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¡CHAMACOS!

Gilberto Méndez Espinoza*

Como cada tarde, los tres hermanos alegres y extrovertidos  que viven al norte del pueblo Las Granadas, donde las calles son de terracería y las familias se abastecen del agua de sus pozos, platicaban con unos amigos en el parque. Esa  tarde, los tres hermanos con un año de edad de diferencia uno del otro, sin despedirse y sin previo aviso, se retiraron del lugar. Sólo bastó que el mayor de ellos consultara su reloj y con un ligero movimiento de cabeza les anunciara que partieran de ahí.

Habrían de llegar al puente montado con gruesos tubos de hierro, ubicado a ochocientos metros, justo rumbo a su casa. Avanzarían rápido, pero sin correr. Venían ocupando lo ancho de la avenida principal  de aquel pueblo. Se empujaban con el hombro accidentalmente y, como  eran fuertes y toscos, no cedían ni suspendían la caminata. La meta era aquel puente viejo.

Resultaba curioso verlos avanzar porque meneaban las caderas de forma exagerada. Un niño los vio pasar cuando jugaba con su perro y los siguió. Se les emparejó por  una orilla. A ratos caminaba, a ratos corría, siempre lleno de buen humor. Uno de los que marchaban traía el sombrero en la mano, mientras que a los otros dos se les había caído, aunque no disminuyeron sus pasos porque se dieron cuenta que el niño los llevaba. Faltaban escasos diez metros para cruzar el puente y el niño quería ser testigo de quién resultaba ganador. Al final, aquellos jóvenes le preguntarían qué lugar habían ocupado y él les diría su posición, en caso de que atravesaran juntos la meta.

En otras ocasiones les había servido de juez sin que se lo propusieran y confiaban en él ciegamente. No se atrevían a contrariarlo, y esto al niño lo hacía sentir importante. Para entonces se adivinaba ya al ganador que estaba a diez metros de los otros dos que se esforzaban por alcanzarlo. Al puntero le faltaba escasa distancia para llegar al puente.

Se visualizaba como un marchista profesional de los que veía en la televisión. De pronto, sonó el reloj que pendía en lo alto de la comisaría de aquel lugar y los tres frenaron bruscamente. Sus gestos eran de frustración y derrota. El niño que ya los esperaba en la meta, se lamentó por no poder dar el veredicto final. Al mismo tiempo los jóvenes sustrajeron de las bolsas  de sus pantalones un peso cada uno y se lo dieron al niño. Habían perdido contra el reloj y el pequeño fue el dueño de la apuesta. Eran hombres de palabra.

No supieron ni cómo se había establecido la apuesta, pero de un día para acá venía sucediendo de la misma manera. Con honra, pagaron el peso que el niño recibió alegremente, pues una vez más compraría dulces en la tienda de don Chema. En otro caso, si cruzaban el puente antes de oír el sonido del reloj, lanzaban su sombrero al aire, gritaban y se abrazaban jubilosos. Entonces, al que llegaba primero le daban un peso cada uno y se iban platicando las emociones vividas durante la marcha. Cuando esto no sucedía, aunque alguien llegara antes que los demás a la meta, no lo reconocían como ganador, pero se complacían en deshacerse de su peso dizque para encontrarle sabor a la competencia.

 

*Gilberto Méndez Espinoza. Escritor y poeta. San Cristóbal de Las Casas, Chiapas- 1972-. Licenciado en Educación Primaria por la Escuela Normal Lic. Manuel Larráinzar. Director del Colectivo Literario Contrapunto.

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