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Mundo raro. La noticia se regó como pólvora

Ornán Gómez

Señor K, cuando los niños jugábamos en la cancha, Fredy nos miraba a través de las ventanas del salón de clases. En educación física no participaba y se quedaba mirando desde las gradas de la cancha. Su cuerpo era pequeño, débil, y se sentaba en una esquina del salón de clases. Delgado y callado. Tenía una pierna más larga que la otra, por lo que caminaba despacio, casi arrastrando el cuerpo. Aún así, llegaba temprano a clases.

Su madre era la conserje de la escuela. Creo se llamaba Romelia e íbamos en cuarto grado de primaria. La verdad es que recuerdo muy poco. Han pasado muchas cosas desde aquellos tiempos en que los niños jugábamos en las calles hasta tarde. En que no teníamos que preocuparnos por la inseguridad o pandemia. Eran tiempos que, cuando caíamos, nos levantábamos y seguíamos corriendo. Resolvíamos nuestros problemas como dios nos diera a entender.

En ese entonces, los niños íbamos solos a la escuela. No era necesario que los papás nos acompañaran. Fredy lo hacía. Atravesaba calles y avenidas caminando de a poquito para llegar puntual, con la mochila a cuestas. Iba y venía todos los días con la idea de aprender del profesor gordo que nos acribillaba con tareas y jalaba las patillas. Pasito a pasito iba dejando casas y perros famélicos que husmeaban en las esquinas. Doña Romelia llegaba antes para barrer los salones, limpiar los baños y tener todo limpio.

Fredy arrastraba aquella piernita corta y se detenía cada cierto tiempo para descansar un poco. En alguna ocasión llevó muletas. Pero los niños no medimos consecuencia alguna. Quizá nos burlamos y no volvió a llevarlas. Tal vez lloró, pero no lo recuerdo.

Como todos los demás niños, Fredy tenía la cabeza llena de ideas. Eso pienso ahora que soy adulto. En ese tiempo nunca pensé en eso. Vaya, ni siquiera me detuve a platicar con el chico para saber cómo se sentía o qué pensaba. Llegábamos a la escuela y entrabamos al salón de clases. Nos acomodábamos en nuestras sillas y empezábamos a escribir el dictado. Yo me sentaba a la mitad del salón, entre la última y primera fila. Era como decir que medio me importaban algunas cosas de la escuela. Así que ahí andaba. Cuando sonaba el timbre del receso, salíamos en estampida. Menos Fredy que se arrastraba como un caracol hacia fuera.

Iba con su mamá para que le diera el desayuno, mientras que nosotros corríamos de aquí para allá, haciendo alarde de la flexibilidad de nuestras piernas y de la fuerza de nuestros pulmones. En algunas ocasiones me detuve para mirarlo. Caminaba despacito, como animal temeroso. Oteaba a su alrededor para no caerse o que alguien lo golpeara. Si hubiera pasado, su cuerpecito hubiera rodado por la cancha como un pececito fuera del agua.

Un par de veces hice tarea con él. Me decía cómo hacer las sumas o acentuar alguna palabra y el profesor dibujaba una palomita en mi cuaderno. Sí, señor K, Fredy era inteligente. Sin embargo, no llegamos a más. No nos hicimos amigos. Nunca lo invité a la casa como hice con otros compañeros. Tampoco hice lo necesario para ir a la suya. No mostré ningún interés en conocerlo más. ¿Quién lo haría? ¿Acaso los niños nos preocupábamos de lo que podría pasarnos? A nosotros nos ocupaba el juego y dormir.

Sin embargo, sí recuerdo que me hice amigos de otros niños. Allí estaban los gemelos con quienes jugábamos a las peleas y nos reuníamos por las tardes. La mayoría éramos amigos de todos, menos Fredy que muchas veces lo vi ayudando a su madre a hacer la limpieza en la escuela. A veces, mientras esperaba que ella terminara, él intentaba correr por la cancha. Hacía esfuerzos, pero su pierna corta no se lo permitía. A veces, su mamá le daba una pelota y Fredy trataba de patear, pero era imposible. Volvía cabizbajo hacia su madre que lo esperaba acongojada.

Los viernes eran los días más felices de los niños, porque nos olvidábamos de la escuela. Entonces hacíamos planes con algunos para para ver películas o jugar un rato el sábado.

Ese viernes, Fredy fue el ultimo en salir del salón de clases y esperó a su madre. Yo estaba en los columpios cerca de la escuela, y los vi cuando se fueron. Doña Romelia iba sonriendo y Fredy diciendo quién sabe qué cosas. Lo miré largo rato y luego seguí jugando.

El domingo lo supimos. Yo estaba en casa, abrigado porque hacía frío como ahora que le escribo, señor K. Era un atardecer nublado, a punto de llover. Sin embargo, la noticia se regó como pólvora. ¡Mataron a Fredy! Un camión que estaba cargando escombro se echó de reversa justo donde Fredy jugaba y lo aplastó contra la pared. Le estalló el pecho, le dijeron a mi madre. Yo quería saber más, pero mamá no me lo permitió. Hay que prepararse, dijo.

Más tarde salimos de casa y fuimos a ver a doña Romelia que, vestida de negro, lloraba con resignación. En el centro de la casa, Fredy estaba en un ataúd mediano custodiado por cirios. Cerré los ojos y recordé que apenas el viernes lo había visto alegre al lado de su madre. ¿A dónde se había ido, señor K?

Mamá dio el pésame y volvimos a casa. No pude dormir y al día siguiente, en la escuela, el profesor retiró la silla donde él se sentaba. Ese día no hubo regaños ni tareas. El salón permaneció en silencio porque Fredy se había ido.

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