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Mundo raro. Mis amigos

Ornán Gómez

Señor K, la muerte anda haciendo de las suyas y yo tengo un nudo en la garganta. Amigos muy queridos se fueron. El primero fue Juan Carlos Ramos Treviño y el segundo Rogelio Ríos. El primero fue investigador, poeta y promotor cultural. El otro, abogado.

*

Conocí a Treviño cuando me dio clases en la maestría. Después me entregó una sala de lectura y fui parte de los promotores de lectura de la Red de Bibliotecas. Le gustaba que le contara lo que pasaba allá en Suluphuits, donde yo trabajaba. Nos unió la literatura y en más de una ocasión nos fuimos de juerga.

En Comitán le preparé ensalada de camarones con chile habanero. Mientras hablaba de Octavio Paz y Su piedra de sol, y daba sorbos a la cerveza que compramos antes, yo picaba cebolla, cilantro, chile habanero y limpiaba los camarones. A ver si es cierto que sabes cocinar, dijo y reí. Era la primera vez que preparaba una ensalada. Cuando estuvo lista, puse la charola al centro de la mesa y comimos. Estaban con nosotros Enrique Mina y Óscar Villatoro. Treviño tuvo que hacer una pausa, porque el habanero quemaba.

Cuando los demás se fueron, fuimos a beber vino al Quinientas noches. Allí me comentó pormenores de mi libro Anoche mataron a mi nahual. Habló de los personajes y les hizo un estudio antropológico. Así era mi amigo. No dejaba nada a medias. Se metía a fondo.

En otra ocasión viajamos de Comitán a Tuxtla en mi bocho rojo. Íbamos escuchando a José Alfredo Jiménez y nos detuvimos en varios puntos de la carretera. En Teopisca me informó de una tiendita en Mitzitón, donde vendían cerveza corona. Muchas veces visitó la casa de aquellas personas humildes que atendían la tienda. Así era mi amigo. Se entregaba a fondo. Cuando llegamos a la tienda, lo recibieron con palabras amables. De pura alegría, no le cobraron las cervezas.

Cómo estás, me preguntaba siempre. Yo le decía lo que estaba pasando. Supo cosas que nadie más. Fue al primero a quien le dije que mi relación con la mamá de mis hijos no iba bien. ¡Haz un alto! Medita, dijo.

Nos detuvimos en uno de los tantos miradores bajando a Tuxtla, frente a un atardecer rojizo. Era como si alguien le hubiera pegado cuchilladas al cielo. Nos quedamos en silencio, mirando al horizonte. Él sonreía. Tienes que reconfigurarte. La vida continúa. Llegando a Tuxtla, nos  fuimos a su casa, allá por la décima norte.

Juan Carlos Treviñofuimos a su casa, allá por la décima norte.

Una de las últimas veces que nos vimos, vino a Comitán. Venía delgado. Algo demacrado. Fue cuando me contó que lo operaron. Pero ya salí. Ahora me estoy recuperando. Y voy muy bien, dijo sonriente. Nos apartamos de los demás y allá, en secreto, me contó lo que le acontecía. Esa noche le dimos vuelta al parque central, y fuimos por tamales y atole. Después fuimos a sentarnos a unas bancas, y allí me mostró fotos de sus gemelos, de quienes estaba orgulloso. Ahí mismo recordamos charlas pasadas. Retomamos aquella de que haría una casa para artistas, allá en San Fernando. Sería una casa ecológica donde produciría su alimento. Una casa comunitaria donde enseñaría música, pintura, literatura, entre otras cosas.

Sin embargo, hace unos días, Jesús Ixmatlahua me llamó y dijo: ¡Treviño está grave! Le llamé, pero no respondió el teléfono. Le escribí y horas después escribió: ¡Gracias infinitas! Luego me enteré que estaba en el ISSSTE, donde le practicarían otra cirugía. Esa noche, señor K, tuve insomnio. Di vueltas en la cama y después de horas, dormí. Desperté cansado. Encendí el teléfono y leí el mensaje de Fernando Trejo: ¡El maestro Treviño falleció!

*

Yo los voy a divorciar, decía Rogelio Ríos mientras se carcajeaba. Nosotros decíamos que sí, que él sería el encargado de los divorcios. Nos reuníamos en su casa porque vivía solo. Estábamos apoyando a los candidatos de MORENA. Pero eso quedaba en segundo término cuando empezábamos a beber café que acompañábamos con pan. Yo no debo comer pan, decía. Pero con ustedes, me chingo uno. Iba a la computadora y marcaba corridos de José Alfredo Jiménez. Subía el volumen a las bocinas. Mis vecinos piensan que ando bolo, pero ya no bebo. Alto y delgado, sonriente.

Profe, tómame una foto, me pedía. Se paraba derecho, mirando a la cámara. ¿Está bien así? ¿O mejor así?, y se doblaba de la risa.

Eres mi hermano, me decía otras veces. Aunque seas más chico, te quiero como a mi hermano, y me abrazaba. No te rajas ni te rajes nunca. Uno aprende a chingadazos, decía cuando se ponía serio. Y me pedía que no lo dejara de visitar, porque se sentía solo. La soledad es cabrona, se quejaba. A veces no me dan ganas ni de comer. ¡No me dejes!

Cuando iba a divorciarme, fui con él y le dije lo que estaba pasando. ¡Te lo dije!, gritó sonriente. Te dije que yo los iba a divorciar y nos pusimos a reír. No te preocupes. Yo te defiendo de las demandas que vengan. Eres mi hermano, me recordó. Nada de echarse para atrás. Llora todo lo que quieras aquí, porque saliendo de la casa, tienes que hacerlo sonriendo. Como triunfador.

Rogelio Ríos

En ese entonces, Rogelio viajaba a San Cristóbal de Las casas porque allá trabajaba. Sólo nos comunicábamos por teléfono. Un día me llamó para desayunar. Ando mal. No podré llevar tu caso. Pero ya lo pasé con mis compañeros del despacho. Son buenos y te van a ayudar. Lo noté serio. ¿Estás bien?, pregunté. Se me está complicando la diabetes, pero lo voy a resolver. Si te necesito, te llamo. Sabes que sí, y nos despedimos.

Un día llamó. Quiero que vengas a verme, porque te necesito. Fui a verlo y lo encontré delgado y pálido. ¿Qué te pasó? Me contó que por milagro estaba vivo. Una noche sentí que me estaba ahogando. Quise levantarme, pero no pude, no tenía fuerzas. Caí de la cama y ahí me quedé. Me estaba ahogando con mi propia saliva. Así pasé varias horas. Me hice a la idea que moriría. Sin embargo, Dios es grande. La puerta no tenía seguro y mi compadre vino a verme porque no le respondía el teléfono. Me halló tirado y a punto de morir. Me llevó al médico y aquí me tienes. Esa vez ya no reía con la misma fuerza de antes.

Le llamaba por teléfono para saber cómo estaba. Voy bien, profe. Y así era. Lo miraba de aquí para allá, sonriendo, y me daba mucho gusto. Una tarde me dijo: Ya es hora que consigas novia. Quiero que estés bien. Voy a aplicarme en eso, y reímos como siempre.

Sin embargo, hace unas horas me llegó la noticia de que falleció.Lloré, señor K. Después reí porque pensé que a mis amigos Treviño y Rogelio les gustaría que los recordara contentos, como eran. Hay que reconstruirse todos los días, decía Treviño. Hay que buscarle el lado alegre a la vida. Tú ríe y deja que el mundo ruede, decía Rogelio. Ambos, a su manera tenían razón, pensé mientras los imaginaba sonriendo.

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