silla. A partir de ahí fui como un animalito asustadizo por cualquier movimiento del maestro.

¿Acaso mi pequeña veía eso en la escuela?

Mientras ella seguía buscando algunos otros útiles que me robaran los niños imaginarios de la clase, yo pensé en sus preguntas. ¿Por qué los habría hecho? Recuerdo que de pequeño me abrazaba a mi madre para decirle que la quería siempre conmigo. Que era la seguridad para mis temores. Que, sin ella, el mundo era un lugar de espanto. Y me apretaba más fuerte a su cuerpo.

En una oportunidad pedí permiso a la maestra Ximena para ir al baño. Dentro, me quedé mirando al espejo. ¿Te harás viejito?, recordé la pregunta de mi hija. El espejo reflejó mis ojeras, el cabello corto, la mirada atenta, los lunares y las cicatrices que atraviesan mi cara. Ya no tengo veinte años, pensé.

Estoy envejeciendo. ¿Alcanzaré ver a mis hijos en la universidad? ¿Los veré de la mano de la novia o el novio? Mentalmente saqué cuentas. Eduardo once años y Ximena casi cinco. Pensé en el futuro. ¿Cómo serán?

Cerré los ojos y dejé que la segunda pregunta de mi hija hiciera eco en mí. ¿Vas a morirte? Apreté los ojos como queriendo negar lo real de la pregunta. ¿Te vas a morir?, resonó la voz de mi pequeña en mi mente. ¿Qué significaba morirse para ella? Dejé que el silencio inundara la casa. Sólo se oía el movimiento de Ximena caminando de aquí para allá, acomodando cuadernos y hojas que su alumno dejó mientras iba al baño.

Todo seguiría su curso, pensé. La única diferencia es que yo no estaré aquí. Mis hijos seguirían creciendo y el mundo seguirá dando vueltas. Otros nacerán y otros tantos morirán. La ciencia seguiría avanzando al grado de que los seres humanos prescindirán de las relaciones sexuales para procrear hijos. Estos serán resultados de la alteración genética en laboratorios donde se producirían seres humanos como hoy en día se produce pollo.

Me lavé la cara y volví al salón de clases. ¿Por qué tardaste tanto?, dijo la maestra molesta. Estaba jugando con agua. ¡Qué sea la última vez! Empezó a reírse. Mi pequeña es una pícara, pensé mientras se acomodaba el cabello.

Ya no quiero jugar de maestra, ahora vamos a pelear. ¿Qué? Se me fue encima con los puños cerrados. Cuando quise abrazarla, sentí el puñetazo en la panza. ¡Defiéndete!, gritó. No tuve opción y la aventé a la cama, donde empezó a carcajearse. Se levantó saltando como un boxeador que entra al cuadrilátero con deseos de noquear a su adversario en el primer asalto. ¡Agárrate!, dijo y me tiró un par de patadas voladoras.

Después de golpearme hasta por debajo de la lengua, dijo que ya no quería pelear, sino dibujar. Me pidió le pegara un papel en la pared y le tendiera un lápiz. Cierra tus ojos que es sorpresa. Lo hice porque, de lo contrario, podría aplicarme piquetes de ojos.

Cuando la miré dibujando, chiquita y el cabello largo sobre la espalda, sentí una ráfaga de ternura de los pies a la cabeza. Me acerqué para abrazarla, pero al momento dijo: ¡Nada de abrir los ojos! Pero quiero abrazarte, repliqué. Nada. Estoy dibujando.

Oye, insistí. Por qué preguntaste eso. ¿Qué cosa?, replicó. Eso de que me haré viejito y que moriré. ¿Yo? ¿A qué horas? Hace rato, cuando llegaste. ¡Guarda silencio que me desconcentras!, ordenó. ¡No ves que estoy dibujando! Perdón, susurré.

Cerré los ojos en espera de que me indicara que ya podía ver el dibujo. Mientras ella pintaba, yo pensé en lo catastrófico de mi pensamiento ante una pregunta inocente de mi pequeña. Abrí los ojos y la miré: seguía entretenida en el dibujo. La abracé con el pensamiento y me sentí dichoso por tenerla. Ella se dio la vuelta y vino a abrazarme. Te amo, papi, dijo. Y este es tu regalo, señaló el dibujo.