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Mundo raro: Tablas

Ornán Gómez

La esquina de Belisario está en el corazón de mi ciudad. Lo adornan máquinas de escribir antiguas con las que Rosario Castellanos pudo escribir Balún Canán. También lámparas de manos con que las personas iluminaron sus noches camino a casa, cuando la luz eléctrica no existía ni en pensamientos. De cuando las personas se quedaban mirando al cielo oscuro donde las estrellas refulgían. Máquinas de coser. Botellas de vino vacías. Cámaras antiguas con que se pudieron hacer miles de retratos de aquel Comitán de calles empedradas y casas con techos de tejado rojo y patios amplios. Mesas hechas con madera rústica.

Ocupé una mesa cercana a la puerta, frente a un ventanal que da a la calle. Pedí café y saqué el tablero de ajedrez. Mientras acomodaba las piezas, observé las mesas. Amigos y familiares cenaban, hablaban y reían inocentes a mi mirada.

Un hombre mayor con una chica rubia que era su hija estaba en la mesa de al lado. Pidió algo de comer y luego empezó a quejarse del picante mientras la hija se reía de él. No aguantas nada, creí escuchar. Pica mucho. Volteé. Ambos llevaban boina tipo irlandesa. El señor era de baja estatura y de piel blanca. Tenía el rostro colorado por el picante.

Acomodé las piezas y moví un peón blanco al centro. En otra mesa había tres personas. Una chica rubia, delgada, un hombre y mujer mayores. Hablaban en silencio, como intentando que las palabras no salieran que aquel círculo que habían formado con sus cuerpos. Un poco más allá, un tipo alto, mal encarado, abrazaba a una mujer de cabellera rubia. La besó en los labios. Es militar, pensé. Son de fuera y están conociendo la ciudad, reforcé.

Fuera del local, la gente iba y venía portando chamarras gruesas, bufandas y cubre bocas. Las luces navideñas resplandecían en los árboles de la plaza. Sobre el andador, algunas personas cenaban o bebían vino. Cuando llegué a esta ciudad, el andador no existía. Pero alguien tuvo la maravillosa idea de convertir ese pedazo de calle en un andador que los parroquianos disfrutamos caminar o venir a sentarnos para beber café, jugar ajedrez, conversar con un amigo o leer un rato.

Capturé el primer peón y acomodé el alfil de tal manera que fuera una amenaza para el caballo que recién moví. Moví otro peón blanco para proteger al caballo, y enroqué el rey negro.

Mientras decidía qué pieza de las blancas mover, miré a una mujer no muy alta, de piel clara y cabello negro, abundante, que bebía café con su pequeña de unos cinco años. Mientras la niña picaba el pastel con el tenedor, la mamá revisaba el teléfono. La niña miraba a todos lados con ademán de aburrimiento. Ella dejó el teléfono e intentó conversar con ella. Luego volvió al teléfono y dejó que la niña siguiera picando el pastel.

Más allá, cerca la puerta, tres tipos bebían café y miraban la pantalla de su teléfono. De vez en cuando, uno hablaba y otro respondía sin levantar la mirada del teléfono. La imagen me hizo recordar un artículo que leyera horas atrás en The Washington Post escrito por Samantha Schmidt. Narra que, gracias a la pandemia, los hombres han observado la precariedad de sus relaciones con sus amigos.

Las reuniones de varones son para beber cerveza, jugar o hablar de política. No para conversar sobre lo que están pasando. Sobre sus emociones. Sobre la frustración que les genera las deudas, la hipoteca de la casa, los problemas en el trabajo, en la familia, con los hijos. Contrario a las mujeres que, cuando se reúnen, hablan sobre cómo se sienten. Hablan de ellas. Saben con quién hablar y sobre qué temas. Los hombres, por el contrario, evitan hablar de ellos porque —sugiere el articulo—, podría tacharse de actitudes propias de mujeres. Sin embargo, la pandemia mostró la superficialidad de las relaciones de los varones, que la están pasando mal con el encierro.

Capturé la dama negra y bebí lo que restaba del café de un trago. En el tablero sólo quedaba una torre, un caballo y cinco peones de ambas partes. Me estaba volviendo un contrincante difícil de vencer. Lo comprobé cuando capturé la torre y el caballo de blancas y negras y en el tablero quedaron dos reyes y seis peones.

Cuando llegué a este punto, el señor y su hija pidieron la cuenta y se fueron. La chica de enfrente, acompañada de los señores, también se fue. El militar salió abrazando a su esposa de la cintura. Los jóvenes, aburridos del teléfono, miraban a todas partes en silencio. La mamá de la niña dejó el teléfono y la abrazó. Afuera, la gente ya no era mucha y el restaurante se iba quedando solo.

Miré el tablero y observé que la partida se había ido al carajo. Sería tablas. Pedí la cuenta y salí al frío de las calles.

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