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Mundo raro. Los compadres

Ornán Gómez

Todo empezó por una manguera. Eran compadres y albañiles. La piel gruesa, morena a fuerza de sol y cemento. El cabello espeso, negro. Las manos burdas y los brazos delgados. Vivían en el mismo barrio, en la parte baja del pueblo. Una calle angosta, empedrada, dividía las viviendas. Casas con paredes de tablas y techo de lámina de zinc. Ambos salían temprano de casa e iban al trabajo, sonrientes y compartiendo un cigarrillo. Hablando sobre lo que faltaba a la casa que estaban construyendo. Los fines de semana bebían caguamas para olvidar el tedio.

Sus hijos iban a la primaria para que se hicieran licenciados. Gente de bien que se dedicara a trabajar en alguna oficina de gobierno. Que no siguieran el mismo ejemplo que ellos siguieron de sus padres. Deseaban cortar con esa herencia de albañiles. De manos agrietadas por el cemento. De espaldas jorobadas por el bulto de cemento, cal y botes de grava. Del cansancio que se iba acumulando por los años. De las miradas torvas, desprovistas de brillo. Sus hijos, pensaban al calor de las cervezas, dejarían el pueblo para irse a la ciudad y convertirse en licenciados.

Se hicieron compadres porque ambos apadrinaron a los hijos en la iglesia. Era la manera como reafirmaban aquella amistad que inició de niños y continuó durante años hasta que se casaron y tuvieron aquellos hijos menuditos que iban a la escuela, pero sin entender mayor cosa de lo que el maestro intentaba enseñarles. ¡Vaya, a duras penas sabían leer! De eso platicaban cuando bebían.

La vida seguía con su monotonía en aquel pueblo de calles angostas, donde la diversión era o, meterse a la iglesia para confesar los pecados y redimirse, escuchando el sermón de un predicador que vestía de traje y corbata y se movía en coche último modelo, en tanto los feligreses iban a pie, o irse a emborrachar. Los compadres se embriagaban porque estaban aburridos del pueblo. Por eso querían que sus hijos se fueran de ahí. Que huyeran del aburrimiento que tenía a las personas resignadas a una vida donde todo era resultado de la voluntad de dios.

Se querían. Un cariño de hombres que se saben solos en el mundo. De hombres que día con día construyen su destino. Sin embargo, apareció el detalle.

El hijo de uno de los compadres cortó la manguera del otro y no lo reparó. Compadre, mi ahijado cortó la manguera y el agua no está llegando a la casa, le comentó en la cantina el sábado siguiente. Lo arreglaré, le dijo. Y siguieron bebiendo. Pero no fue así. La manguera siguió cortada.

Compadre, mi manguera, le recordó en el trabajo. No te preocupes, lo arreglaré pronto. Pero no cumplió. El compadre, para no hacer problema, compró la manguera, no sin antes comentarle a su mujer que el compadre era un irresponsable que no corregía a sus hijos.

Iba llegando a su casa, cuando vio a su ahijado cortando la manguera nueva. Corrió y lo tomó de la oreja. ¡Qué chingados haces!, le espetó. El niño gritó, pero el compadre no lo soltó hasta que el papá del chamaco salió de casa. ¡Tu hijo volvió a cortar la manguera! El compadre estaba algo briago. ¡Deja a mi hijo o te parto la madre! El otro no se amedrentó. Hacía calor y la sangre le hervía. ¡Nos las partimos! Aventó al chamaco. Iban a trenzarse a golpes, pero las mujeres salieron para apartarlos. ¡A la próxima que te vea, te mato! dijo el papá del chamaco. ¡Eso lo veremos!, respondió el otro mientras se metía a su casa.

Dos días después el compadre dueño de la manguera venía rumiando que su compadre era un mal agradecido. ¿Pero joder una amistad de años por una manguera? Iba a pedirle disculpas, aunque él no tuviera culpa. Quería recuperar a su compadre del alma, porque no era lo mismo trabajar solo y en silencio. En eso iba pensando, mientras su compadre lo miraba desde su casa, con rifle en mano. ¡Pinche culero! A mi hijo no va a humillarlo. Estaba bebiendo aguardiente. Levantó el rifle cuando el compadre iba a llamar a la puerta de la casa. Con el disparo, el compadre cayó a media calle, a un lado de la manguera cortada.

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