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Mundo raro. Primera clase de sexo

Ornán Gómez

Era alta y de piel clara, señor K. La mayor y más linda de las hermanas. Cabello largo hasta la cintura. Morena clara, delgada y piernas esbeltas. Siempre me obsequiaba besos en la mejilla. Vivían en una casita con techo de láminas de zinc. Me gustaba visitarlas para mirarla. No recuerdo su nombre, pero sí lo que pasé con ella, que fue lo más cercano a un romance.

Yo iba en tercero de primaria y me gustaba mirar a las parejas abrazándose. Primero se acariciaban las manos. Después un beso en la mejilla. Luego en los labios. A muchos niños les provocaba náuseas aquellos besos. Yo creo que mienten o que eran muy niños que se contentaban con los juegos o la televisión.

Los adultos, en aquella época, no hablaban de sexo con los niños porque podría dañarnos. Al ocultarnos el tema, se nos despertaba el morbo. ¿Qué hacían los adultos por las noches? ¿Por qué se iban a otra habitación y minutos después se oían gemidos?

Cuando mi abuelo Gabriel leyó que Dalila y Sansón iban a sus aposentos para besarse a gusto, no tuve duda. Los adultos se unían de alguna manera y me correspondía investigar de qué manera.

Meses después una pareja de hippies vino a vivir a lado de la casa. Él era alto y delgado y ella tenía ojos grandes y piernas torneadas. Siempre estaban encerrados, haciendo el amor. No había momento en que no estuvieran sobre la cama, en el piso o parados, teniendo sexo. Lo sé porque los miraba a través de un agujerito que tenía la pared de la casa donde vivían.

Fue mi primera clase de sexo. Por un golpe del destino descubrí lo que hacían los adultos por las noches. Sin embargo, la pareja de hippies lo hacía en el día y de pie, sentados o acostados. El fulano la besaba. El apretaba las nalgas. Le mordía los pechos mientras ella gemía. Él mordía sus nalgas y besaba su entrepierna y ella, enloquecida, se retorcía como endemoniada. Minutos después, ella se montaba sobre él y no dejaba de moverse.

Cuando miraba aquellas escenas, en mi mente se formaba una sola idea: experimentarlo. ¿Con quién? ¿Era lo mismo hacerlo con mujer que con hombre?

En ese entonces la homosexualidad no sonaba con tanta fuerza, aunque yo sabía que más de uno, en la colonia, acosaba a otros hombres. Ponían mirada de cordero cuando miraban a un joven. Tiempo después fui acosado por una jauría de mampos, como le llamamos en Tuxtla. Te invito una cerveza, decían con voz acaramelada. Otras ocasiones me seguían como perros tras su presa. Siempre tuve miedo, pese a que muchos amigos me decían que los jotos eran dinero seguro. Que uno se iba con ellos y al rato se tenía zapatos y ropa nuevos.

Siempre los miraba bien vestiditos y envalentonados. Dispuesto al sacrificio con un bigotón, barriga de yegua. En ese entonces, los homosexuales eran obesos y bigotones. Así guardaban las apariencias. Muchos tenían mujer e hijos. Así conocí a un par que, cuando andaban briagos, se le iba la marrana al monte, lo que significa que les afloraba la mujer que guardaban dentro. Déjame darte un besito, suplicaban. Anda. Di que sí y te compro lo que quieras.

Pero volviendo al asunto, señor K. Después que descubriera el sexo, mi sangre ardía. Pensé en conseguirme una novia y casarme, pero ¿quién podría fijarse en un mocoso como yo? En los escasos prostíbulos no aceptaban a niños. Además, ¿qué haría frente a una mujer desnuda?

Estaba ella, con su belleza adolescente. Los hombres la miraban de pies a cabeza y se lamían los labios. Le sonreían. Muchos, cuando la saludaban, le rodeaban la cintura con los brazos mientras en sus ojos había una mirada de hiena. La desnudaban con los ojos, mientras que yo moría de celos. Trataba de estar a su lado a como diera lugar. Me gustaba ver su cuello alto, delgado. Sus manos finas. El sudor rodando por su cara. Las piernas ligeras. ¿Cómo podría decirle que deseaba acostarme con ella?

Un día, la madre debía dejarla sola. Iría a ver a sus padres y no podían ir todos. Por ser la mayor, se quedaría en casa. Mi madre la cuidaría en el día, y por la noche yo la acompañaría a dormir. Cuando oí aquello, salté de felicidad. Al fin le besaría los labios y el cuerpo, como hacían los hippies de al lado.

En la escuela no atendí al profesor y más tarde confundí los mandados de mamá. Sólo deseaba que llegara la noche. Después que mi madre nos diera de cenar, nos fuimos a su casa. Íbamos sonrientes. La casa nos recibió con su silencio. Es lindo cuando un hombre y una mujer están solos. Ella fue al baño y yo no supe qué hacer. Me senté en una silla hasta que volvió. Afuera oscurecía. Nos fuimos a la habitación y sentí un golpe en el corazón. Ella y yo dormiríamos juntos.

Tú en esa cama y yo en esta, indicó y yo sentí mi primera decepción. El primer rechazo, señor K. Ella no estaba pensando lo mismo que yo. Me fui a la cama y me acosté, pero sin dormir. ¿Qué debía hacer? Es cuando agradezco la ayuda que presta mi imaginación. Di que tienes frío, me dije. Y eso dije. Tengo frío y miedo, me quejé desde la oscuridad. Ven aquí, respondió inocente. Y allá fui. Minutos después, cuando creí que dormía, le pasé el bracito por la cintura. ¡Qué delicia, señor K! ¡Estaba abrazado a una mujer!

Palpé sus caderas firmes. Las mismas que muchos querrían besar. Pasé mis manitas por sus nalgas redondas y ella no dijo nada. ¿Estaría despierta? ¿También deseaba tener sexo? Cuando subí una pierna a su cadera, ella se movió. ¿Qué haces?, preguntó. Tengo miedo, dije y me abrazó. Mi cabeza quedó frente a sus pechos redondos y las imágenes de los hippies besándose y rodando desnudos por el piso se me vinieron encima. La abracé, besé su cuello y quise treparme a ella como haría un adulto. Ella no dijo nada hasta cuando notó mi erección. Encendió la luz y me miró. ¡No tienes frío ni miedo, niño! Ahora te vas a tu cama y te duermes, sonrió. La odié mientras volvía a mi cama.

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