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Mundo Raro. En la oscuridad habita el miedo

Ornán Gómez

Afuera había un aire enrarecido, señor K. Una oscuridad apretada donde algunas sombras se movían. Atravesaron el patio y se quedaron frente a la ventana desde donde me atravesaron con su mirada acuosa. ¡Ahí estaban! No diga que eran producto de mis nervios destrozados por el insomnio. O que estaba delirando por el desvelo. ¡Escuche! Los perros estaban aullando. Ladridos que espantaban. Que ponían la piel de gallina. Seguro ladraban a las sombras que se movían en la oscuridad de la madrugada. ¡Que ganas de que amaneciera, señor K!

Dicen que los perros miran lo que nosotros no. Cuando yo era niño, los adultos decían que los caninos miraban a los muertos caminando al panteón. Que por eso aullaban. La tristeza de los muertos los espantaba. Por eso iban de aquí para allá, tratando de huir de las sombras de la noche. ¡Hubiera escuchado cómo lloraban, señor K! Desde donde le escribía, tenía la sensación de que allá afuera, entre la oscuridad de la madrugada, mis miedos se arrastraban. Los presentía. Los intuí deambulando de aquí para allá, tirando súplicas. Plegarias apenas audibles.

De niño me decían que la oscuridad era propia para los espantos. Para los innombrables. Para esos entes deformes que venían de las profundidades de la noche para jalarnos los pies. Para clavarnos sus dientes filosos en nuestra carne tierna. Para hacernos cosquillas con aquellas garras que tenían por uñas. Nadie de mis amigos salía por las noches. Le temíamos a lo que ahí se ocultaba. A veces, para dárselas de valiente, más de uno inventaba historias nocturnas, pero todos sabíamos que era mentira.

Los adultos, señor K, alimentaban nuestros miedos. En tal esquina, decían, se aparece el compadre Abundio. Dicen que lo han visto caminando de aquí para allá. Que llora. Se queja. Va buscando quién sabe qué. Al compadre Abundio, para que lo sepa, lo mataron a machetazos cuando salía de casa de su amante. No sabe que está muerto, decían los adultos. Y ahí andaba yo, temblando de miedo. Pensando que jamás pasaría por la famosa esquina. Y era cierto. Los niños evitábamos ese lugar.

En tal parque, asustan, decían los adultos. Referían que, por las noches, los columpios se movían como si alguien estuviera columpiándose en ellos. Los chirridos del metal despertaban a los vecinos cercanos al parque. Cuando salían, encontraban los columpios moviéndose de aquí para allá, mientras los perros taladraban la noche con sus aullidos lastimeros. Es que ese parque fue panteón, decían algunas vecinas que visitaban a mi madre. Era el panteón de la colonia, decían como en secreto. Mire, le decían a mamá, aquí, frente donde vive, se aparece una niña a eso de la media noche. Frente a la casa de mi madre, allá en Tuxtla, había un árbol de mango. Cuando llegamos a vivir allí, venían niños de diferentes partes de la colonia para cortar mangos verdes. Años después, el árbol se secó. Era un lugar gris, opaco. Unos pandilleros la mataron, decían las vecinas y yo me ponía a temblar.

En la oscuridad habita el miedo, parecía ser el mensaje que los adultos enviaban a los niños. Que ninguno salga de noche porque puede toparse con un espanto. Así que yo no salía para nada. Ni siquiera para ir al baño. Prefería orinar la cama que levantarme y cruzar la sala oscura. ¿Y si me topaba con el compadre Abundio que andaba buscando quién sabe qué en plena sala de mi casa? Pero aquel mundo de aparecidos se fue terminando conforme la ciudad creció y la luz eléctrica iluminó los espacios oscuros, que eran habitados por los espantos. La esquina donde aparecía el compadre Abundio fue iluminada y él desapareció. También desapareció la niña que caminara frente a la casa de mi madre. Cuando la visito, me quedo mirando el árbol de mango que aún sigue. Ahora es un montón de ramas secas cubiertas por enredaderas de flores. Cuando lo miro, trato de encontrar a la niña que saliera por las noches, pero no la encuentro.

Pese a que ahora amo la oscuridad y me fascina la soledad que encierra, a veces pienso que hay noches cargadas de un aire enrarecido. Sé que no hay espantos allá afuera. Sin embargo, presiento que algo se mueve entre los árboles del patio. Que se desliza como una serpiente oscura. Esa sensación es la que me despierta por las madrugadas y me obliga a esculcar la oscuridad, como intentado encontrar quién está frente a la puerta o al pie de la cama donde duermo. Hace unas noches sentí la presencia de mis tíos Elmer, Alejandro y Martha. Reían conmigo y decían que pronto íbamos a vernos. Luego se unió mi abuela Gloria. Mi niño, me dijo desde la oscuridad.

Hoy pasó lo mismo. Desperté a las dos de la madrugada y sentí que alguien estaba en el patio. Me levanté de la cama, abrí la ventana y escuché el aullido de los perros. Ladridos de angustia, señor K. ¿A qué le ladraban? Me quedé un rato frente a ella y luego me puse a leer una novela de Paco Ignacio Taiblo II. Un par de horas más tarde, empecé a escribirle esta carta. Luego, como dudando, miré la cama donde duermo y, no sé por qué, creí verme acostado, durmiendo plácidamente.

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